Autor: Río López, Ángel del. 
   Las que tienen que servir     
 
 Ya.    06/03/1977.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 18. 

LAS QUE TIENEN QUE SERVIR

Justicia social para ochocientas mil empleadas del hogar

Del empleó domestico como obra de caridad para las muchachas llegadas de los medias rurales a una

demanda profesional notable

El 60 por 100 trabajan por horas, el 30 por 100 tienen empleo fijo y él restante 10 por 100 trabajan

ocasionalmente

La necesidad de servicio de la sociedad media española y el nacimiento de puestos de trabajo para la

mujer en fábricas e industrias ha aumentado la cotización del servicio doméstico

Para las empleadas con carácter de fijas, los salarios oscilan entre las 12.000 y 16.000 pesetas mensuales;

para aquellas que trabajan por horas, de 200 a 300 pesetas-hora.

La lingüística ha encontrado un nombre mejor sonante pata las que durante muchos años fueron

llamadas "chachas", "criadas" o "sirvientas", y al igual que a los porteros se les buscó el nombre de

empleados de fincas urbanas, a las mujeres que realizan labores domésticas se les asigna un nombre

mucho más ortodoxo: empleadas del hogar.

En aras de acabar con la malsonante y trajinada palabra "chacha", se las ha rebautizado, pero la profesión

continúa soportando una serie de problemas, en su mayoría de tipo laboral, que, de ningún modo, han sido

remediados con la nueva denominación.

"Como de la familia, pero menos..."

Unas ochocientas mil mujeres se ocupan en el servicio doméstico, de las cuales, tan sólo trescientas mil

están afiliadas a la Mutualidad. Uno de los graves problemas que tienen planteados desde siempre las

empleadas del hogar es el de no estar reconocidas dentro de las legislaciones laborales. La ley ha

amparado a la sirvienta bajo el concepto de un componente más de la familia, y aunque tradicionalmente

algo de esto ha habido—algunas entraban de niñeras en la casa y salían para casarse, incluso morían de

ancianas al servició de una generación posterior—poco a poco la situación ha ido cambiando a medida

que la sociedad reestructuraba sus moldes laborales. Esto ha llevado implícito un desamparo de los

derechos legales que deberían asegurarlas comó a un trabajador más. Sin una legislación laboral del

gremio, las empleadas del hogar se han venido enfrentando continuamente al problema que supone

aceptar una diversidad de salarios, que en la mayoría de los casos estaban muy por bajo de los topes

establecidos en cualquier otro gremio de servicios.

Es cierto que ahora la empleada del hogar, salvo en contadas excepciones, va desarraigándose de esa

"familiaridad" con que la tachaban sus "señores". Primero, porque el nivel cultural ha experimentado

un alza notable, y hoy, la empleada del hogar no es la chica llegada del pueblo y entregada a un servicio

total, sino que el gremio se ha agigantado y la extraordinaria demanda en el sector ofrece

posibilidades de mejoras en el trabajo, sin condicionarse a un apego sentimental más o menos

auténtico y casi siempre mal retribuido. Hoy, la empleada del hogar se ha hecho mucho más nómada:

hay suficientes oportunidades de trabajo como para no hacinarse en un determinado hogar, y busca

donde pueda estar mejor remunerada y en más ventajosas condiciones de trabajo.

Hacia la profesionalización.

Como decíamos anteriormente, la empleada del hogar ha salido de ese letargo que la imposibilitaba de ver

con claridad unos reconocimientos laborales a todas luces necesarios. En 1944, la Sección Femenina dio

los primeros pasos para sensibilizar a la opinión pública con el problema. Se crea el Montepío Nacional

del Servicio Doméstico, por decreto del 17 de julio de 1959. Diez años mas tarde, el Montepío se

convierte en Mutualidad Nacional de la Seguridad Social para las Empleadas del Hogar. Hay un lapsus de

varios años, en los que dicha Mutualidad simplemente vegeta, aunque empiezan a desperezarse las

inquietudes entre las mujeres empleadas en el sector. Se llega asi a una asamblea nacional celebrada en

1974, a la que asisten 255.450 empleadas del hogar y 350 mujeres representando a las amas de casa.

Las palabras son cortas y los argumentos de sobra razonables; se va al grano y salen las siguientes

reivindicaciones: formación profesional adecuada para la empleada del hogar; regulación especifica de su

trabajo; asociación profesional; seguridad y protección de la trabajadora; solución para los problemas

referentes a la vejez; necesidad de que los mismos trabajadores contribuyan al fortalecimiento de la

economía de su Mutalidad mediante el incremento de las cuotas.

