Autor: Alfaro, José María. 
   El socialismo y la Monarquía     
 
 El País.    19/10/1977.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

EL PAÍS, miércoles 19 de octubre de 1977

OPINIÓN

El socialismo y la Monarquía

JOSE MARÍA ALFARO

El Partido Socialista Obrero Español es el de más tradición entre los participantes en el actual juego

político. En su larga y procelosa historia a la que mi buen amigo Ricardo de la Cierva dedicó un rápido y

elucidador estudio, de recomendable lectura ha habido de lodo: triunfo y persecución, lucha y ostracismo,

aciertos y errores, caídas y renacimientos. La trayectoria, en fin. de todo organismo vivo, firme en su

voluntad de acción y en su capacidad para la cosecha de masas. Ahí están, para corroborarlo, las altas

votaciones obtenidas el 15 de junio, esta nueva fecha clave para nuestro futuro. El PSOE supo aparecer

ante sus posibles electores con una renovadora fisonomía, más fresca y esperanzadora, circunstancia a la

que sin duda contribuyó la figura juvenil de su nuevo líder, Felipe González, que acertó a realizar una

campana casi exenta de asperezas, donde las naturales demagogias fueron sensiblemente dulcificadas por

la emblemática presencia del clavel prometedor, El PSOE estaba de nuevo en la línea de cómbate, con

todos sus pertrechos y, es de presumir, que sin olvidar sus experiencias, tantas veces ágil contrabalanceo

de unos compromisos que el arrastre de los años había ido conviniendo en pesadísima comitiva. El viejo

Partido Socialista, el del «abuelo" Iglesias, el de los orígenes románticamente mitificados con su inicial y

fugitiva atracción frente a muchos intelectuales de la época, nacía con la simiente de su drama. También,

como les sucede a todos los seres, predestinado a cruzar la existencia sobre un entramado de angustias y

deseos.

Las dudas interiores, obedientes a una. lógica vital e inexorable, abrieron tempranamente sus

fuegos. Encarnadas en hombres y actitudes, la historia real del socialismo español -no la soñada desde los

realces de la lejanía- iba a transcurrir entre las consecuencias de esas vacilaciones, motivadas

generalmente por las preferencias y los dilemas lácticos.

La Segunda República fue la gran ocasión del socialismo. Las elecciones municipales del 12 de abril de

1931, así como las inmediatas para las Cortes Constituyentes, le otorgaron un cometido de arbitro. En

manos de los líderes socialistas -de tan vasta gama y diversa extracción- estuvo casi por entero el destino

de la República del 14 de abril. Si ella fue posible al margen de otras razones, y con causas, se debió en

proporción inmensa al hábil montaje del conglomerado electoral de la conjunción republicano-socialista,

donde el socialismo pudo llevarse, justamente, la parte del león.

La crónica está accidentadamente relatada, con ahondamientos objetivos, pese a las pasionales descargas

de panegiristas y adversarios. La hora de las opciones fue -cual acontece a menudo la de las

contradicciones. Sin entrar en profundos análisis, existe un hecho fácilmente constatable en la larga y

tempestuosa historia del socialismo español: el de la tentación revolucionaria. Con independencia de sus

raíces marxistas, ya desde los tiempos de los viejos dirigentes crecidos a la sombra de la romántica

asociación de tipógrafos, los incentivos de la subversión envuelven a las sencillas y primarias «sociedades

de resistencia».

Estas tendencias y fascinaciones encontrarán en Largo Caballero un abanderado prestigioso, al que la

izquierda del partido cada vez mis impregnada de las lácticas y dialécticas comunistas llegará a calificar,

en los primeros tiempos de la guerra civil, de «Lenin español». Por esa vía habrán de venir los grandes

males y tropiezos. Del lanzamiento tan endeble de razones democráticas a la revolución del 34, se irá a

dar en las radicalizaciones del «Frente Popular», prólogos ambos al lado de otros varios propósitos y

circunstancias de la contienda armada y abierta.

Largo Caballero aprendería, en carne propia, las tribulaciones a que conduce el convertirse en compañero

de los comunistas, que en un instante lo sonaron su instrumento. Harto de sus intromisiones, el tenaz

luchador, montado en su arrebato ibérico, se vio obligado a expulsar de su despacho de presidente del

Gobierno al embajador soviético; por aquellas calendas, el embajador de Stalin. La estrella de Largo

Caballero dejaría de brillar para siempre.

Traer aquí estos hechos que deberían ser suficientemente conocidos con ánimo recordatorio, tiene una

expresa intención de aviso. No se trata de recomendar al PSOE que se adentre por las vías de la docilidad.

Ni muchísimo menos. Ni seria deseable, ni a mí me toca aconsejar cito o lo otro. El Partido Socialista está

en su derecho y aun en Sa obligación de ejercer su función opositora, de practicarla de un modo que

vincule su nombre al de una sencilla y directa alternativa de poder, sin traumas y delirios.

Pero para ello, para este logro que supondría el innegable perfeccionamiento de ios mecanismos

democráticos, se hace precisa una cierta capacidad de sacrificio y de renuncia a la aventura. El olvido -

aunque sea transitorio de las exaltaciones capitosas del jacobinismo; las mismas que forzaron el

desencadenamiento revolucionario de 1917, con su jaque a las instituciones entre los gritos y la pólvora

de las barricadas.

