Autor: Massó Tarruella, Ramón. 
   No basta con aparecer en TV     
 
 Diario de Barcelona.    01/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 23. 

DIARIO DE BARCELONA JUEVES 1 DE SEPTIEMBRE DE 1977

Opinión

No basta con aparecer en T.V.

Ramón Massó Tarruella

Fue una afirmación sagaz. «Además del Estatuto, mm; la televisión", dijo Jordi Pujol. Compendiaba así el

peso decisivo que para el gobierno, y la vida política de un país tiene este medio de comunicación.

Suponiendo que el control democrático de la T.V. fuese ya un hecho, me atrevería a lanzar una pregunta:

¿ De qué les servirá la T. V. a los líderes políticos que no sepan utilizarla? Los ejemplos no están muy

lejanos. En los días de la campaña electoral, la influencia de la T. V. se hizo patente. Se ganaban y se

perdían votos al compás de las apariciones en la pequeña pantalla.

Sin caer en el «monismo» de creer que lodo lo hizo la T.Y., cabría afirmar que Fraga perdió el último día

ante las Cámaras lo poco que le quedaba; del mismo modo que el triste espectáculo que ofrecieron los

democristianos fue a la vez síntoma, y en parte causa, de cuanto después ocurrió.

Igualmente resultó inadecuada la intervención de Cantarero del Castillo, quien confundió la T. V. con un

mitin al aire libre; convirtiendo la pequeña pantalla en un arengario, como Hitler hubiera hecho, y olvidó

que el lenguaje televisivo se aproximaba más a una conversación familiar que a una conferencia magistral

o a un discurso radiofónico.

Es cierto que algunos politicólogos lamentan en su fuero interno que un artilugio electrónico sea. a veces,

un factor tan decisivo en una campaña electoral o en la habitual relación de los políticos con la opinión

pública.

Pensando en ellos, decía B. Chapuis en "Le Monde»; "Algunos lamentan que el interruptor de la T.V...

haya reemplazado alegremente a la formación de la opinión. Quienes así piensan no han entendido nada

de la política». Análogamente, con certero diagnóstico, escribe Juan Castelló Rovira en "La Radio

amordazada»: «Donde quiera que haya una situación de cambio, reforma o ruptura, los micrófonos

tiemblan".

Si con la incorporación de la radio a la comunicación política muchas cosas cambiaron, nada debe

extrañar que algo similar esté ocurriendo ahora con la T. V. (medio «frío", como la calificaba Mc Luhan)

lo mismo que en el futuro puede acaecer con la aparición de nuevos medios colectivos.

La nueva oratoria política

El político que ante el fenómeno televisivo crea que lo fundamental es aparecer y tener la oportunidad de

estar ante las cámaras y «decir cosas importantes», mientras desdeña como trivial la minuciosa búsqueda

de gestos, «palabras llenas», y tono de voz adaptados al medio, está mutilando su personalidad política,

renunciando a una de las facultades más vitales en la democracia: la comunicación con el pueblo. La

forma -la expresión, el signo exterior- de lo que se somete a la consideración de los otros no puede

menospreciarse con ligereza.

El poeta Rosales lo sugería brillantemente cuando decía que un poema era "la cristalización intuitiva y

emocional» de unos contenidos que a veces son muy banales y poco originales.

Hemos apuntado la necesidad de que los políticos se familiaricen con el "estilo T. V.», pero también han

de encontrar el estilo óptimo para sus intervenciones en un Congreso y en un Senado modernos y

democráticos.

Los estilos varían con las épocas. De los milicos parlamentarios de la Restauración (Castelar o Vázquez

de Mella, por ejemplo) cuyo tono de voz, fluidez verbal y catarata de imágenes retóricas eran

instrumentos indispensables para el éxito político, a nuestros días, nos separa un largo trecho. Pero la

exigencia de adquirir unas específicas capacidades de comunicación muy distintas a la lección o el mitin,

siguen vigentes.

En aquellas asambleas ya lejanas, quien quisiera ser un buen parlamentario necesitaba adiestrarse en el

discurso y en la réplica. Hubo grandes talentos que fracasaron en el hemiciclo por no haber adquirido

tales capacidades. Ese fue el caso, durante la II República, del propio Ortega o del discursador derechista

José María Pemán.

Ahora mismo, en las nuevas Cortes, asistimos a un espectáculo lingüísticamente pobre cuando muchos

diputados de renombre leen sus intervenciones en lugar de pronunciar discursos parlamentarios. En un

reciente Pleno del Congreso sólo Pujol se esforzó por adecuarse al marco de comunicación hablando sin

leer, bien que le fallara -según dicen- un buen exordio; asi como un epílogo conciso. Los debates

próximos exigirán, repentizar, adecuar, argumentos, replicar con agudeza, persuadir con elasticidad.

Algo, por cierto, muy diferente al discurso dirigido a un auditorio mudo o a la lección doctoral para un

alumnado aventajado. Ser un buen catedrálico -se ha visto- no garantiza el éxito parlamentario.

Aprender un lenguaje nuevo.

Cuando, en la etapa franquista, los ministros pronunciaban discursos o utilizaban la radio o la T. V.,

envilecían el lenguaje ya que, en lugar de facilitar la comunicación, lo que pretendían, en realidad, era

dificultarla.

Los Solís, los Carrero, lo mismo que algunos locutores, hubieran logrado que Quevedo, irritado, volviera

a decirles: «Informadme los oídos; no me los embaracéis».

Las palabras políticas que durante los últimos cuarenta años se utilizaron con el objeto de enmascarar u

ocultar realidades, deberán servir ahora para informar diáfanamente sobre los hechos.

Pero nada más difícil, en el transitó de una dictadura a una democracia, que gobernar o ejercer la

oposición contando con la opinión de los ciudadanos a quienes hay que intentar atraerse cada día.

La habilidad para ganarse esa confianza y apoyos ciudadanos se obtiene en nuestros días, no sólo a través

de la acción o la adhesión que los militantes, la prensa o la publicidad puedan aportar, sino también por

medio de otros canales de comunicación colectiva, llámense T. V. o hemiciclo parlamentario.

Así lo percibió hace años con claridad el general De Gaulle; y venciendo la lógica resistencia de los

hábitos fosilizados de su edad, fue capaz: de convertirse en un entutiasta discípulo de quienes le

enseñaron a hablar por T.V. La V República conquistó una especie, de Democracia directa, gracias a las

apariciones de De Gaulle en la ORTF.

Por todo ello sorprende que entre nosotros, un Gobierno que dispone de todo el poder de la pequeña

pantalla -por algo reclama participar en su control la oposición- no obre en consecuencia cuando trata

de disminuir frenos y recabar la colaboración de los ciudadanos en la aplicación de las medidas

económicas.

Ni Fuentes Quintana, a pesar de su leve mejoría en la segunda comparecencia; ni Fernández Ordóñez, tan

desvaído y temeroso, han sabido despertar conciencias, ni movilizar voluntades: No hablaron

televisivamente.

Y no es mucho que se les debiera pedir. Sencillamente que hicieran como Suárez o Felipe González

(como hizo antes el viejo presidente De Gaulle) quienes dedicaron tiempo y aplicación a aprender ese

extraño lenguaje de la TV. Eso es todo.

 

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