Autor: Rivas Guisado, José Luis. 
 La tercera edad. 
 La ancianidad problema social     
 
 El Alcázar.    01/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

La TERCERA edad

LA ANCIANIDAD PROBLEMA SOCIAL

Lo que se precisa es saber "ser viejo", y lo demás huelga. Hay que procurar ser viejo con salud, amable...

pero también con recuerdos. Con todo lo que se precise, pero siempre dentro de la condición de viejo

Hoy la vejez está tan desprestigiada socialmente que incluso el nombre de "viejo" se orilla de nuestro

lenguaje sustituyéndolo por el de anciano; y ahora se arrincona la palabra vejez para denominarla

públicamente "Tercera Edad"

Hoy más que nunca la sociedad adolece de sensibilidad. Cuando el progreso hace soñar en mundos

mejores y cuando la ciencia ha alcanzado ya metas codiciadas por siglos, es cuando el ´hombre se siente

más deshumanizado, haciendo camino por entre lo que antaño y no tan antaño era norma de obligado

cumplimiento. ´•

Así sucedió —a decir del doctor Jaime Nualart Maymí, sociólogo, en su disertación sobre las

"Necesidades reales de la población anciana en el marco de las relaciones socio-familiares", durante el

Simposium sobre la Tercera Edad, celebrado en Barcelona— así sucedió, ayer, con el problema de la

vivienda y, hoy, con el déficit de guarderías, pasando por los problemas de los minusválidos, los

subnormales, etc. Y también, ahora, con el problema de la ancianidad.

Las dificultades inherentes —sigue diciendo el Dr. Nualart— a todos los déficits sociales las sufren en

primer término y con mucha antelación —y con mucha intensidad— las clases obreras; pero ahí no

emergen y, caso de hacerlo se perciben muy escasamente. Se trata del problema asistencial. Pero cuando

la extensión del problema llega a afectar a la clase media, ésta se constituye en portavoz de los que no

tienen voz y eleva los déficits a la categoría de "problema social". Así de fácil. Las clases acomodadas no

sufren muchos de esos problemas y cuando los padecen disponen de medios para resolverlos o

aminorarlos. Los trabajadores, que desde siempre sufren esos problemas, jamás han dispuesto de medios

para resolverlos y cuando lo han intentado en forma de rehivindicación no ha calado en el colectivo, tal

vez porque lo han englobado en un más amplio conjunto de indicador de un cambio estructural que ha

sido motejado de revolucionario y, por ello, rechazado. La experiencia aconseja trabajar, de un lado con

el objeto de mejorar "lo que es", mientras que por otro es preciso trabajar para conseguir lo • que "debería

ser", sin que un intento obstaculice al otro.

La ancianidad ha venido a ser, pues, un problema social en cuanto paralelamente al aumento en la

cantidad se ha producido su extensión por las distintas capas sociales. Es preciso añadir que a este

aumento en número y extensión se ha producido una disminución en cuanto a prestigio. Hoy la vejez está

tan desprestigiada socialmente que incluso el nombre de "viejo" se orilla de nuestro lenguaje

sustituyéndolo por el de anciano: y ahora se arrincona la palabra vejez para denominarla, públicamente

"Tercera Edad". La palabra "viejo"(nos quema en las manos—como el de "suegra" que se pretende

desbancar por él de "madre política

El ser humano, que se ha pasado muchos años de su ,vida esperando, con suerte, llegar a viejo cuando es

viejo, parece que se avergüenza de ello y quiere a toda costa sentirse y parecer joven. Esto además de ser

muy difícil —incluso a veces bordea el ridiculo— carece de sentido. Lo que se precisa es saber "ser

viejo" y lo demás huelga. Hay que procurar ser viejo con salud, amable, si se quiere trabajador, con

ilusiones, pero también con recuerdos. Con todo lo que se precise, en fin, pero siempre, dentro de la

condición de viejo. Decididamente la ancianidad es esperada y temida a un mismo tiempo. Pero más que

un sentimiento de temor, explicable hasta cierto punto debido al acortamiento progresivo del futuro,

aquello que sobresale en estas actitudes es un auténtico "complejo de vergüenza". Ser viejo es un fracaso.

