Autor: Cebrián Echarri, Juan Luis. 
   Monarquía o República: la polémica irreal     
 
 El País.    29/12/1977.  Página: 1,7. Páginas: 2. Párrafos: 10. 

Monarquía o República: la polémica irreal

JUAN LUIS CEBRIAN

LA único verdaderamente insoportable de las monarquías son algunos monárquicos. Y .quizá si don Juan

dé Borbón hubiera escuchado más atentamente a aquéllos españoles no reverenciadores de la realeza que

lealmenle le sirvieron después de la guerra civil, no habría que escribir hoy en España sobre el tema de la

forma de Estado. No al menos en los Términos de dramatización innecesaria que el voto particular del

PSOE al proyecto constitucional y las reacciones consiguientes han suscitado. Desde que el exiliado de

Estoril cediera en mayo pasado sus derechos dinásticos en favor del reydon Juan Carlos, este resume en

su persona dos legitimidades de origen, la dinástica y la de la legalidad franquista. Ninguna de las dos es

reconocida por los partidos democráticos tradicionales. Pero cuando las Cortes y el pueblo español

aprueben la nueva Constitución en el año entrante, la Corona dejará de ser la salida posible desde e1

franquismo para convenirse en la representación jurídica e histórica de la convivencia democrática

española con la legitimación del consenso popular.

El reinado de don Juan Carlos es con frecuencia o malentendido o conscientemente malinterpretado.

Decir a estas alturas que el Rey es ahora rey simplemente porque Franco lé designa —al margen la cesión

de derechos de don Juanes una realidad objetiva y una mentira histórica también. El prestigio y

virtualidad políticos de la Corona le vienen hoy a don Juan Carlos de la necesidad de llenar un vacío de

poder, que se produce en todos los procesos de cambio histórico. Muchos se sorprenden .todavía de que

en pleno siglo XX pueda restaurarse un Trono con acierto, y sea éste y no la República solución

inmediata y real a las aspiraciones sociales de democracia.

Hay que decir que tienen razón, porque las monarquías hoy sólo existen si son el fruto de la historia, pero

nunca o casi nunca logran ser el comienzo de ella. Pero hay que decir también que no la tienen, porque

gran parte de las nuevas y nacientes repúblicas no son muchas veces sino formas de un reinado

supuestamente electivo, que incluso trata de perdurarse hereditariamente. El peronismo argentino o el

duvalierismo de Haití, la experiencia franquista o pinochetista, la revolución libia o ugandesa, son otros

tantos ejemplos que ilustran hasta qué punto nuestra coetáneos sueñan sin dificultad con el bonaparismo.

Asi resulta que hoy las formas de Estado se juzgan, paradójicamente, más que nada por sus contenidos y

que es más homologable la monarquía británica (o la sueca) a la República Federal de Alemania que a los

reyes hachemitas. y éstos más comparables a no pocos presidentes de las repúblicas de América Latina o

África, Desde el derrumbamiento del absolutismo, los litigios de los pueblos no se plantean tanto en torno

a las formas de Estado como a las libertades y a las alternativas de poder que se ofrecen a los ciudadanos.

La opción en España a la salida de la dictadura era exclusivamente entre libertad y autoritarismo. Todos

los demócratas españoles prefieren por eso una Monarquía constitucional a una «república-banana».

Por todo ello, junto a las discutibles argumentaciones de los que esgrimen el principio monárquico en

favor de la Corona, es preciso arbolar también razonamientos pragmáticos de utilidad social y nacional.

En nuestro caso, hay uno muy importante, al que me he referido ya: el Rey ha llenado un vacio de poder

que de otra manera habría sido ocupado por la única institució perdurable de Monarquia o República: la

polémica irreal la etapa franquista: el Ejército. E1 Rey ha podido asi ejercer una función arbitral y

decisoria, necesaria durante el período de tránsito hacía la instauración de la democracia. Allí donde la

figura del monarca no ha existido Portugal, por ejemplo han sido con frecuencia los militares quienes han

ejercido ésta caución de arbitraje. En definitiva, se trata de que exista un poder básicamente aceptado por

todos, o por una amplia generalidad de ciudadanos, que no intervenga en la gobernación del país pero

garantice, incluso de modo personal, la estabilidad del Estado hasta el final del periodo constituyente.

De este modo, la función de don Juan Carlos, durante sus dos años de reinado, y muy especialmente hasta

las elecciones de junio, no ha sido la tradicional de un monarca constitucional. Ha ejercido el poder de

una manera efectiva, y eficiente, para conducir el pais a la normalización política. Temas como el de la

amnistía o la legalización de los partidos comunistas no hubieran podido ser abordados en un proceso de

cambio no revolucionario, como el que hemos vivido, sin esa figura de arbitraje ultimo y de poder

tangible que el Rey ha desempeñado. El monarca ha facilitado asi de hecho la única vía reformista

pensable para la sustitución del franquismo por un régimen de libertades. Y esta es una realidad histórica

de primera magnitud.

