Autor: Cebrián Echarri, Juan Luis. 
   La izquierda en palacio  :   
 Crónica mundana de un acto político. 
 El País.    26/06/1977.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

ELPAIS, domingo 26 de junio de 1977

OPINIÓN

La izquierda en palacio

JUAN LUIS CEBRIAN

Crónica mundana de un acto político

«Tenga usted cuidado con la ceniza, Garrigues, no vaya a quemar esa alfombra un preciosa,

que seguro que me echan la culpa a mi.» Santiago Carrillo recomendaba socarronamente al líder de la

Unión de Centro sobre las normas a observar en el interior del palacio mientras aguardaban la llegada del

Rey. Hacia calor, y los comentarios eran unánimes: el protocolo de La Zarzuela no puede funcionar peor

de lo que funciona. El año pasado, los Reyes y sus mil invitados soportaron estoicamente la lluvia, que

durante más de tres hojas empapo los smokings y acabó con los peinados endomingados de las señoras.

Este año, que lucia un sol espléndido, los salones de palacio se abigarraban de uniformes y tules, sudando

sus dueños por todos los poros. «Esto es peor que una sauna», comentarla don Juan Carlos a su paso por

uno de los salones. Poco antes, Joaquín Garrigues, toda vía a pocos pasos de Santiago Carrillo, había

apagado contra la alfombra centenaria la colilla del cigarrillo. La alfombra no ardió y el eurocomunismo

quedará libre de culpa en esta ocasión.

En la misma sala, un poco más, al fondo, los grandes de España empinaban sus cabecillas para ver a don

Santiago y a Felipe González, que, rodeado de cuatro miembros de su partido, acaparaba las atentas

miradas de las señoras. Grupos enteros de uniforme evitaban codearse con aquellos a quienes más

contemplaban, y comentaban impresiones a media voz, reluciendo en las bocamangas las estrellas de

general. Era imposible no verse. A González y a Carrillo les hablan puesto delante de una puerta, y todo

el que atravesaba por ella se daba de narices con la Oposición. Hasta el coronel Blanco, tantos años

director de Seguridad, y del que lodos hablan ahora como el cerebro gris de los servicios de inteligencia

del franquismo, estaba condenado al fantasmal encuentro. Rodeados de ciemos de personas, aquellos

representantes de la izquierda, sometidos tanto tiempo al ghetto de la opinión y del poder, se velan

inmersos nuevamente en un ghetto sicológico de frases y miradas. Más larde, las copas y los canapés

ayudarían a empujar la reconciliación.

Los periodistas protestaban por la prohibición a los fotógrafos, que parecía injustificada en un acto de

aquel significado político. En realidad, convendría protestar por unas cuantas cosas más. Las Cortes deber

ayudar al Rey a cambiar su actual cortejo de cortesanos. Los reyes constitucionales son más austeros que

los dictadores, y su protocolo menos ridículo. La humanidad poderosa de don Juan Carlos no debe,

además, ser desvirtuada por los pelotilleros del Franquismo. Ni debe ser posible atribuirá sus más

cercanos colaboradores domésticos influencias o comprometimientos políticos. La fiesta de la onomástica

fue, así, un éxito del Soberano y una nueva demostración de que el gabinete real es tan ineficaz que no

nos lo merecemos ni el Rey ni los españoles. Otros dicen, sin embargo, que no nos lo merecernos ni los

españoles ni el Rey-porque resulta demasiado eficaz para sus propios fines.

