Autor: García San Miguel, Luis. 
   La izquierda, ante la crisis económica     
 
 El País.    16/07/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 16. 

TRIBUNA LIBRE

La izquierda, ante la crisis económica

LUIS G.SAN MIGUEL

La situación en que la Oposición hubo de vivir bajo el franquismo fue un inmejorable caldo de cultivo

para el radicalismo. No podía quizá ser de otro modo: gente que, en el Occidente industrializado, habría

pasado por pacifica y burguesa empleaba, en este país, un lenguaje violento y revolucionario. La reforma

política fue poniendo las cosas en su sitio y revelando la verdadera identidad de cada cual. Hoy dia son

muchos menos los q ue se dicen «revolucionarios» que hace unos meses. Y, sin embargo, hay quien

persiste en hacer incesante profesión de fe de revolucionarismo y de marxismo. De estos revolucionarios

supervivientes quisiera ocuparme hoy.

El problema fundamental que a todos nos plantean estos revolucionarios (a todos y no sólo a ellos, pues el

porvenir del país depende, en gran medida, de lo que hagan) es el siguiente: los partidos de izquierda ¿van

a intentar, de veras, hacer la revolución?

Hacer la revolución. En cierto modo (sólo en cierto modo: no me olvido de la represión a que estuvieron

sometidos), nuestros revolucionarios podían suscribir la famosa pintada que un día apareció en las tapias

de Madrid; «Con Franco viviamos mejor.» Pues, bajo Franco, no existían posibilidades revolucionarias de

ninguna clase y, por tamo, la revolución había de ser, únicamente verbal o proclamada. No había que

echarse al monte. Pero ahora las cosas han cambiado, también para los revolucionarios.

Y no me refiero a la revolución armada, que sigue siendo igualmente imposible, sino a la revolución

pacífica, la que se ejerce por vía de la presión incesante sobre el Poder establecido. Pues, una vez

legalizados los partidos y sindicatos izquierdistas ya resulta posible, sin disparar un solo tiro, crear

obstáculos en cadena que pongan en peligro la estabilidad del sistema capitalista establecido.

Las circunstancias en que nos encontramos son particularmente favorables para una acción de este tipo:

las huelgas incesantes, las exigencias imposibles de satisfacer, la detehorización de la paz social, pueden

hacer tambalearse un sistema económico que, según todo el mundo reconoce, se encuentra gravemente

enfermo. Si el paro continúa o se incrementa, si el poder adquisitivo del salario disminuye, el descontento

de la clase trabajadora irá en aumento y Eos partidos de izquierda, especialmente el PSOE, pueden quizá

llegar, en plazo breve, al poder. Y, una vez en el poder, está abierta la vía para intentar las

transformaciones estructurales que se consideren necesarias.

Claro está que esta vía, que tiene un precedente inmediato en la que en Chile intentó seguir Salvador

Allende, esta erizada de peligros: el capitalismo puede encajar ciertas reformas que no lo amenacen de

muerte, pero, si se siente seriamente amenazado, es probable que intente defenderse con todas sus

fuerzas: se agravará la evasión de capitales y, en último término, será inevitable la violencia. Y no parece

probable que el Ejército mantenga la misma actitud abstencionista, ante el desmoronamiento del sistema

económico establecido, que mantuvo ante la disolución de la dictadura.

Pero, difícil o no, la opción revolucionaría pacífica (al menos inicialmente pacífica) es practicable, en las

actuales circunstancias. ¿Seguirán nuestros «revolucionarios» ese camino? No lo creo probable.

Consolidar la democracia capitalista. El otro camino, desde luego muy poco revolucionario, aunque

menos peligroso, está también abierto: consolidar el sistema económico establecido, ayudando a resolver

la crisis.