La asamblea presenta una ordenanza de trabajo, teniendo como objetivo la regulación de. Jos derechos

laborales y la sindicación para establecer una meta profesional. Aunque a la Mutualidad deberían

acogerse todas las empleadas del hogar, lo cierto es que tan sólo están acogidas un 40 por 100; el resto

trabaja sin ningún amparo legal, expuestas a salarios raquití, cos, sin protección social ni pensiones de

vejez. cuando escasea la mano de obra se ofrece la posibilidad de unas aspiraciones económicas y de

trabajo mas altas.

Hay una reciente encuesta de singular interés: el 60 por 100 de las empleadas del hogar trabajan por

horas, y de éstas, el 40 por 100 están aseguradas en algunos de sus dos y hasta tres trabajos diarios; el 30

por 100 tienen un trabajo fijo, y el 10 por 100 trabajan sólo algunos días de la semana.

De las empleadas del hogar con trabajo fijo, un 4D por 1OO lo hacen en régimen pensionista, y un 10 por

100, en semipensionista». Entre las primeras, las edades oscilan entre los dieciocho y los treinta y cinco

años, y tan sólo un 8 por 100 llevan más de veinticinco años prestando servicio a una misma familia.

Tiene sentido, pero vamos a especular con unas cifras muy aproximadas a las que se ofrecen en el

mercado de trabajo del servicio doméstico. Para las empleadas fijas, los salarios oscilan entre las 12.000 y

16.000 pesetas, gastos de manutención e incluso algunas ropas; las empleadas al servicio de cualquier

gremio determinado (limpieza oficinas, bancos, hosteleria, construcción, etc.) se acogen a las ordenanzas

vigentes para cada uno de ellos; en cuanto a las que se ocupan por horas, existe una variedad extensa de

tarifas que se mueven normalmente entre las 200 y 300 pesetas-hora.

En el caso de las empleadas fijas, los gastos de Seguridad Social corren a cargo del dueño de la casa,

aunque la jornada de trabajo no tiene un tope de horas determinadas al día; en las empleadas en distintos

gremios, las cargas sociales suelen correr por cuenta de la empresa, y la jornada laboral se mueve entre

las veinticuatro y treinta horas semanales. En el caso de las empleadas por horas, éstas no están acogidas

a ningún régimen de la Seguridad Social ni dadas de alta como trabajadoras autónomas.

Ellos opinan

Hemos requerido para concluir este reportaje la opinión de las propias interesadas. Estas son sus

respuestas:

Doña Juliana Ortega: cincuenta y ocho años dl> edad: "Llevo sirviendo con mis señores desde que

tenía catorce años. A mi me llaman "tata" y he criado a dos generaciones. Me trae sin cuidado el que me

llamen o no empleada del hogar. No me quejo de mis señores, me tratan como si fuera de la familia, me

pagan bien y a veces me cuidan como si yo fuera la señora. Alguna vez, cuando era joven, he sentido

deseos de ser libre, de buscar otro trabajo, pero..."

Maruja Gutiérrez, diecinueve años; "En casa hacía falta ganar dinero y me empleé en lo primero

que pude, como sirvienta; He estado en los diez años que llevo trabajando en varias casas. En la

que más tiempo lleva es en esta última, seis meses. Hay que buscar donde mejor pagan."

Anabel Mellado, veintiséis años: "Desde que tenía quince años llevo sirviendo. Trabajo por horas, y

estuve en cierta ocasión durante ocho meses trabajando en una fábrica; me salí porque gano más

dinero asistiendo por horas y tengo mucha más libertad de acción."

Soledad Rubio, treinta y cuatro años: "Ni siquiera me nombre la palabra "chacha", pues me salí en

cierta ocasión de la casa porque me lo llamaban y me trataban en tono despectivo. Creo que nuestro

trabajo no está considerado por la sociedad, aunque hemos evolucionado bastante, pasando de ser

auténticas obreras a personal empleado que exige sus derechos."

Amalia Robado, veintiún años: "Hemos sufrido hasta hace poco una auténtica explotación. Mi madre

estuvo sirviendo en una casa toda la vida; cuando murió, ya anciana, no tenía un real ahorrado ni

tampoco pensión alguna. Ahora podemos exigir más, pero de todas formas se nos trata un tanto

marginalmente."

Son unas 800.000, que no les importa mucho el haber cambiado lingüísticamente, pero que sí les

preocupa bastante «arecer de una legislación laboral que se amolde a las necesidades de .le-s nuevos

tiempos. De cualquier manera, hoy te empleada del hogar ha dejado de ser la cenicienta marginada y ha

salido del letargo para dejar oír su voz pidiendo justicia laboral.

Ángel del Río López

 

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