Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   La vocación política  :   
 De Gabriel Elorriaga. Libro Joven de Bolsillo, Madrid, 1974. 
 ABC.    22/08/1974.  Página: 36,-. Páginas: 2. Párrafos: 11. 

22 DE AGOSTO DE 1974. EDICION DE LA MAÑANA

«LA V OCACIÓN POLÍTICA »

De Gabriel Elorriaga

Libro Joven de Bolsillo. Madrid 1974

Por José María RUIZ GALLARDON

¿Por qué te llama este libro «La vocación política»? De su autor sabemos muchas cosas. Los lectores de

ABC conocen tu firma y su pensamiento a través de sus colaboraciones en este diario. La razón última del

titulo no es otra que una razón autobiográfica. Gabriel Elorriaga, en su madura juventud, es un político. Y

un político con vocación. Ni un advenedizo, ni un ambicioso (a no ser que se comprenda en este término

la noble ambición de servicio a la sociedad en que se está inserto). El porqué del titulo se descubre desde

las páginas de su prólogo reafirmación del espíritu esencial de la obra: «la valoración máxima de las

vocaciones políticas como elemento humano vertebrador de una sociedad; la primacía de lo político sobre

sus sustitutivos ocasionales, incluyendo los efímeros "lapsus" tecnocráticos que afloran en los momentos

de indefinición de los pueblos; la necesidad de un clima político apto para la renovación de las «élites»; la

indiscutible legitimidad de la presencia y participación popular y del consenso de la opinión como

basamento de toda autoridad; la organización de la convivencia en forma flexible, que incorpore factores

institucionales y encauce los derechos espontáneos de asociación y expresión, y el equilibrio entre

tradición y renovación, que haga ordenadas las sucesiones y permita una continuidad no

traumática de la historia, sin asfixiar su sentido forzosamente dinámico y evolutivo».

Para lograr tan elogiables objetivos, el autor ha escrito una obra clara, inteligible y esperanzada. También

polémica, y esto más que en un puro orden doctrinal, en una perspectiva práctica. Elorriaga no rehuye —

en los dos grandes ensayos que constituyen el libro— ninguno de los problemas a que nos abocan las

tensiones de hoy.

Por ejemplo, afirman que la tarea de todo resurgimiento nacional no es otra que revitalizar la tradición

creando el futuro, es partir de un concepto reformador, eficaz y no revolucionario, del quehacer político.

Con ello, Elorriaga se inscribe en las filas de los más acertados mantenedores, de los más aptos para ganar

ese mismo futuro, sin olvido ni menosprecio del pasado. Elorriaga quiere rehacer la sociedad. Pero no

cayendo en un vacío primero destructor, porque mejor es corregir, enderezar, qué hacer tabla rata de todo

en una utópica visión revolucionaria.

Pero al tiempo, atribuyendo esta tarea a tos políticos. Porque «los que creen que la política es sustituible

por la mera administración, poseen una mentalidad similar a la de los devotos del pretorianismo. El

administrativo político, con todas las desventajas del pretorianismo y carente de su fortaleza, es más

atractivo para aquellos a quienes disgusta, por timidez o hipocresía, él aspecto antidemocrático de la

sustitución anterior. Pero al administrador —tan limitado como el pretoriano, mas sin tu posible

ensoñación histórica es un guardián rutinario de las instituciones, cuyo funcionalismo rígido puede ser

más asfixiante qué la improvisación pretoriana, y cuyo débil latido humano muy difícilmente puede dar

auténtica vibración a un cuerpo nacional.» Por lo mismo, la «política son todas las formas de cooperación

social» su búsqueda en el desenvolvimiento de las funciones vitales —trabajo, economía, cultura o

defensa— constituye la epopeya de los creadores e impulsores de la vida social de nuestra época.

