Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   Jaque al Rey     
 
 El País.    28/05/1977.  Página: 7-8. Páginas: 2. Párrafos: 13. 

Jaque al rey

EMILIO ROMERO

Es necesario hacer un poco de historia para levantar después la imagen de una situación y sus

consecuencias. Me ahorro decir que este análisis está desprovisto de oirá intención que no sea la de dejar

las cosas en su sitio.

En aquel verano de 1976, los españoles y el mundo entero recibimos la sorpresa de que e) Rey habia

designado presidente del Gobierno a Adolfo Suárez, quien, previamente, había figurado, como establecia

la ley vigente, en una lerna del Consejo del Reino. Sus compañeros de aquella terna fueron Federico Silva

y Gregorio López Bravo. El que obtuvo menor porcentaje de votos de ios consejeros del Reino fue.

precisamente, el designado presider.te del Gobierne. La carrera política de Adolfo Suárez fue meteórica a

partir de la muerte del general Franco. Carlos Arias le nombró ministro del Movimiento en el primer

Gobierno de la Monarquía, y él sabrá por qué, si es que quiere contarlo alguna vez. Lo que ocurrió hasta

ese momento es que Adolfo Suárez era un personaje político en promoción y con muchas ambiciones,

muy distante de aquellos que encabezaban el escalafón de la política. Solamente a Adolfo Suatez se le

ocurría ser ministro; pero a nadie más. Y ni siquiera a Adolfo Suárez se le pasó por la cabeza ser

presidente. Esto habría sido demasiado. Fue uno de esos jóvenes protegidos por el ala más dura y menos

liberal del Régimen, a través de los cargos secundarios de gobernador o director general. El propio

Fernando Herrero me dijo a mí mismo en la intimidad de su despacho que ¡e hacía vicesecretario general

del Movimiento por una obligación íntima, y nunca porque pensara en´ que era justo y obligado ofrecerle

aquella función. Adolfo Suárez tenía unas excepcionales condiciones para la intriga, y un trato sencillo y

encantador para los superiores. Alfredo Sánchez Bella cuenta

con naturalidad el método como fue obligado a nombrarlo director general de la Televisión, en 1969.

No había, por todo ello, ningún precedente, o ninguna nota, de categoría cultural o política específica para

poner sobre sus hombros la tremenda responsabilidad histórica de hacer un cambio hacia la democracia

desde un régimen personal, con un cuadro peculiar de instituciones sin ningún parecido con los sistemas

políticos europeos. Por eso fue la gran sorpresa. Habían prevalecido las dotes personales del halago fácil,

de la servidumbre pronta y del encanto personal, frente a las verdaderamente condiciones serias de la

función pública. No es que la simpatía, o la habilidad personal, le sobren a la política, pero estas no son

sus exigencias más serias. El hombre que tenía que hacer el cambio en este país tenia que ser.

fundamentalmente, un estadista, y no solamente un chico habilidoso y simpático.

La Monarquía, además, tenía que ser constitucional y democrática a la manera de las monarquías de

Occidente. Por eso Areilza no dijo nada de más cuando aseguró que el Monarca era el motor del cambio.

He sostenido siempre que el Rey no tenía inspiradores políticos, ni siquiera indicadores familiares. Se

había fabricado su propia experiencia desde una situación privilegiada para la observación y el análisis.

Adolfo Suárez sería únicamente el mecanismo de destreza para reducir la vieja clase política del

franquismo .a sus límites precisos, integrar a la Oposición en u legalidad, y promover vocaciones políticas

diversas e inéditas. Esto se ha conseguido. Todos están ya en el redondel; hasia los comunistas, que

venían siendo como la situación límite del cambio. A mi juicio —y este es un hecho puramente subjetivo,

y, por eso, de mi propia responsabilidad— la operación Suárez se ha hecho mal, porque en lugar de

haceria con los menores riesgos posibles, los ha provocado todos. Esc lo vamos a ver muy pronto. Pero

este es otro tema.

A donde voy con este artículo es a otra parte. Políticamente, el presidente del Gobierno no era nada. No

pertenecia a ningún partido político, puesto que venía del Movimiento Nacional. En las últimas etapas se

incorporó a la Unión del Pueblo Español, facturada desde la Secretaría General por José Utrera, y no

como líder, sino como coordinador —que fue Sa compensación que le hizo Solís a su cese como

vicesecretario—, y que era una asociación política aparecida al amparo de las asociaciones en el

Movimiento, y que recientemente se ha integrado en Alianza Popular. Estos, y no oíros, son los orígenes

democráticos de Suárez.

Era, por otra pane, presidente de un Gobierno de transición, quien tenía como misiones principales las de

hacer una reforma política —que se sometió a la aprobación del país— y convocar unas elecciones

generales tras la autorización de los partidos políticos

Su misión habría acabado con esta operación histórica y, entonces, de acuerdo con un principio

democrático fundamental, el nuevo Gobierno tendría que ser aquel que tuviera en los Parlamentos las

mayores asistencia del país. Esto no quiere decir que su carrera política habría terminado, porque la

política está en los Parlamentos y no fuera de ellos. Pero todo habría sido correcto e irreprochable.

