Recuperemos España     
 
 Diario 16.    16/03/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 25. 

Recuperemos España

LA noche del pasado miércoles, un millar de universitarios prorrumpieron en un gran aplauso cuando el

diputado por Barcelona Antonio de Senillosa —tal vez quien mejor lograra sintetizar la humillación

colectiva del 23-F con sus ya famosas disquisiciones sobre «amor» a la lectura y la escritura de los

hombres de Tejero— advirtió que él siempre hablaba de «España» y que le parecía una estupidez manejar

eufemismos como el de «el resto del Estado español». Quienes le aplaudían no eran jóvenes de cabeza

rapada, correaje y cinchas, sino muchachos que acababan de protagonizar una auténtica explosión de

júbilo al ser informados del procesamiento del general Armada, noticia que, por cierto, la oficina de

prensa del Ministerio de Defensa aún intentaría cazar al vuelo doce horas después, cual si de huidiza

mariposa se tratara.

Es probable que muchos de aquellos jóvenes hubieran asistido ya a la clamorosa manifestación de aquel

«viernes-después-del-lunes» y unido sus voces al inolvidable «¡Viva España!» que cerró el acto y que,

mezquinamente, «El Alcázar» escamoteó a sus peculiares lectores, militares y civiles. Al aplaudir a

Senillosa, quizá recordaran la estrecha identificación entre las ideas de «España», «democracia» y «orden

constitucional», subrayada por el texto que Antonio Her-nández Gil, más sobrado de amor propio que de

generosidad intelectual, rehusó leer.

La lengua, el himno, la bandera ________

Un sólido componente patriótico parece haber insuflado también ese viento de cordura que súbitamente

ha empujado a algunos de nuestros políticos. Así. a Felipe González.no le duelen prendas en elogiar

públicamente a la señora Thatcher porque, estando en sus antípodas ideológicas, fue la más enérgica al

alzar su voz en defensa de la mancillada dignidad de España. Así, a Santiago Carrillo —protagonista

estos días de los gestos más honorables de su turbulenta peripecia— no se le caen los anillos comunistas

por reivindicar con valiosa energía algunas de las instituciones medulares de lo que sus colegas

criptoafganos despectivamente denominan «democracia burguesa». Entre tanto, Manuel Fraga actúa con

desusado autocontrol, por mucho que se le impacienten las visceras del alma, y el Gobierno Calvo-Sotelo

sigue caminando por la senda de la respetabilidad y la firmeza.

Las cosas no se valoran sino cuando se pierden. Hemos estado a punto de per derlo todo y ahora

empezamos a darnos cuenta de que sólo tendremos democracia y libertad si aprendemos a escribir ambas

palabras con una E mayúscula adherida, con la E de España.

Dos causas confluyeron para hacer posible el «tejerazo». En primer lugar, la felonía de algunos militares

que abrieron la verja de su corazón al tigre obsceno del desacato. En segundo lugar, nuestra flojera

colectiva al dejar a la deriva durante todo un lustro las señas de identidad indisociables de cualquier

proyecto de convivencia a desarrollar sobre la vieja piel de toro.

Es tiempo de recuperar devotamente lo que es-nuestro: el amor a la bandera, la defensa de la lengua, la

reivindicación de la historia. Es hora de poner fin al denigrante monopolio que de todos nuestros símbolos

viene haciendo un fascismo pancista y hortera, ejemplificado no por Dionisio Ridruejo, no por Antonio

Tovar, no por Rafael Sanchez Mazas, sino por Garcia Carros y Vizcaíno Casas.

Sólo demostrando cada dia que nosotros, los respetuosos de la legalidad, los transigentes con la

discrepancia ajena, ,los defensores de la tolerancia, los amantes de la paz constitucional, somos España,

quedará en evidencia que para los sediciosos y sus cómplices no hay otro papel disponible sino el de ser

la única, la auténtica, la despreciable y pestilente anti-España que, precisamente, alegan combatir.

