Autor: Goytisolo, Juan. 
 Proceso a la izquierda /y 7. 
 Hacia un socialismo libre y democrático     
 
 El País.    13/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

EL PAÍS, martes 13 de septiembre de 1977

LA CULTURA

Proceso a la izquierda/y 7

Hacia un socialismo libre y democrático

JUAN GOYTISOLO

Ignorar u ocultar las faltas y crímenes del pasado es condenarse a repetirlos en el futuro. La actitud

cómoda, puramente defensiva de las castas burocráticas en el Poder explica que cada nueva generación de

revolucionarios incurra en las mismas equivocaciones y caiga en idénticas trampas que las generaciones

que les precedieron. Los partidos comunistas de Europa occidental -cuando menos el PCE- han

comprendido al fin la necesidad de analizar la degeneración del proyecto socialista en la URSS y países

controlados por ella, pero no han procedido aún, con honestidad y rigor, a la revisión de su propia

conducta pasada, esto es, al establecimiento de las responsabilidades en el seno de la dirección y la

rehabilitación de las víctimas del sectarismo. Una encuesta oficial sobre episodios tan poco gloriosos

como la desaparición de Nin, el anatema a los sospechosos de herejía titista, la condena de Comorera, la

exclusión de Claudia y Federico Sánchez, sería la mejor prueba del cambio operado en sus filas y la

garantía de que semejantes hechos no se repetirán.

El libro de Teodoro Petkoff -como el recientemente publicado por Cíaudín- contribuye a despejar el

camino hacia un socialismo libre y democrático, gracias a una labor de reflexión que, incidiendo en la

práctica política concreta, sienta las bases de una conducta auténticamente revolucionaria susceptible de

sortear los escollos contra los que se estrella la actual alternativa socialista. Sin este autoanálisis, sin este

proceso de clarificación, íos movimientos políticos que se inspiran en el cuerpo de ideas de Marx están

condenados a una fraseología constantemente desmentida por los hechos, y lo que es peor, a caminar a

remolque de éstos, con la consiguiente pérdida de prestigio que ello acarrea y su inevitable alejamiento de

cualquier esperanza de cambio revolucionario real.

Consideraciones finales

Unas breves consideraciones para terminar: comentando la perspectiva exclusivamente «obrerista» de los

movimientos marxistaleninistas implantados sobre todo ea los núcleos estudiantiles y universitarios,

Petkoff señala con acierto uno de sus fallos más importantes -esa concepción esquemática y abusiva de

la sociedad en términos de obreros y fábricas, concepción que, fundada en una mitificación de la clase

obrera, deja de lado o rechaza la problemática de todos los demás sectores sin cuya participación el

tránsito de aquélla a un socialismo no autoritario resulla imposible. Cuestiones fundamentales como

derechos ciudadanos, libertades individuales, posibilidades de creación en el ámbito del socialismo son

relegados al desván de los trastos viejos: elucubraciones de intelectual burgués amenazado, dicen, por la

toma de conciencia del proletariado. Según estos grupos -ciegos y sordos a la experiencia de los

sucedido en la URSS, en donde la negociación de tales derechos ha permitido precisamente la

instauración de un nuevo sistema represivo sobre el proletariado-, la totalidad de la vida social se reduce

a un problema de explotación económica. La enorme complejidad de aquélla, escribe Petkoff, es

escamoteada para calar directamente en su esencia, desdeñando así, como «hojarasca inútil que

únicamente contribuye a velar la verdad de las cosas, la consideración de las manifestaciones concretas a

través de las cuales aquella esencia adquiere corporeidad ante la gente. (...) Revísese cualquier programa

de un grupo de izquierda y se encontrara cómo la visión global de la sociedad es sustituida por una de sus

partes, el funcionamiento económico». Dicho determinismo económico y su inevitable secuela -juzgar

la superestructura ideológica como mero reflejo del sistema de producción- no sólo empobrece y falsea

las tesis de Marx, sino que impide captar, dice Petkoff, «lo que con palabras engelsianas podría

denominarse el juego de acciones y reacciones entre los distintos componentes de la vida social», razón

por la que se revela impotente para comprender «las manifestaciones de relativa autonomía que cada uno

