Autor: Dávila, Carlos. 
   Ojo, presidente González     
 
 Diario 16.    04/07/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

ANALISIS Carlos Dávila

Ojo, presidente González

A la periodista sólo le restó decir: «Perdón, señor vicepresidente, no lo haré más.» La tremenda escena,

colada de rondón en el canal oficialista, representaba a un político iracundo increpando con extremada

violencia a una reportera que atónita, con dignidad insobornable, miraba al vicepresidente del Gobierno

acusándole vivazmente: «Esto, no me lo esperaba de usted.»

En cualquier otro país con democracia menos imaginada que real, el viernes la periodista hubiera

provocado directamente la inhabilitación política del vicepresidente. Aquí no ha pasado nada. ¿O si ha

pasado? ¿Qué queda tras esta dura peripecia en que tantos representantes del Gobierno han mostrado su

escaso aprecio por la libertad?

Leyendo ayer los artículos del editor y del director de Diario 16 me preguntaba yo: ¿Pero es que

realmente basta con que se gobierne medianamente bien? No, evidentemente.

Se me puede acusar de haberme adelantado en el tiempo a la crítica, pero es que mi sensibilidad de

periodista olfateador me ha llenado el cuerpo de percepciones indeseables de tal modo que hoy puedo

decir: Algunos socialistas se están convirtiendo en un peligro para la libertad.

Es grave, muy grave la afirmación. Lo es, porque este país, acostumbrado al juego de las grandes y

temerarias extrapolaciones, de las generalizaciones por elevación, puede estar tentado de pensar que el

Gobierno pretende administrarnos la libertad y administrárnosla cicateramente, porque no cree en la

legitimación de sus críticos y porque entiende que su renta electoral le cubre de cualquier opinión en

contra de los juicios más desconsiderados. Cree además que todo lo que no sea inquebrantable adhesión

es basura desafecta. O quizá lo creen sólo unos cuantos, unos cuantos —¡oh, gran casualidad! — que

mandan, que interpretan y que siempre se irritan.

POR mi parte pienso que tales voceros son unos estúpidos y torpes subditos como lo fueron durante

mucho tiempo, un trío de estólidos personajes de corte medieval que convencieron a Adolfo Suárez de ser

víctimas de todos los desagradecimientos, de recibir un trato intolerable, de sufrir una persecución injusta.

Suárez hoy confiesa que nunca les debió tener a su lado. Y lo confiesa cuando ya es tarde. En un

momento quedó convertido en un persecutor de fantasma; es decir, en un paranoico. ¿Sucederá con Felipe

González lo mismo? No quiero ser agorero ni quiero caer una vez más en la desagradable anticipación

que se me achaca, pero afirmo que los síntomas —son los síntomas — corren por esa torcida senda.

En los próximos días Felipe González tendría que tomar algunas determinaciones, pero no lo va a hacer,

porque según me temo es víctima ya de la dinámica maniquea en que le han introducido los peores

colaboradores que nunca pudo elegir.

Yo le invito a pensar y a recrear una posibilidad: ¿Qué sucederá el día en que se le identifique

popularmente con sus propios intérpretes? La fecha no está lejana, será el día en que el presidente con

mejor imagen pública (construida fundamentalmente por los periodistas. ¿O es que alguien cree que

Galeote puede hacer algo a derechas?) tenga que responder por haber mantenido en sus cargos a

individuos que están malversando la libertad, los que, en el propio y gráfico lenguaje de González,

podrían ser llamados los «liberticidas».

Son pocos, pero se hacen notar demasiado. Felipe González debe preguntar a un ministro muy próximo

que recibe las quejas de sus colegas por qué Julio Feo no les deja «llegar» al presidente. Felipe González

debe preguntar a los periodistas más afectos —alguno de los cuales viajó con él a Estados Unidos— que

tuvieron que aguantar la riña coloquial de Eduardo Sotillos, por qué no colaboraban en la política exterior

del Gobierno.

Felipe González debe preguntar a reputados directivos de Televisión que aseguraron el viernes que un

incidente como el protagonizado por Alfonso Guerra no se recordaba desde los tiempos del militar togado

Herrera Esteban. Felipe González, en fin, debe preguntar a sus leales compañeros que le encumbraron en

Suresnes y que ahora sufren con vergüenza cada vez que habla el secretario de imagen del PSOE.

DEBE y puede preguntar. Aquí no estamos para tirarle de la . levita con la intención de dejarle en cueros.

Señor presidente: si disminuye la libertad, entonces, ¿qué queda? La sensación está en la calle: se

interviene hasta el pasmo la televisión, se contrata un portavoz periodista para agredir a los periodistas, se

redactan leyes (colegios profesionales, entre otras) para aherrojar el albedrío independiente, se presiona

sin recato para sembrar la inquietud, se pretende con otro texto legal que los aterrorizados propietarios

denuncien a sus inquilinos y se tapan todas las vergüenzas (y no sólo las de Balbín) como en los tiempos

de la dictadura.

El Gobierno responde con una política de obras y se pone así tecnocráticamente a la altura de López

Rodó. Venció, pero ¿pudo convencer alguna vez? Algunos sujetos cercanos a usted, presidente del

Gobierno, tampoco creen en la libertad.

 

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