Autor: Ortí Bordás, José Miguel. 
   Un falso dilema     
 
 ABC.    30/11/1978.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Un falso dilema

Por José Miguel ORTl BORDAS

NO sé si nuestro sistema político, en su actual fase de transición, está sometido a la duda o a

la perplejidad. Lo que parece evidente es que se desenvuelve a base de arrostrar sucesivos

dilemas. Citaré tan sólo cuatro. El primero se lo planteó Torcuato Fernández-Miranda al

Monarca cuando le dijo que tenía que optar entre ser un pequeño Caudillo o convertirse en un

gran Rey; loa términos del segundo dilema fueron los de reforma o ruptura; el tercero quedó

configurado por el sí o el no a la legalización del Partido Comunista; y el último se formula en

torno a la posibilidad de que dispone el presidente del Gobierno de decidir entre el voto de

investidura o la disolución del Parlamento, con la subsiguiente convocatoria de unas nuevas

elecciones generales.

En efecto, una vez aprobada la Constitución, y en virtud de lo que dispone la octava de sus

disposiciones transitorias, el actual presidente del Gobierno podrá optar por utilizar la facultad

de disolución del Congreso, del Senado o de las Cortes generales, o dar paso, mediante su

dimisión, al procedimiento que desemboca en el voto de investidura. Lo que ocurre es que,

desde el punto de vista político, éste es un falso dilema, porque no ofreciendo el tema ningún

problema en el campo de la más estricta juridicidad, suscitaría muchas y graves cuestiones en

la realidad política de una España recién constituida y en la vida excesivamente delicada de

una democracia todavía sin consolidar.

Bien sé que éste no es el juicio que la cuestión les merece a los entusiastas de la situación. Y

tampoco me pasa inadvertida la aparente razón en la que basan su postura, decididamente

favorable a la pronta realización de nuevas legislativas. En realidad creen que la Unión de

Centro Democrático puede y debe capitalizar electoral mente el éxito más que probable, en

votos, del próximo referéndum constitucional, trocando así su presente y precaria situación en

el Parlamento en una mayoría suficiente y estable. Personalmente pienso, sin embargo, que los

intentos de capitalización de acontecimientos como el referido suelen terminar, las más de las

veces, en puros deseos cuando no en descomunales sorpresas.

Se me antoja, sí, muy difícil que se pueda producir la aludida capitalización, porque es patente

que el anteproyecto de Constitución no fue fruto de la iniciativa legislativa del gobierno, sino

producto de la iniciativa conjunta de los distintos grupos parlamentarlos del Congreso; porque

resulta Incontrovertible que el texto constitucional definitivo ha sido preparado de Igual a

Igual por los mencionados grupos y porque, por si fuera poco, su elaboración se ha hecho a

base de utilizar la atípica fórmula del consenso: es decir, en virtud de compromisos V pactos

entre los aparatos de diferentes partidos políticos. Me pregunto entonces cómo se puede

capitalizar por un solo partido lo que ha sido, y tiene la Imagen de haber sido, obra común de

todos ellos.

Pero es que, además, la Historia, tan maltratada ahora, nos ofrece ejemplos aleccionadores, de

los que no se desprende precisamente seguridad alguna para nadie a la hora de convocar unas

afecciones generales al abrigo de la proximidad, presumiblemente favorable, de

acontecimientos importantes. Tras cinco años de sangre, sudor y lágrimas, los ingleses

lograron en 1945 la victoria en la segunda guerra mundial, con la rendición Incondicional de

Alemania. Esa victoria la simboliza un hombre providencial para Inglaterra: el lineal, compacto y

terco Winston Churchill. Al aire del alivio y de la alegría popular por tan monumental victoria y al

amparo del símbolo y del carisma de Churchill, el Partido Conservador se lanza a las

elecciones generales con la absoluta seguridad de conseguir un triunfo aplastante. Pero

quienes ganaron fueron los laboristas. Y Atlee fue primer ministro hasta 1951. El pueblo inglés

no dejó que sus votos fueran capitalizados por el protagonismo indiscutible e indiscutido de

Churchill durante su amarga y dilatada experiencia bélica. Algún día me referiré a la fina

sensibilidad política, a la enorme lucidez democrática y a la profunda perspectiva histórica

demostrada por el pueblo inglés en tan histórico trance electoral. Baste hoy con su simple

rememoración, a modo de aviso para navegantes. No sea que acaben por encontrarse con

lanzas aquellos que únicamente avizoran cañas.

Quienes propugnan la disolución de las Cámaras deberían encauzar sus fervores hacia !a

celebración de unas elecciones municipales, cuyo prolongado aplazamiento ha acabado por

afectar a una vida local que oscila entre la interinidad y el peso de responsabilidades no

previstas ni queridas. Siento respeto por cuantos desde hace muchos años permanecen en sus

puestos, soportándolo todo, sin que nadie lea haya liberado aún de quehacer tan enojoso. Han

aguantado a pie enluto el diluvio que vino. Y desde la borda del arca de Noé de la dilación

contemplan asombrados, mitad náufragos mitad supervivientes, cómo el tiempo pasa por ellos

sin dejar huella ni rastro.

Es cierto que las elecciones municipales deberán ser convocadas durante el mes siguiente a la

promulgación de la Constitución; pero no lo es menos que resulta sumamente anómalo, desde

una óptica democrática, que tales elecciones no hayan tenido lugar antes del referéndum que

espera, el cual debió haberse afrontado con unas corporaciones locales nuevas, surgidas de

unas elecciones libres. No contribuye nada a la racionalidad, objetividad y asepsia del período

constituyente que esta situación perdure. Es más, creo que hay que decir, sin el menor asomo

de acritud pero con toda firmeza, que no puede pensarse siquiera en convocar elecciones

generales en tanto dichas corporaciones no hayan sido previamente renovadas. Pretender lo

contrario sería perfectamente antidemocrático. Tampoco resultarla tolerable que se intentasen

celebrar al mismo tiempo o Inmediatamente después, que para el caso es lo mismo, las

municipales y tas generales, porque mezclar o hacer seguir elecciones un distintas es también

atentar contra la credibilidad y la esencia misma de la democracia, contra el cuerpo electoral y

la autenticidad del sistema. La democracia, que en España ha sido siempre tan frágil como un

jarrón de porcelana china, hay que tomársela en serio. No resiste los golpes. Ni la frivolidad.

Las únicas elecciones que exige la situación política son las municipales; la situación

económica no está como para soportar una nueva y nada despreciable incertidumbre en su

parvo horizonte; la situación social reclama que el gasto público se encauce hacia la creación

de puestos de trabajo y no se dedique a satisfacer necesidades electorales ficticias,

innecesarias y no sentidas por el propio pueblo. Esta es la realidad. No otra. En consecuencia,

hay que plegar a la misma toda postura y pretensión partidista.

De lo que se trata es de consolidar la democracia. No de ganar unas nuevas legislativas. Julián

Marías escribió en su día: "El sistema democrático se desacredita cuando... se regatea /a

representatividad de las Cortes o Parlamento, se muestra impaciencia por el final de su

mandato, se multiplican las elecciones, con inadmisible derroche económico y una inevitable

impresión de provisionalidad, inestabilidad, inconsistencia. Se provoca así el desprestigio y la

fatiga de la democracia." El dilema entre elecciones generales o investidura es, pues, un falso

dilema. El voto de investidura se impone. Es una evidencia. Y los pueblos no pueden vivir de

falsos dilemas ni la democracia echar raíces de espaldas a las evidencias.

 

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