Autor: Sinova, Justino. 
   El marxismo del PSOE     
 
 Diario 16.    12/09/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

Diario 16/ 12 septiembre-83/ Opinión

El marxismo del PSOE

Unas recientes declaraciones de Miguel Boyer contra el marxismo han estado a punto de resucitar la

polémica ya enterrada en el PSOE desde el retorno de Felipe González a la secretaría general en 1979 tras

su llamativa dimisión. Esta vez el marxismo no ha llegado al río. El Gobierno está demasiado ocupado en

resolver los acuciantes problemas de cada día y no hay tiempo más que para el pragmatismo. Hay

quienes, no obstante, estarían dispuestos, cada día más dispuestos, a replantear la cuestión del marxismo

del PSOE frontalmente y parece que a eso se preparan.

Cuando Felipe González se dirigía a impartir el primer mitin electoral de su vida, en Sevilla, en la

campaña de las primeras elecciones generales de la democracia, me confesó algo tan simple, pero tan

difícil para aquel momento, como esto: «Yo soy socialdemócrata.» íbamos en avión desde Madrid y

Felipe sólo contaba entonces con la colaboración de Helga Soto y la compañía de Carmen Romero y

Alfonso Guerra. Con los nervios del debut inminente, el entonces no tan conocido secretario general del

PSOE reflexionaba sobré la situación del socialismo en Europa y concluía diciendo que él era lo que los

socialistas en Europa occidental, «socialdemócrata».

Estaba lejos todavía, aunque apuntada, la polémica del marxismo en el PSOE. Pocos meses antes, Felipe

se había proclamado públicamente marxista y prácticamente todos los integrantes de la ejecutiva del

PSOE habían hecho, de uno u otro modo, profesión de marxismo. Se decía que Alfonso Guerra ya había

leído todos los libros de la teoría marxista cuando para los demás compañeros eran una novedad. Y la

ponencia del XXVII Congreso del partido, en la que había participado, por ejemplo, el hoy ministro

Joaquín Alumunia, transpiraba marxismo en abundancia.

En esto se ha manifestado también el proceso de ´ aceleración histórica en que vive nuestro país. Hace

sólo cuatro años que Felipe González dimitió de la secretaría del partido, con la polémica del marxismo

como fondo, y parece que fue hace un siglo. Hace sólo cuatro años que el PSOE era un partido

confesionalmente marxista y parece ya historia de la más rancia.

Eso es bueno. Cuando el lunes pasado el ministro Miguel Boyer renunció al marxismo desde la televisión

(«la economía marxista me pareció siempre anticuada») se conmovieron algunas estructuras del PSOE,

pero sólo algunas, no todo el PSOE. Únicamente algunos destacados radicales han reaccionado a la

confesión racionalista y actual de Boyer y todo ha quedado reducido a eso.

Es evidente que la polémica «marxismo, sí o no» es hoy una cuestión anticuada, que va reduciéndose a

las esferas del intelectualismo o de la filosofía política.

La práctica política se ocupa cada vez menos de si el marxismo debe presidir o no los programas que el

pragmatismo demanda, de si hay «soluciones marxistas» o no. Cada día que pasa va siendo más cierto

que Marx ha muerto para los políticos que se hallan en el poder. Marx ha muerto para Felipe González,

para el Gobierno del PSOE. Y para algunos socialistas españoles nunca existió.

El viejo juego de adivinar qué grado de marxismo respira el PSOE, cuántos ministros son marxistas, es

cada vez menos apasionante. En el fondo, da igual que Javier Solana sea marxista, que Alfonso Guerra y

Fer nando Moran sean marxistas. La urgencia de la política, la imperiosa necesidad de resolver cada día

más problemas, de vivir conectados con el mundo, obliga a los políticos a buscar la eficacia y a renunciar

al dogmatismo. De poco o nada sirve, por ejemplo, ser marxista si al final hay que estar en la OTAN,

porque no queda más remedio, secundando las decisiones de los más grandes antimarxistas de la historia.

Es lógico y explicable que la polémica se haya quedado ahora en un conato. ¿A quién le interesaría? Al

Gobierno le asusta el simple planteamiento de la cuestión y a la inmensa mayoría del país le trae sin

cuidado. A unos cuantos les preocupa simplemente porque puede desviar el curso de las cosas de su

verdadera trayectoria. La polémica del marxismo, que estuvo a punto de romper el PSOE en 1979, cuando

Felipe González se sintió acosado por los oficialistas marxistas, podría romper también ahora el

Gobierno, el PSOE y el país. El tiempo perdido bien perdido está y ningún beneficio se puede obtener si

se deja de mirar hacia adelante.

Sólo un pequeño núcleo del PSOE está interesado en resucitar el tema. Y algún movimiento entre los

bastidores del llamado sector crítico se detecta estos días. Hay un profesor erosionado por el olvido,

voluntariamente retirado de la política activa, que sentiría ahora la tentación del regreso. En torno a él los

críticos forman una piña sentimental. El, que llena su exilio con lecciones académicas y con la aureola

con que le adorna la añoranza, pensará cada mañana, mientras toma el tren hacia su aula, siempre con

corbata, siempre con cartera, casi siempre con sombrero, en las posibilidades de la vuelta.

Es posible que esté trazado ya el proyecto de esa operación retorno. Pero sería una desgracia que el

regreso se hiciera con la bandera del marxismo enarbolada.

 

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