Autor: Fernández de la Mora y Mon, Gonzalo. 
   Las bufanderos     
 
 ABC.    05/06/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

LOS BUFANDEROS

HACE algunas semanas, al cabo de una representación verdiana, salieron al caluroso palco

escénico, para recibir el aplauso, los enjoyados divos, luego el director de orquesta estilizado

en su frac y, a la postre, un caballero con una bufanda color geranio, suspendida de una

chaqueta parda. Supuse que el trabajo de este último, quizá la escenificación, se desarrollaba

en ámbitos enfilados por corrientes frías que requerían vestimenta de invierno y que el resto

era simple horterismo. Pocos días después, me crucé en la avenida del Generalísimo con dos

jóvenes que, por toda protección, llevaban sendas bufandas. Soplaba un vientecillo serrano y

pensé que, en estos tiempos de latrocinio, les habían robado el abrigo y, en espera del giro

paterno, lo sustituían con una prenda superviviente o más barata. Pero pronto hube de revisar

mi diagnóstico inicial porque la televisión nos ofreció a un presentador despechugado que

también lucia una bufanda, esta vez de rayas naranja y burdeos. Como los reflectores y los

radiadores del estudio perlaban aquella frente de sudor me vi obligado a descartar la hipótesis

de que el bufanderismo respondía a la baja temperatura. Y creció mi curiosidad. ¿Qué podía

significar aquel atuendo?

Como culminación de tales experiencias conseguí una interpretación auténtica de un antiguo

conocido, versificador por más señas, a quien solía rehuir en mis años universitarios por su

avasallador nazismo. Llevaba una bufanda de tono lacre, grasienta y desflecada. Era un

mediodía primaveral y cálido. Ante ocasión tan pintiparada le pregunté a quemarropa por qué

gastaba aquel aditamento lanar. Y, sin dudarlo ni un segundo, me respondió: «Porque soy

"progre".» Desde entonces, cada vez que he visto a un bufandero me imaginaba que era

portador de un cartel con la leyenda «Aquí va un izquierdista de tomo y lomo», lo cual me ha

dado qué pensar.

Y he pensado bastante en los posibles fundamentos de este símbolo. Como las tales bufandas

no se llevan embozadas al cuello, ni cruzadas sobre el pecho, sino a modo de collar abierto, la

primera analogía que se me ocurrió fue la de la estola; pero tan noble prenda litúrgica

difícilmente podía ser seña de un ideario subversivo o heterodoxo. ¿Será una réplica masculina

de esas boas con que algunas cupletistas se acarician la nuca entre el humo de los cigarros?

También rechacé este supuesto, porque tal moda revela más de venal coquetería que de

purismo revolucionario. Y, en esta misma línea de guardarropía, vinieron a mi imaginación las

guirnaldas con que ciertos polinesios obsequian a los forasteros. Pero tales ofrendas tienen

más de arcádico, festivo y sumiso que de futurista, angustiado y protestón. Decididamente, la

correlación hawaiana tampoco era plausible.

Emprendí otros caminos más sociológicos. ¿Serán esas bufandas, con el fajín, un elemento de

uniforme? Tampoco este supuesto me pareció oportuno porque, salvo en el Este, la izquierda

suele ser poco militarista y, concretamente, la española se rasga las vestiduras ante cualquier

camisa paramilitar. ¿Será el camuflaje de un arma casera? La bufanda es demasiado corta

para ser utilizada como la red de los gladiadores o el lazo de los gauchos, y es harto gruesa y

elástica para los estranguladores, que prefieren el cordón o el pañuelo de seda. Además, un

progresista tiene que hacer gala de pacifismo.

Mi perplejidad aumentaba. ¿Qué puede haber de avanzado en una prenda tan vetusta como el

pastoreo? ¿Qué rebeldía cabe asociar a un trapo inerte y lacio? Y, en fin, ¿qué izquierdismo

sugiere un indumento no utilizado para su función propia de calentar y, por lo tanto, puramente

suntuario? El lujo esteticista es poco izquierdizante. La bufanda que no abriga es como un

collar de bisutería o, más bien, una extensión de la corbata, que es el más tradicional

adminículo de uso viril. Desde esta perspectiva, el significado social de la bufanda decorativa

resulta rotundamente reaccionario.

¿Estaría la clave en la tonalidad? Desde luego, cuanto más tira algo hacia el rojo, más

progresista. Pero es que también he visto bufandas violáceas, atabacadas y grises. La

exégesis cromática no es válida. ¿Degeneración, quizá, del mandilillo masónico? Tampoco,

porque hay logias conservadoras, archiburguesas e incluso místicas.

Agotadas las asociaciones que me sugería el método simbólico intenté el semántico. El más

directo sinónimo de bufanda es «tapabocas». Aunque hay muchos amordazados por la

disciplina del partido y por el terror a la purga, no puedo admitir que ésa sea la situación de

todo progresista. Acudí a la etimología. El vocablo viene del verbo francés «bouffer», que

significa «inflarse». En su acepción gastronómica veo poca relación entre el izquierdismo y el

comer demasiado. En su acepción jactanciosa no está comprobado que todo progresista sea

hombre hinchado y pagado de sí mismo.

Esta larga serie de tanteos, todos negativos, me indujo a nuevas averiguaciones testificales. Y

el resultado fue que ninguno de los encuestados sabía por qué era progresista colgarse,

simétricamente o no, una bufanda. Ni siquiera se habían planteado la cuestión. He de concluir

que se trata de un uso sin justificación lógica y, por lo tanto, irracional. Y esto es grave, ya que

el genuino progreso es siempre racionalizador, mientras que la reacción arraiga en el mito.

Alguien ha jugado una pésima pasada a los progresistas colocándoles como símbolo de

identificación no una idea, sino un rifo; no un logotipo, sino un fetiche. Por añadidura, el fetiche

es rústico e incómodo. Porque, ¿cómo adaptarlo a los trópicos o a la canícula mesetaria o

mediterránea? Reemplazar la lana por una fibra ligera, y los colorines por la albura sería más

funcional y llevadero; pero tendría un aire de toca monjil y de escapulario poco congruente con

el supuesto revolucionarismo.

He meditado sobre la cuestión porque tengo al izquierdismo y, sobre todo, al progresismo, por

actitudes respetables, y me preocupa que haya quienes las identifiquen con el uso de una

bufanda ritual a despecho de las circunstancias climáticas. Eso no es futurista, sino primitivo;

no es serio, sino bufo.

Gonzalo FERNANDEZ DE LA MORA

 

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