La democracia sólo estará consolidada el día en que, al escuchar las notas del himno nacional y al ver

llamear la bandera rojigualda, todos sintamos ese impulso sincero que, por ejemplo, lleva a los

norteamericanos a cerrar con fiero orgullo su mano derecha sobre el sitio en donde late el corazón.

Entiendo que todo esto les sonará a música seráfica a esos lamentables equilibristas de las ideas que desde

la zanganería de su «chaise longue» tienen el mal gusto de equiparar el terrorismo etarra con el supuesto

terrorismo de Estado atribuido al aparato policial.

Pero es tiempo de levantar el vuelo por encima de todo tipo de basuras. Las palabras del buen Rey Juan

Carlos en su mensaje de Navidad de 1979 pueden ayudarnos a hacerlo. Recordémoslas de nuevo: «Somos

españoles —españoles de todas las regiones de nuestra Patria— y hemos de sentir el orgullo de serlo, lo

mismo en las penas que en las alegrías, en los éxitos o en las dificultades. Tenemos un provecto de vida

en común que se llama España. Ella nos acoge y protege. Ella nos pide nuestra entrega y nos mira

dedicados a nuestro empeño de hacerla mejor y más plena... No es hora de desfallecimientos e

inhibiciones. Muy grave es la alternativa entre lo que podemos ganar y perder. España no es una nación

de perdedores...»

Hacia un nuevo nacionalismo_________

¿Y qué significa España hoy para los hombres de nuestras generaciones? «Lo que queda de España no es

lo pasado de ella, o lo pasado en ella, sino lo que está en ella siempre sucediendo.» Fue esta certera cita

de José Bergantín la que hace dos años dio a Federico Jiménez Losantos título y pie para escribir «Lo que

queda de España», un fascinante libro con el que tuvo la valentía de plantar cara a la marea autonómica

en el momento ´de su más desafiante diastole.

En uno de sus primeros capítulos se recoge la lamentable´sentencia impresa en su día por Vázquez

Montalbán: «En castellano escribió Txiki su último Verso, antes de ser fusilado en castellano.» Frente a la

tentación suicida de identificar los símbolos de la patria milenaria con el régimen que ¡os usó durante

cuatro décadas, se plantea la reivindicación de la españolidad de Cervantes y Calderón, Larra y Baroja,

Machado y Azaña, Unamuno y Valle, la españolidad, sobre todo, ´que día a día seamos capaces de labrar

mirando hacia adelante.

No se trata de incurrir a estas alturas en un chauvinismo barato, sino de sentar las bases de un nuevo

nacionalismo .común, a la vez templado, extrovertido y progresista. Son ya muchos siglos los que

llevamos a las espaldas como para pensar que es posible salir victoriosos de esta encrucijada entre la

libertad y la esclavitud, a partir de un divorcio con el «ser», plural pero unívoco, de España. Tal y como

apuntó Fernández Ordóñez en la presentación de su último libro, que nadie, que ninguna región espere

salvaciones individuales; aquí, o nos salvamos todos juntos o perecemos en comandita.

Todavía nos dura a algunos colegas la estupefacción y el asombro ante ´ el comentario del director de un

periódico de Barcelona, impaciente al notar que el almuerzo que manteníamos con el presidente del.

Gobierno se consumía en el análisis del golpe militar, sus derivaciones e implicaciones: «Todo esto son

cosas de las que se habla mucho en Madrid», vino a decir. «Hablemos ahora de los problemas reales que

interesan en Cataluña...» ¿Acaso no se dan cuenta en Barcelona que si triunfara una sublevación militar,

su «señera», sus «mozos de escuadra», su «patio de los naranjos» y demás parafernalia durarían menos

que un pirulí a la puerta de un colegio? . :

La reacción suscitada por mi artículo del pasado lunes en determinados círculos periodísticos, culturales y

políticos de Cataluña denota, al menos, que allí se Vive dentro de un espejismo. La tesis que sostenía era

anticipo de la que hoy desarrollo: Es preciso frenar las demás autonomías, y reconducir la catalana y la

vasca hacia una mayor sintonía afectiva con la reafirmación de España. Los comentarios que siguieron

pueden reducirse en este: «Claro, es lo de siempre, no nos comprenden... ¿Cómo nos va a comprender un

señor que se llama de una forma tan reveladora como Ramírez´»?