Sin duda ha sido don Juan Carlos, y no otra persona, el hombre que ha hecho posible la democracia en

España. Sin duda también su función será diferente a partir de la nueva Constitución. Los reyes, en la

Europa moderna, son algo más que un elemento decorativo, en contra de lo que algunos se empeñan en

seguir creyendo, pero son algo menos también que los jefes de Estado de una República presidencialista.

El poder, en las monarquías europeas, reside en tas instituciones democráticas y de gobierno. Por eso, los

poderes del Rey deben ser y serán seriamente limitados en la propia Constitución. Untca manera, como

explicaba hace pocos días en estas mismas páginas el profesor Santamaría, de salvaguardar al Monarca y

1a institución que encarna de los avatares de la política; y de que su función de arbitraje, cuando haya de

ejercerse, sea efectiva.

Se preguntara alguien entonces qué sentido tiene, una vez culminado este período, mantener una

monarquía como forma de Estado en nuestro país; no obstante, lo que verdaderamente habría que

preguntarse es qué sentido tiene tratar de instaurar entonces una república. Si la monarquía ha

restablecido las libertades para lo que es necesario, entre otras cosas, no reprimir ni escandalizarse

fariseicamente ante los símbolos o partidos republicanos consolida la democracia y garantiza la

estabilidad y continuidad políticas hacia el futuro, tiene asegurada larga vida entre los españoles. Esto lo

saben los socialistas, que mantienen no obstante su opción republicana en el debate constitucional. Las

discusiones surgidas a raíz de este hecho merecen un análisis somero. Es absurdo que la prensa descubra

ahora el republicanismo del PSOE. Y sólo cabe entender el excesivo ruido armado desde algunos

periódicos si se intuyen intereses desestabitizadores, como ahora se dice, o simplemente ganas de

incordiar de no pocos extraparlameatarios de la política. Lo criticable de la actitud de los socialistas no es

q«e piensen que una república sería mejor que una monarquía para este pais, sino que decidan ponerse a

trabajar para instaurarla de inmediato, articulando incluso una normativa de elecciones a la presidencia de

la misma. Es como si, aduciendo problemas ideológicos o de principio, presentaran también votos

particulares que supusieran la redacción de una constitución verdaderamente socialista. Pero echarles en

cara sus convicciones y dar a entender —basados en so actitud— que el socialismo español está por un

inmediato cambio de régimen, es también demasiado. Probablemente si se hiciera un análisis de utopias

entre los parlamentarios de la UCD y de Alianza Popular, no saldrían muchos más monárquicos tampoco.

Ningún socialismo europeo de las monarquías reinantes se confesaría monárquico y, sin embargo, en

Suècia, en el Reino Unido, en Holanda, han gobernado, en ocasiones durante decenios, conciliando su

republicanismo con su servicio al Trono y al sistema que encama. Cuenta la anécdota que. cuando los

socialistas ganaron por vez primera en Suècia las elecciones, con un programa republicano. Gobierno y

monarca llegaron al entendimiento de que lo mejor que se podia hacer por el momento era continuar con

la Corona, pues al fin y a la postre y en palabras del titular de la misma un rey resulta siempre mucho más

barato que un presidente de la República. Este grosero pragmatismo nórdico no debe ser desdeñado en su

último significado. El origen divino del poder tiene tanta tradición entre los españoles y fue tan aireado

por el dictador desaparecido, que quiza convendría recapacitar sobre las características de boato externo

que rodearon al franquismo. Mientras los falangistas, que hoy cuentas en las Cortes acusadoramente el

número de banderas republicanas exhibidas en público, cantaban que no querían reyes idiotas, un general

se instalaba en palacio, prometía el imperio del que seria sin duda emperador y se rodeaba del protocolo y

la jupitertonancia de adulación y besamanos más arcaica y ridicula que pueda imaginarse. Desde luego en

esto podemos compararnos a los suecos: está demostrado que un rey es mucho más barato incluso que un

dictador.

La Monarquía como la República tiene grandes manchas históricas en la tradición española y ya se

encargaron, los franquistas entre otros, de resaltarlas. Pero acopia también enormes servicios. La digaidad

del hombre que el mes de mayo pasado cediera sus derechos dinásticos al Rey de España supo preservar a

la institución del secuestro del franquismo, Y mírese por donde se mire, el reinado de don Juan Carlos,

nacido en medio de todo tipo de contradicciones, frente a una crisis económica y sin una dase política

entrenada y capaz, es uno de los ejemplos más evidentes de cómo se puede empujar la modernización de

un país desde una instirución milenaria. Por eso, solo los cortesanos de siempre, los validos y servidores;

de una imagen del Rey que no es la suya, pueden por su ambición y resentimiento, tratar de capitalizar la

polémica irreal sobre la forma de Estado. Por eso también el voto particular del PSOE debe ser tomado

como una torpeza o como una expresión innecesaria, pero no como un desafio. El único desafío visible es

el de quienes pretenden encerrar al Monarca en el área de un solo lado de la política. Porque don Juan

Carlos es rey de todos los españoles. Hasta de los españoles republicanos.

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