Después de estrechar, una por una, las manos de los invitados. los Reyes pasaron al comedor de honor

«Usted puede ir allí también si quiere», le dijo alguien de protocolo a Felipe, pero éste se quedó en el gran

vestíbulo, como Carrillo y Tierno Galván. entre ministros y diplomáticos. Muchos líderes políticos habían

acudido sin sus esposas. La razón era únicamente que a éstas no se les habla invitado. Y no terminaron

ahí las discriminaciones. Mientras casi lodo el mundo lucía smoking o uniforme de gala, los comunistas,

los socialistas y la Unión de Centro llevaban simplemente traje oscuro. A ellos se les había dado esta

alternativa al smoking, que al resto de los invitados no se les ofreció. Los futuros ministros centristas

comentaban que se trataba de dar facilidades» a don Santiago. Pero éste no debería tener reparos de lucir

la corbata de lazo. Tito lo hace con enorme frecuencia en la Yugoslavia socialista. Y no es más

democrática la monarquía alauita porque Hassan celebre su santo en manga corta. El resultado,

comoquiera que sea, es que la izquierda sudó menos que la derecha en la fiesta del Rey. Aunque no todos

eran de izquierda quienes lucían traje de calle. Calvo Sotelo, Garrigues. Camuñas, Fernandez-Odóñez un

largo etcétera de la llamada derecha civilizada sonreían tranquilos detrás de sus frescas alpacas inglesas.

Carrillo permaneció dos horas en la fiesta. Felipe González, casi tres. Todos querían ser presentados al

muchacho de la melena que anunciaba a los periodistas presentes su decisión de hacer lo posible por

evitar que la reforma administrativa se hiciera por decreto-ley. Todos, hasta la duquesa de Cádiz,

portadora de trenza trenzada de flores y encaje. Para saludar a Felipe.

A la puerta de palacio, las gentes habían esperado la llegada de los Reyes y de los líderes políticos.

Aplaudían cuando conocían a alguno de éstos, y se abalanzaban sobre el coche para estrechar su mano. La

teal oposición a Su Majestad, esa de la que hablan los manuales de historia, entraba en palacio, Era la

fiesta de la reconciliación. «Este acto es casi más importante que las elecciones", comentaría uno de los

ministros del próximo Gabinete, Pero las elecciones fueron, sin embargo, mucho más importantes, claro.

Lo que pasa es que diez días después, el Gobierno amenaza con olvidarse de que se han celebrado. Da

toda la impresión. en este país de que el poder no se da cuenta de que ya será imposible, en adelante,

gobernar como antes se hacia. "El lunes, voy a ver a Felipe, pero la reforma administrativa saldrá por

decreto, y existen facultades y previsiones legales para ello», comentaba Adolfo Suárez. «Pienso decirle

muy tajantemente que es inadmisible no pasar una reforma de tal calibre por las Cortes", diría

Felipe González más tarde. Luego transcendió en la fiesta que hubo ofertas a algunos militantes del PSOE

para ser nombrados senadores reales. El ministro de Educación fue el portador de alguna de ellas, que,

como era lógico, fueron rechazadas. Pero después de eso, Felipe no deberla haber criticado como lo hizo

la composición de la lista real. Como tampoco debería el presidente dedicarse a fundar un partido político

desde el palacio de la Moncloa. Los teléfonos del Gobierno están para gobernar no para ponerse al

servicio de una fracción parlamentaría. Y era ésta, precisamente, la conversación sostenida junto al

secretario general del PSOE cuando se le acercó aquel camarero vestido a la federica con la bandeja llena

de salchichitas y fritos variados. «Coma usted lo que quiera, don Felipe, que aquí todos somos de la UGT

y del PSOE, y le tendremos bien atendido.» Esta visto que en este país o estás con el Gobierno o con la

Oposición, si quieres pinchar algo concreto en los cócteles.

Al Filo de las once de la noche, los salones de palacio comenzaron a vaciarse de invitados. Todavía había

curiosos en las verjas; escrutaban las caras del personal buscando reconocer a alguien. Terminaba un

complicado acto social y un hecho político de trascendencia. Por primera vez en la historia de nuestro

país, el Rey estrechaba públicamente la mano de representantes comunistas. Don Santiago, amenazado a

grandes voces desde Moscú, inclinó la cabeza ante el Monarca que le saludaba. No se le oyó musitar

palabra, aunque quizá tuviera en la punta de los labios la frase lapidaria de las onomásticas: «Felicidades,

Majestad.»

 

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