Si es cierto que el republicanismo -un republicanismo asaz brumoso y nostálgico, a la manera del puesto

en circulación por los «regeneracionistas» de nuestro pasado «fin de siglo» pendía de la panoplia

doctrinal de Pablo Iglesias, esto no constituye razón suficiente para que las nuevas juventudes socialistas

antepongan el despliegue de una bandera republicana cual determinante básica a cualquier expresión

ideológica.

Pienso que la manida y tergiversada relativización que define la política como el arte de lo posible,

adquiere su sentido más explícito en las actuales circunstancias españolas. Ni el ciego ni el fanático

podrán negar lo que se mueve ante nosotros. No sólo la implantación de la democracia, sino, asimismo,

U rapidez de su proceso instaurador han sido y son, milagros aparte, consecuencia de una decidida

voluntad de la Corona. También sobre ella, y frente a azares, arrastres y condicionamientos, ha hecho

sentir su cerco inquietante la eventualidad de los probabilismos. Si toda política es la resultante de una

serie de aspiraciones y regateos, este juego angustioso se hace más dramáticamente intrincado en una

política de fundación.

Téngase además en cuenta que la actual Monarquía española ha procurado distanciarse, con

desembozadas maniobras, de los tradicionales patrones en los que se inscribía históricamente la realeza.

Es muy posible que en un proceso de evaluación de cargas del pasado, ateniéndose claro es a la órbita

correspondiente a la acción de cada cual, que la Monarquía española aparezca hoy más desprendida de

nostalgias y abierta al sallo hacia adelante que la gran mayoría de las fuerzas que constituyen el cuadro de

partidos, factores de poder, corporaciones, sindicatos, etcétera, enfrentados a la reforma de un Estado y,

naturalmente, de una sociedad.

No es cuestión de derechas o de izquierdas, de moderados o radicales. Las supersticiones se dan en todos

los bandos; y, a veces, incluso con más fiereza en quienes dicen combatirlas. La política -aun la de

pretensiones más rebeldes y libérrimas- concluye casi siempre en agobiadoras cuadrículas. Y si no, que

lo digan los sesenta artos de comunismo en la URSS. Pero no es esta la hora de recalcar escepticismos,

aunque no falten razones para ello. Con pactos o sin pactos -y hasta sin voluntad de cumplirlos serla

criminal desaprovechar la ocasión presente ¡una más en el dolorido devenir español!, para intentar

construir las líneas maestras de una sociedad posible. Recuerdo bien algo de lo que escribiera el tan traído

y llevado Alexis de Tocqueville, en La democracia en América; «No depende de las leyes ta recuperación

de las creencias que se apagan; pero si depende de las leyes el implicar a los hombres en los destinos de

su país.»

Estamos asistiendo a una desorbitada expansión de la violencia y la criminalidad políticas. No creo que

nadie dude de que entre sus causas se cuente U de hacer imposible la creación de unos cauces legales de

convivencia hacia el futuro. Es este uno de ios terrenos en que tanto el Gobierno como los partidos tienen

mucho que hacer, sin que baste para la tranquilidad de sus conciencias con la elaboración de una ley de

«Defensa de la Democracia». ¡En otros tiempos también se confeccionó una ley de «Defensa de la

República», que tan sólo sirvió para testimoniar el aceleramiento de una desconcertada agitación barranca

abajo!

Unos nuevos estilos políticos, en los que primara la conciencia de la gravedad y los deberes de la hora

sobre el aprovechamiento de las pequeñas circunstancias y los albures astutos, resultarían a la postre

mucho más útiles y clarividentes. Tener la capacidad de contención para no volver a los antiguos e

impopulares juegos parlamentarios, con sus zancadillas fáciles y sus gratuitos exhibicionismos, podría ser

una buena prueba de deseos de renovación y de rectitud de intenciones, a la que no habría español que

permaneciera insensible.

Pues bien, en este aspecto uno más al azar de la confrontación parlamentaria, le cabe al PSOE una

intervención decisiva. La más importante quizá: la de ejemplarizar con la conducta. Tengan en cuenta los

socialistas que, dada la actual distribución de fuerzas políticas y la confianza ganada a millones de

votantes, el Estado que se está intentando construir será, en gran medida, una consecuencia de sus

concursos y sus actitudes. Nadie se engañe en cuanto a la función determinante que va a corresponder al

socialismo español en los acontecimientos y las horas por los que atravesamos y, no digamos, en las que

se avecinan.

No siempre es fácil renunciara la tentación demagógica, de indiscutible rentabilidad inmediata en algunas

ocasiones. Pero para un partido que viene de la historia, y que pretende consolidarse en ella con procesos

fundamentales en cuanto a la reordenación de la sociedad, no puede haber lagunas frente a los

imperativos ¿ticos. España no se encuentra en situación de soportar demasiadas convulsiones. La

repetición de éstas significará, indiscutiblemente, la antesala del caos, camino cierto hacia los más

desalados extremismos. ¿Podría, ante estos delirios -cuyas llamas amenazadoras vemos asomar aquí y

alta-, subsistir el PSOE, al igual que otras agrupaciones actuales?

Pero no nos lancemos por las rampas del catastrofismo. Consolidar lo que tenemos, o sea, la Monarquía,

sin que ello suponga la colaboración o la supeditación ai Gobierno, es el único modo -hoy por hoy de

poder adelantar hacia el futuro. ¡Que nadie, con sentido de la responsabilidad, cargue sobre sus hombros

con la gravísima culpa de haber contribuido a prender fuego al polvorín!

 

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