Para ello, los partidos de izquierda habrían de lograr que sus seguidores aceptaran los sacrificios que la

superación de la crisis va a imponerles. Y, por de pronto, parece indispensable establecer cierta disciplina

laboral: el capitalista no invierte si no tiene una perspectiva razonable de obtener un beneficio, y esa

perspectiva se desvanece si hay huelgas incesantes, demandas salariales desorbitadas, secuestros y cosas

por el estilo. Es utópico pretender que los capitalistas inviertan su dinero para perderlo y, quizá, junto con

él, la vida.

Cierto que, a cambio de una conducta «razonable» (que no excluye el ejercicio prudente de sus derechos)

los obreros pueden exigir sacrificios a los otros sectores sociales, especialmente a los empresarios -y la

reforma fiscal es un buen ejemplo de esta clase de contraprestaciones-). Pero, en definitiva, si las masas,

controladas por los partidos de izquierda, adoptan una conducta «razonable», la crisis podrá superarse y el

capitalismo saldrá fortalecido de la operación.

No hay que engañarse: la política a que estamos refiriéndonos redundará en la mayor honra y gloria del

Banesto y similares. Luego, podrán los partidos de izquierdas seguir proclamándose todo lo

revolucionarios que quieran, pues a algunos les cuesta trabajo reconocerse como reformistas, quizá

porque soñando con un mundo distinto compensan las frustraciones de la vida, los gruñidos del jefe en la

oficina y los michelines de la señora en el lecho, quizá porque, quien una vez creyó que podía cambiar el

mundo, necesita tiempo para convencerse de que es el mundo quien lo ha cambiado a él. Pero tampoco

importa que la palabra vuele, impulsada por la fantasía: la superación de la crisis comporta la

consolidación del sisterna capitalista establecido. ¿Van a seguir esta vía los partidos de izquierda?

Probablemente. Porque parece la única posible y razonable. Es, en definitiva, la vía que siguieron los

partidos socialdemócratas occidentales, cuya táctica no es consecuencia, como algunos quieren hacernos

creer, de la corrupción ni de la traición, sino de la necesidad histórica.

La actitud de las masas obreras. Claro está que para superar la crisis no basta con que los partidos de

izquierda adopten una postura moderada. Es preciso también que las masas los sigan. Y esto no está nada

claro, por el momento. Hay razones para pensar que la clase obrera va a seguir una via «indisciplinada» .

Veamos alguna de ellas.

Los sindicatos obreros, hasta hace poco clandestinos, son débiles y desorganizados. Es posible que ni

siquiera sepan el numero de sus afiliados. Por otra parte, muchos de esos sindicatos han hecho, hasta hace

poco, una demagogia, que quizá fuera explicable en la etapa anterior, pero que ahora puede costarles cara.

Finalmente: se comprende que tos obreros, cuya situación, pese a los avances conseguidos baja el

franquismo, sigue siendo mata, no acepten sacrificios que redunden en un fortalecimiento del sistema

capitalista.

En la reciente huelga de la construcción en Asturias, se manifestaron síntomas de que los obreros

actuaban independientemente de los sindicatos, a los que consideraban como meros «asesores». Si esta

actitud se generaliza, los sindicatos terminarán enfrentándose a sus bases o, quizá, plegándose a ellas y

asumiendo sus reivindicaciones por exageradas que sean.

Lo que sí parece cierto es que si el clima de paz social se deteriora, el sistema económico español no

podrá superar la crisis, el paro aumentará, las condiciones de vida de la clase obrera se deteriorará y la

violencia hará su aparición en todo el país. España, que acaba de asombrar al mundo inaugurando una vía

inédita de cambio político, inaugurará otra vía de cambio económico; la vía española hacia el

subdesarrollo, de la que las provincias vascas empiezen a constituir un buen ejemplo. Lo que, en él orden

político, claro está, conduciría probablemente a una nueva dictadura de signo derechista.

No quisiera parecer pesimista, pero menos aun quisiera ser incauto. La situación tiene solución, como la

ha tenido en otros países. Pero conviene tener una idea clara de hacia dónde nos dirigimos y de lo que

podemos y debemos hacer.

 

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