Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Entre literatura y política  :   
 De Dionisio Ridruejo. Seminarios y Ediciones, S.A., Colección Hora h, Madrid, 1973. 
 ABC.    05/07/1973.  Página: 55-57. Páginas: 3. Párrafos: 9. 

DE JULIO DE 1973. EDICIÓN DE LA MAÑANA.

«ENTRE LITERATURA Y POLÍTICA»

De Dionisio Ridruejo

Seminarios y Ediciones, S. A. Colección: Hora h. Madrid 1973

Por José María RUIZ GALLARDON

En esta colección de ensayos, artículos y entrevistas que nos ofrece «Hora h.», pendiente siempre de

auscultar la actualidad intelectual española del momento, aparece ahora el nombre de Dionisio Ridruejo.

Dionisio Ridruejo es un hombre cabal. Ha sabido adecuar su conducta a los dictados de su conciencia. El

mismo nos lo dice, a preguntas de una sagaz periodista, sobre qué es lo que más afecta a un hombre; «en

último término, a uno no le afecta más que el fracaso de si mismo y en sí mismo. El fracaso competitivo

le afecta menos. El atropello ya no le afecta nada». Y sigue, «de lo que me siento más satisfecho es de

haber mantenido en mi vida una cierta conformidad; entre mis ideas y mi conducta. Creo que eso es lo

que he hecho. Es de la única cosa de que me jactaría en el juicio final».

Y es verdad. Cualquiera que repase, con ojos limpios, la biografía de Dionisio Ridruejo, esté o no de

acuerdo con sus ideas, habrá de convenir conmigo en la profunda sinceridad de su vida. Y en algo más: en

un cierto desdén por lo pequeño, por la chapuza, por la insinceridad. Dionisio Ridruejo es, en su andadura

humana, ciertamente, un hombre paradigma. De ahí su especial atractivo, sobre todo para las gentes

jóvenes. El, que no es un político de vocación, sino de deber, que acude a la arena de la política armado

tan sólo y en último término de su carisma de poeta, es, además, conciencia para muchos de nosotros. Y

harán bien nuestros políticos en reflexionar sobre esta presencia de Ridruejo y de sus ideas. Pero vayamos

con el libro, veamos el armazón intelectual de su política.

«La mayor equivocación de los españoles es no saber convivir», su «insolidaridad seca». Si partimos de

esa premisa y sentimos el quehacer político más como deber que como delectación, «la primera tarea será

la reconstrucción de nuestra conciencia civil». Para lograrla, es preciso, urgentemente, superar cualquier

tipo de conformismo. A este tema dedica el autor un breve pero esclarecedor ensayo. A esa

reconstrucción de la conciencia civil debe aprestarse ante todo la clase dirigente. Que hoy por hoy no

cumple con su misión. «Tengo —dice Ridruejo— una idea muy mala de la clase dirigente española, tanto

de la económica como de la política. Está compuesta de perezosos que no desean tener que ponerse a

prueba. Este país lo que necesita a torrentes es un clima competitivo.» Y, en otro lugar, «el grupo

dirigente español está instalado sobre un vicio que es la dispensa de confrontaciones. No hay pruebas de

competencia para los dirigentes españoles, políticos y económicos, y ni siquiera son muy buenas las que

hay para los profesionales. Y lo malo: es que no se desean. Se rehuyen. Es posible que nuestros ministros,

banqueros o ejecutivos sean inteligentísimos, pero nadie puede demostrar lo contrario».

Sin embargo, no todo está perdido —«la vida y la esperanza renacen siempre»—. Porque «todo el

problema está en la ecuación entre la resistencia del poder y la presión social». «El país despertará con

alguna agresividad y aumentarán sus posibilidades de presión; pero esa presión tendrá que limitarse a la

obtención de objetivos posibles. Si todo sucede así entraríamos en una fase de tensiones negociadoras de

las que podría salir una solución.»

¿Cuál es la solución deseable para Ridruejo? «Una situación en la que fuera posible la existencia de

derechas e izquierdas. Para esa situación desearía que las derechas no fueran cerriles, sino flexibles; es

decir, que estuvieran dispuestas a perder cuanto históricamente fuera necesario perder, dispuestas a ceder

al adversario cuanto históricamente fuese necesario cederle y a utilizar siempre una estrategia defensiva

leal, y por leal entiendo legal y no violenta». Por otra parte, «desearía que hubiera una izquierda racional

y no utópica, demócrata y no violenta, mi sanguinaria, ni extremista, sino que tuviera en cuenta las

necesidades de resistencia de la parte de la sociedad menos propicia, al cambio» Una izquierda, en fin,

que se propusiera operar procesualmente dentro de una ley de juego».

De esta suerte se llegaría a un sistema democrático, ya que «la democracia es la civilización de nuestro

tiempo en su forma política y seguramente en su forma social». Base de la democracia en la libertad, bien

supremo de la vida colectiva entendida en su aspecto social como «la capacidad o la facultad de ejercer la

crítica de la realidad y particularmente de la realidad social desde los presupuestos de las elaboraciones

previas de la libertad interior». Esa condición de libertad de crítica, como bien social supremo, se infiere

de que «cuando se suprime la sociedad entra en un sistema de corrupción, porque entra en un sistema de

impunidades y mentiras. Es decir, nadie que disponga del destino de los demás, de la riqueza de los

demás, puede estar exenta de crítica sin peligro de corromperse».