Epopeya que no ha de lograrse ultimada ni mediante la anulación de la persona en aras de una

divinización de mitos colectivos, ni por la desintegración de la sociedad, como consecuencia de un

individualismo angustiado, destinado cruelmente a ser sometido a las necesidades técnicas.

De todo lo expuesto se deduce el aspecto más positivo que —para mi— tiene este libro: trascendiendo en

cada una de sus páginas una innegable preocupación por los problemas que tiene planteados la sociedad

y muy específicamente la sociedad española el pensamiento de Elorriaga los clasifica y los encauza,

deshace mitos y utopías, y por la anchurosa vía de un realismo sincrético, busca y encuentra soluciones

para aquéllos. Es el libro de un político, su esquema último, en el que se apoyan sus soluciones concretas.

Especialmente revelador a este respecto es el siguiente párrafo: «La conciencia social, mantenedora del

buen funcionamiento del orden político, tiene su clave íntima en la armonía de los fines. El recto

entendimiento del bien de la comunidad es lo único que puede paralelizar las direcciones de los intereses

de gobernantes y gobernados.»

Para potenciar sus propios condicionantes, y las soluciones a que llega, el autor no escurre el bulto ante

problemas de nuestra hora. Así, al hablar de la socialización del poder escribe: «Una adecuada normativa

del derecho de asociación, flexible y abierta, aunque dotada de unas reglas de luego favorecedoras de la

moderación y el equilibrio, parece el camino lógico para que la sociedad pueda organizarse

concurrencialmente con todos los matices de su natural pluralismo.» He aquí, pues, una vieja exigencia

para el hombre cuya vocación política le lleve a ejercer autoridad en nuestros días: «al durar el Poder se

socializa, y debe socializarse para durar». Pero la socialización ha de ajustarse, además, al signo de

cambio social de una época —la nuestra—, cuya aspiración ya está en el aire; alcanzar la plenitud de

participación y presencia de los pueblos en al devenir de su destino colectivo.

¿Que tales palabras son simples enunciaciones teóricas? Nada más lejos del deseo del autor. Porque lo

que se pretende son auténticas transformaciones políticas acordadas con transformaciones de los estados

de ánimo colectivo. Para conseguir esas transformaciones hay que partir de la idea de que la sociedad

impone unas circunstancias, y para removerlas ha de actuarse imprescindiblemente a través de dicha

sociedad —tarea eminentemente política— y no con meros organigramas, fórmulas científicas o

especulaciones filosóficas.

Realismo político, pues, como virtud capaz de contrapesar los posibles excesos de ambición política,

frenada asimismo por una doble conciencia ética e histórica. Tal se configura la actividad política: como

un permanente enfrentamiento con el futuro, en ánimo de adivinación, previsión y dominio.

Esto —y mucho más— es la obra que comento. Obra escrita por pluma joven y paradigma de futuro.

Como dice el autor: «He aquí la grandeza y servidumbre del político en esta hora incierta y prometedora.

Servidumbre de riesgo, porque tos errores son fáciles y fatales en momentos evolutivos. Servidumbre de

inteligencia, pues el campo de decisión política es cada vez más complejo. Servidumbre de imaginación,

pues nuestra política no puede ser —como en tiempos más placenteros— juego a realizar conforme a en

reglamento generalmente aceptado y en un terreno medido. Hay que inventar y mejorar los reglamentos y

tomar continuamente posesión de nuevos campos. Valor, imaginación e inteligencia, tres virtudes que es

necesario hacer rendir al límite máximo en la servidumbre política, para la que no son suficientes la

habilidad, la erudición o el ingenio.»

Estoy plenamente convencido de que los frutos de tales ideas no dejarán de ver —y pronto— la luz. Al

político Gabriel Elorriaga lo esperan tareas en las que pondrá a prueba la claridad de criterios que se

advierte en este libro. Y, a buen seguro, contribuirá a lograr una sociedad mejor, más justa y más

ilusionada.—J. M. R. G.

(Dibujos de OLABARRIA)

 

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