de estos componentes posee con respecto a los demás». La observación es importante y desdichadamente,

no se aplica tan sólo a la realidad venezolana: basta dar una ojeada a los programas de los partidos

políticos de izquierda de la flamante democracia española para advertir en seguida que, fuera del campo

político y económico más inmediatos, sus propuestas son increíblemente vagas e inconsistentes. Las

exigencias que plantean -plena recuperación de los derechos políticos y sindicales, aumentos de salarios,

reforma fiscal, mayor equidad en la distribución de los bienes, etcétera- son sin duda alguna necesarias

y justas; .pero se sitúan por punto general en el marco tradicional del «esencialismo económico», sin

analizar seriamente ios demás integrantes de nuestra complejísima vida social. Su propaganda no se dirige

a individuos de carne y hueso, sino a entidades más o menos abstractas, como el «militante», el

«ciudadano», el «elector», el «sindicalista», etcétera: opera en la esfera necesariamente reductiva del

homo economicus, cuyos derechos comienzan, pero no terminan, por el derecho de comer. La estrategia

de los partidos de izquierda y extrema izquierda apunta exclusivamente a la conquista del poder, panacea

que resolverá, milagrosamente todos los problemas «secundarios": nuevo status de la mujer; liberación de

la esclavitud del trabajo; proyecto de una sociedad plural, exenta de mecanismos autoritarios; libertad de

creación que, a su vez asegure una amplia creación de libertad. Pero la práctica y experiencia reales de íos

diferentes «modelos» revolu cionarios en el poder desmienten semejantes pretensiones. Tales problemas

no sólo no han sido resueltos, sino que parecen haberse agravado tras el triunfo del «socialismo real».

El logro de la felicidad

Los programas de nuestros partidos políticos no toman en consideración las aspiraciones de los seres

humanos reales y concretos, para quienes lo que verdaderamente cuenta no es la toma del poder sino el

logro de la felicidad. Por un lado eliminan de su vocabulario toda noción de trascendencia -el misterio

insoluble.de ía creación de la materia, la realidad del dolor, la inevitable tragedia de la vejez y la

muerte- o responden con vulgaridades scudocientíficas a las naturales inquietudes e interrogantes que

han servido y sirven de base a las manifestaciones del fenómeno religioso a lo largo de la historia de la

humanidad; por otro, excluyen la consideración de la" existencia completa de nuestro cuerpo: esta

realidad carnal, escandalosa y traumática para los «ascéticos» de toda laya, negada siempre en nombre de

ideologías que lo convierten en simple abstracción angélica o lo reducen a la triste condición de mero

instrumento de trabajo. Mutilación por partida doble -física y metafísica- reflejada en la uniformidad e

inconsistencia de unos programas culturales perfectamente intercambiables. Ninguna crítica a fondo de

nociones tan discutibles como normalidad, estado, propiedad, matrimonio, familia. Ninguna propuesta de

debate sobre el tópico de la industrialización en cuanto presunto agente liberador del ser humano o las

aberraciones, cada vez más suicidas, de la sociedad de consumo. Ninguna alternativa en términos de

imaginación y utopía.

La única excepción al esquematismo y pereza imaginativa que señalamos, la hallaremos, fuera del juego

de los partidos, en el renacido y pujante movimiento libertario. La innegable incidencia de los ácratas en

la vida española del posfranquismo es, en mi opinión, enormemente significativa tanto cuanto dicho

movimiento -por el hecho de no estar sometido a la estrategia y consideraciones electorales y disponer

por consiguiente de una libertad mucho mayor- responde mejor que aquéllos a las aspiraciones y

realidades excluidas de sus programas, formulándolas y exigiéndolas desde ahora en vez de remitirlas,

como se suele, a la futura conquista del Poder. Desde la periferia del campo político ejercen asi una

acción contestataria energética y vitalizadora con respecto a los problemas específicos de amplios grupos

sociales -problemas no reductibles a la «superstición económica» que denunciara Gramsci-, un reto

que los partidos políticos de filiación marxista deberán, tarde o temprano, afrontar: esa síntesis del

«cambiar el mundo" de Marx con el "cambiar la vida» de Rimbaud, que se sitúa en el centro de la

problemática revolucionaria de nuestro siglo.

 

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