Para llegar a esto es necesario que el desprestigio cale muy hondo. En términos generales al viejo se le

considera como un ser inútil, igual que un mueble viejo. Con todas las excepciones que se quieran; pero

con no tantas que impidan que los propios viejos así se consideren.

MARGINACION DE LOS VIEJOS

En una sociedad industrial y urbana en la que domina una escala de valores que da prioridad a la eficacia,

al rendimiento y a la productividad, las personas de edad avanzada, cuya aportación a la sociedad exige

otro baremo de valoración, no pueden gozar de excesivo prestigio. Cuando su propia economía no cubre

dignamente sus necesidades, el viejo sufre con más intensidad la marginación a nivel humano, familiar y

social. Tan sólo se salvan de esta marginación aquellos que poseen bienes propios y en cantidad

suficiente: amparados en su propio patrimonio conservan el respeto de los suyos y de la sociedad. A ésos

no se les compara a los muebles viejos sino a los muebles antiguos que gozan de mayor prestigio. Triste,

pero real. Sabemos que el desprestigio, proviene asimismo de otras muchas cosas con el fin de alcanzar

aquello que "debe ser".

Hoy vivimos bajo el imperio de una ley omnipotente: la del privilegio. Laroque, en el VI Congreso

Internacional de Gerontología Social, en el transcurso de una magnífica intervención dijo que, en el

fondo, el problema de la ancianidad viene motivado por una grave crisis de solidaridad. Nada más cierto;

pero sería preciso añadir que esta crisis de solidaridad es debida a una deificación del egoísmo.

Causas pero la económica se lleva la palma.

Si bien, tácitamente es necesario mejorar lo que existe, lo que exige una buena extrategia es cambiar

Vivimos en una sociedad que fundamenta el éxito en el dinero y que, para conseguirlo, hace suya la ley

de la selva. Y que con el fin de perpetuar su dominio determinados grupos imponen unas estructuras que

marginan a cuantos han escogido el camino del altruismo e ignoran aquellos que, en una perspectiva

antisocial son más débiles, individual o colectivamente, sean negros o amarillos, deficientes o

minusválidos, mujeres o ancianos. Estos últimos, y también los demás citados, constituyen para este tipo

de sociedad, tan sólo una carga social: aquella falta de solidaridad se infiltra imparablemente en todos sus

engranajes.

En verdad podemos decir que la marginación de los viejos se origina en las deficientes estructuras de la

sociedad y en ciertos aspectos fundamentales alcanza su impulso final, el más visible, en las postrimerías

de la vida laboral.

Aquella crisis de solidaridad se pone de manifiesto en las todavía vigentes formas salariales basadas en la

organización científica del trabajo. Establecer un salario justo, racional es preciso que éste sea

proporcionado a la cualidad y al esfuerzo de cada uno. Para conseguirlo se utilizan las técnicas de la

cualificación de los puestos de trabajo y de la medida de las actividades desplegadas y que conducen a la

determinación de la producción exigida y a la cuantía de salarios e incentivos. (A semejantes resultados se

llega mediante fórmulas que podríamos calificar de burdas).

Esta mini-definición es suficiente para comprender que cuando se llega a determinada edad (y, también,

cuando la salud disminuye), al obrero manual se le hace extraordinariamente difícil mantener la habilidad

y el ritmo que impone el trabajo y se produce una situación en la que, ya sea ocupando el mismo puesto

de trabajo o desplazándolo humanitariamente hacia otras tareas más sencillas y menos penosas, el

resultado es el mismo: una disminución de la renta salarial.

Por José Luis

RIVAS GUISADO

 

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