Siento dar un disgusto a los amigos del «Avui» y otros medios catalanistas —y conste que no me resulta

cómodo personalizar tanto un artículo—, pero además de «Ramírez» me llamo «Codina», «Blanch»,

«Batllosera» y «Comas», por mencionar sólo algunos de entre mis primeros apellidos. Buena parte de mi

infancia transcurrió en Barcelona, y viví con entusiasmo las inquietudes culturales que florecieron en

Cataluña hace una década. Leo cómodamente el catalán, conozco y amo la poesía de Salvat Papasseit y

desde hace unos días hago sonar con gusto en mi «cassette» la voz de Lluis Llach, explicando las razones

por las que «el meu país es tan petit».

Lo que ocurre es que siempre he considerado la cultura catalana como bilingüe, y no puedo por menos

que sentir por los castellano-parlantes la misma simpatía que en el pasado me hizo comprender a los que

reivindicaban el catalán, ahora que una dictadura lingüística se halla en trance de ser sustituida por otra.

La reacción de Barrera ante el "Manifiesto de los 2.300 es la mejor prueba de que la discriminación

existe y de que está impregnada de componentes agresivos y hasta racistas

Un «chicano» en Cataluña____________

Y conste que no ha sido Jiménez Losantes —«hete noire» del catalanismo fulgu rante— ni Amando de

Miguel —que anteayer afirmaba sentirse «chicano» en Cataluña— quien últimamente me ha hecho

reafirmarme en la percepción de este riesgo, sino alguien tan poco sospechoso de proclividades

centralistas como.el honorable Tarradellas. Fue él quien hace unas semanas, con ocasión de su estancia en

Madrid, ya nos advirtió a algunos de quienes tuvimos el privilegio de ser sus interlocutores, de la

tormenta que estaba incubándose y cuyo primer trueno ha llegado a través del manifiesto contra la

discriminación lingüística suscrito por 2.300 intelectuales y maestros, clasificables dentro de la categoría

de «els altres catalans».

Tarradellas tuvo un cuidado exquisito en evitar durante su gestión toda iniciativa que pudiera engendrar

un sentimiento de agravio en ninguno de los segmentos de la sociedad catalana. Pujol parece concebir en

cambio su mandato como la apoteosis de toda una vida dedicada a «fer país» desde su peculiar,

respetable, valiente y excluyente óptica. En medios gubernamentales existe ahora mismo una honda

preocupación por la pompa y el boato con que pretende rodear su próximo viaje a París, concebido como

si del desplazamiento de un jefe de Estado se tratara.

La reacción de Heribert Barrera, presidente de un Parlamento que teóricamente representa a todos los

catalanes, ante el «manifiesto de los 2.300» es la mejor prueba de que esa discriminación existe y de que

está impregnada de componentes agresivos y hasta racistas: «Lo que hay que hacer ahora es despreciar la

actitud de esta gente y no hacer caso de lo que dicen en su manifiesto.»

Algo bastante grave está ocurriendo en Cataluña cuando resulta que a todo un presidente del «Parlament»

hay que leerle desde Madrid aquellos hermosos versos de Salvador Espríu: «Recorda sempre aixó,

Sepharad / Fes que siguin segurs els ponts del diáleg/i mira de comprendre i estimar / les raons i les parles

diverses deis teus filis.» (*)

(*) «Recuerda siempre esto, Sepharad/Haz que sean seguros los puentes del diálogo / y trata de com-

prender y amar / las razones y las hablas diversas de tus hijos.»

 

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