La unidad de los socialistas     
 
 El País.    23/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

EL PAÍS 23I77

LA UNIDAD DE LOS SOCIALISTAS

LA PROXIMIDAD de las elecciones y la creciente esperanza de que podrán

realizarse dentro de límites tolerables de veracidad y limpieza están trabajando

más por la unidad de los socialistas que cualquier otro factor. Se ha revelado

como ilusoria la idea de que podría existir un espacio electoral lo

suficientemente amplio como para que los diversos partidos socialistas pudieran

obtener, cada uno por su lado y en mutua competencia, un número satisfactorio de

escaños. También parece cada día más evidente que la eventual dispersión de los

sufragios entre los diversos representantes de la familia socialista se

distribuiría de forma irregular: salvo en Cataluña y quizá en Aragón y algunas

zonas de Andalucía, el PSOE es el más firme candidato a cosechar la gran mayoría

de los votos de esta especie.

Este es, seguramente, el principal motivo de los últimos acercamientos de la

Federación de Partidos Socialistas y del Partido Socialista Popular, o al menos

de sectores importantes de sus direcciones y de sus bases, a la organización que

dirige Felipe González. Son muchos los observadores que, desde fuera,

habían pronosticado que el PSOE sería el eje real del movimiento socialista. El

incondicional apoyo de la II Internacional (espectacularmente puesto de relieve

en el congreso de diciembre), el acierto de un relevo generacional compatible

con el mantenimiento de las tradiciones históricas, y la política de distancias

respecto al Partido Comunista (ni tan lejos como para romper la unidad de la

izquierda, ni tan cerca como para convertirse en su satélite), son algunos de

los argumentos que daban fuerza al vaticinio.

Por otra parte, ninguno de los restantes grupos socialistas ha conseguido

perfilar nítidamente su imagen.

El PSOE (sector histórico) ha hecho del anticomunismo su caballo de batalla,

pecó de oportunismo (mal retribuido) al someterse al humillante trámite de la

ventanilla, y ha puesto en marcha un plan de alianzas electorales cuando menos

poco prestigioso. El PSP ha dado excesivos bandazos en su estrategia (desde la

fundación de la Junta Democrática hasta sus contactos con el Gobierno), ha

incurrido en contradicciones al pronunciarse sobre la estructura federal del

socialismo y no ha logrado borrar su imagen de partido de élites intelectuales.

En cuanto a la FPS, a la inevitable heterogeneidad de su constitución federal,

se han unido diversas crisis internas de los grupos, que anulan, al menos

parcialmente, el mayor arraigo que tienen en algunas regiones.

En una perspectiva electoral, pocas dudas puede caber sobre la necesidad de la

unidad socialista. Si todos esos grupos concurrieran por separado, muchos votos

que normalmente irían a un socialismo unido y coherente, se desviarían hacia

otras zonas del espectro político, por rechazo y como protesta ante el

espectáculo poco edificante de la disgregación. Sobre todo si se piensa que las

diferencias de familia, cuyo fondo sólo puede ser perceptible para los

iniciados, sólo llegan a la mayoría de los futuros electores en forma de

invectivas y personalismos. Este tema, aunque concierna fundamentalmente a los

socialistas, interesa a los demócratas de todo signo. La consolidación de las

instituciones representativas en España precisa la creación de grandes bloques

electorales, entre otras cosas para privar a los enemigos de la democracia de

argumentos sobre su presunta ineficacia.

¿Cuáles pueden ser las formas concretas en que se instrumente ese anhelo y esa

necesidad unitaria? La «rendición incondicional» de los demás grupos ante el

PSOE no sólo sería una solución desagradablemente prepotente, sino que, además,

resultaría a la larga perjudicial tanto para la organización que la impusiera

como para la causa del socialismo. Los partidos son una compleja realidad

que no puede reducirse al esquema simplista de que los dirigentes son elegidos

por las bases. Las direcciones de los partidos tienden a controlar a la

organización que un día les eligió para sus puestos y a mantenerse

indefinidamente en ellos. La unidad socialista no puede pasar por la receta de

que los afiliados de los demás grupos socialistas ingresen en la base del PSOE.

Los procedimientos para llevar adelante la unidad socialista pueden encontrarse

si de verdad se buscan. El PSP y la FPS, dentro de lo que el amor propio de toda

organización permite, han dado claras muestras de desearla. Al PSOE le

corresponde ahora tomar la iniciativa. Sí la celebración de un congreso

extraordinario de unificación resulta técnicamente imposible antes de las

elecciones, y si la cooptación de los líderes de otros grupos es

estatutariamente inviable pueden encontrarse otras fórmulas. El PSOE

acordó en su último congreso acudir en solitario a las elecciones. Nada le

impide —pensamos— presentar en sus listas a personalidades socialistas

independientes, procedentes de los grupos autodisueltos, e iniciar

así el camino de la unificación.

 

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