Entonces, Adolfo Suárez, desde un Gobierno de transición, se proclama candidato, y escoge una

alianza de grupos que se autodenominan Centro, y se designa a sí mismo líder. Para esta operación se

tuvo que impedir el obstáculo de José Maria de Areilza, y la acción de presentarse a unas elecciones

desde la presidencia fue repudiada por las más importantes fuerzas políticas del momento, excepto los

comunistas. Los artículos publicados en este periódico por José María Gil Robles, José María de Areilza,

Alfonso Guerra o Enrique Múgica, aparte de los juicios de Felipe González, de Fraga y de otras

personalidades políticas, testimonian un juicio general adverso. No era correcto llegar al poder sin

ninguna base de sustentación popular, y disponerse desde el poder a servirse un éxito al amparo de todos

los mecanismos de captación, de intimidación y de medios que los Estados modernos ponen siempre a

disposición de los que los ocupan. Una tropa de juristas, como diría el conde de Romanones. se apresuró a

intentar demostrar que eso estaba bien desde el Derecho Constitucional. Naturalmente, a algunos de ellos

los vemos ahora en las candidaturas del Centro Democrático. Con ellos ha sido brillante e implacable uno

de nuestros más insignes juristas, Juan Palao, cuyo extenso dictamen tengo delante de mí, y del que

reproduzco este párrafo: "Aquí el Gobierno no ha llegado al Poder por mecanismos democráticos y no

gobierna

con las facultades y las limitaciones, que le impone una Constitución

previamente establecida y aceptada. El Gobierno tiene la legislación en la mano con el arma del

decretoley; el poder y la organización enormes recursos de un Estado moderno. De aquí que no sea licito

que quien acumula tal cantidad de poder entre en la contienda electoral, porque este poder es un depósito

que la Historia ha puesto en sus manos para que sea su fiel custodio y lo administre imparcialmente

durante la contienda electoral, no para que se apropie de él y lo utilice en su provecho para imponer sus

propias soluciones políticas y para perpetuarse en e¡ Poder propiciando un partido propio.»

Esto podría ser la fabricación ficticia de un líder o de un personaje político. Pero esto nunca seria lo más

arriesgado. Hasta ahora Adolfo Suárez viene siendo mucho menos que el Rey. porque ha partido decero.

Es menos también que los líderes de los partidos políticos auténticos, porque no viene de ninguna parte, y

de donde venía aparece a estas horas archivado en la Historia. Pero en el supuesto de

que alcanzara la minoría más poderosa del Parlamento, no solamente sería más que los demás. sino que

alcanzaría su independencia respecto al Rey.

Ya sé que un rey constitucional no es ni más ni menos que el pueblo, organizado en sus partidos políticos

o en sus grupos sociales. Está por encima de los avatares políticos y de las concurrencias personales. Pero

aquél que debe al poder exclusivamente lo que es, su primer desafío es quien le dispute la permanencia en

él. De lo que haría primero gala sería de su autonomía, de su propia fuerza, de un

respaldo, que ya no sería leal. Esto no sería democráticamente discutible. Lo que ya no sería Adolfo

Suárez es la personalidad secundaría que es hoy, y obligada por ello a toda estrategia de salvación

ces, inevitablemente, daría su jaque al Rey. Quien antes se ganara el puesto por condescender, transigir,

cultivar, minimizarse, servir y ofrecer, ahora lo exigiría. El triunfo de Suárez sería su despegue del Rey,

como su importancia actual ha consistido en alejarse velozmente del franquismo. Adolfo Suárez no es un

hombre de lealtades políticas, sino de destrezas. Esto está probado al máximo.

Pero el caso es que no estamos en condiciones de que nadie, desde ninguna posición de privilegio, de

fuerza, o de poder, se disponga a darjaques al Rey. La Corona tiene un solo argumento a su favor, pero es

decisivo. No pone al Estado en quiebra, o en crisis, o en disolución, por lo que ocurra políticamente de

tejas para abajo, a no ser que se comprometa en esos asuntos. El Estado sigue con los monarcas, y los

Gobiernos pasan. Esta es la razón válida de la Monarquía. Pero ahora, en España, tiene temporalmente

algunas más, entre otras la de contribuir a que se afiance una democracia en paz, a evitar los asaltantes del

poder, que, leales o no leales, todos ellos comprometen a la Corona en cuanto son asaltantes; y

principalmente la finura de advertir que donde se fabrican las soberbias más peligrosas es en las

condiciones personales más modestas, o mínimas, o mediocres.

Suárez podría haber sido útil hasta ahora, si alguien quiere exiremar con el presidente sus bondades, sus

ignorancias o sus gratitudes. Pero después del 15 dejunio seria grave. Con un gatuperio pueden ganarse

unas elecciones, pero no se puede gobernar.

Suárez ya no sería una esperanza, aunque contara con muchos escaños. Su éxito carecería de credibilidad.

En estas circunstancias un

 

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