Partiendo de esas premisas, como es lógico, a Ridruejo no le satisfacen plenamente los regímenes

socialistas. En efecto, «el socialismo está en un apuro que sólo puede resolverse con una rigurosa

invención o reinvención de sus métodos y fines». El error de los modelos que se llaman a sí mismos

socialistas «es haber empezado por destruir la democracia política, y no saben como llegar al socialismo

genuino —al autocontrol de la sociedad— porque han cometido la imprudencia de creer que podrían

llegar a alguna democracia más radical que la burguesa a través de la dictadura». Dictadura que «no es

conducente».

Por eso es partidario de un sistema mixto, ya que «en los países en donde el socialismo no ha hecho más

que actuar como correctivo del sistema neocapitalista, con una parte de la economía socializada y una

ampliación enorme de los sistemas de seguridad social, los resultados parecen buenos. Desaparece la

miseria, el fantasma del paro y se amortiguan las tragedias de la enfermedad, el despido, la vejez, etc. Se

garantiza un mínimo vital a alto nivel. Y por otra parte, se garantiza también una considerable limitación

del poder de los detentadores de los medios de producción, sin que este poder lo herede un peligroso

«Estado patrono».

En función de todo ello, Ridruejo dice de sí mismo: «Me afirmo liberal en el orden cultural. Es decir,

liberal en el sentido de considerar la crítica a cualquier nivel como un servicio obligatorio de la libertad

humana respecto a la sociedad en que se vive. Esto significa limitación y controles del poder. Me declaro,

al mismo tiempo, demócrata en cuanto a la forma de organizar y legitimar los poderes. Y me manifiesto

socialista moderado o socialdemócrata en cuanto a la aspiración a un paulatino cambio social que someta

la economía a las necesidades humanas y no pueda convertirla en instrumento de dominación clasista.»

Quizá nos hayamos extendido más de la cuenta —aunque nos hemos propuesto apretar el resumen de sus

ideas— sobre los puntos más definitorios para nosotros del pensamiento de Ridruejo. Pero no nos

arrepentimos porque creemos que en Ridruejo se encuentran, expuestos con notable claridad y sentido

común, definidos no pocos da les vicios de que, en materia política adolecemos los españoles y quienes,

de una o de otra forma, podemos integrarnos en la derecha. Advirtamos antes que nada que, frente a lo

que se cree o se ha hecho creer entre las gentes, el pensamiento de Ridruejo no es en modo alguno

revolucionario. Se encuadra en un cierto reformismo, en cuyas finalidades opinamos que es lícito

comulgar, aunque no se participe de su elitista alojamiento fuera del Régimen. Me explicaré: El

pensamiento de Ridruejo puede representar muy bien una izquierda aceptable y aún necesaria dentro del

sistema. El punto máximo de discrepancia que con él se advierte es, precisamente, su renuncia a trabajar

hoy y aquí por el logro de sus ideales en la legalidad, que, por ser abierta, es reformable. Que sea difícil,

no lo negamos; pero situarse extramuros de la legalidad no hace sino favorecer la radicalización de los

extremos, agestando así toda posible solución pacífica. Es evidente que el régimen español necesita ir

hacia una mayor, apertura democrática, devolviendo el control de los que mandan a los ciudadanos que,

en régimen de libertad crítica, asuman sus responsabilidades políticas dentro del orden, mínima garantia

exigible, por cualquiera, al Estado. Examinada la letra de la ley y al propósito inspirador de ella, parece

claro que no hay dificultades doctrinales en coordinar las ideas de Ridruejo en el marco constitucional.

Hay, sí, una gran resistencia en la praxis. Resistencia incluso provocada, alentada y mantenida con igual

tesón por los extremistas de uno y otro signo. Y es esa resistencia la que tenemos que vender. ¿Qué ello

no es posible? Pues hay que hacer que lo sea. Porque sólo así no habrá fractura, insalvable en el futuro.

Lo que ocurre —lo que le ocurre a Ridruejo— es que enjuicia el presente y el futuro del Régimen con

esquemas ideológicos ya superados o en trance de superación. En 1973, el Régimen es muy distinto al de

1940. La piel y las entrañas del país han cambiado. Y más hoy en que se han separado Jefatura del Estado

y Presidencia del Gobierno. No cabe duda de que cada día que pasa nos acercamos más a un sistema

como el propugnado por Dionisio Ridruejo. Y tengo para mí como evidente que el mejor modo de frenar

esa progresiva evolución es dejar las banderas de defensa de la libertad y de la democracia en manos de

quienes se sitúan fuera del sistema. Entiendo que el núcleo central de aquello a lo que aspira Ridruejo es

alcanzable por vía de evolución reformadora de lo actual. Y que en el favorecimiento de esa evolución

está la tarea de nuestra hora. No son, pues, discrepancias de fin las que nos separan de Ridruejo. Quizá la

nula alusión que hace el autor a la necesidad del mantenimiento de un cierto orden indispensable para

lograr sus finalidades. Son más bien discrepancias de método. Opinamos que dentro de la legalidad

vigente, con la autonomia necesaria y reconocida por la Ley a toda discrepancia de criterio que la respete,

cabe articular una solución de futuro que haga del nuestro un país más democrático, más libre y más

justo. Sería muy de desear que los que hoy mandan lean libros como el presente, y quienes los escriben

acepten la responsabilidad de la acción legal. En definitiva, que entre unos y otros establezcan de facto —

de juro ya lo está— la tan deseada concurrencia de criterios en su debida y actuante articulación.—J. M.

R. G.

 

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