Autor: Vallverdú, Francesc. 
   La convivencia lingüística en Cataluña: ¿un mito o una realidad?     
 
 El País.    20/03/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

TRIBUNA LIBRE

La convivencia lingüística en Cataluña: ¿un mito o una realidad?

FRANCESC VALLVERDU

Desde hace unos días se ha producido un gran revuelo por la publicación en un diario de Madrid de un

manifiesto, al parecer firmado por 2.300 profesionales e intelectuales, en el cual se reclama «la igualdad

de derechos lingüísticos en Cataluña», con el fin «de restaurar un ambiente de libertad, tolerancia y

respeto». El motivo y el fin, así expresados, de este manifiesto son tan graves que comprendo que un

español no residente en Cataluña pueda sentirse preocupado, si es un demócrata, o indignado, si es un

intolerante. Ahora bien, en la medida que el mencionado documento no se basa en hechos ciertos, sino en

medias verdades, en numerosas imprecisiones, en algunas falsedades inexcusables y, sobre todo, en un

juicio de intenciones, cabe preguntarse si no hay dudosas motivaciones políticas detrás del mismo.

Debemos aclarar, al respecto, que este manifiesto no pone en peligro el clima de convivencia lingüística

en Cataluña, que no hay que restaurar, pues afortunadamente no se ha alterado. Ningún ciudadano de

Cataluña, sea este catalanohablante o castéllanohablante, siente amenazada dicha convivencia por razón

del actual proceso de normalización del catalán, a pesar de que puedan surgir, como es natural, puntos

conflictivos que en buena lid democrática siempre acaban superándose. Nuestro temor no se funda tanto

en incomprensiones de dentro, que puede haberlas, pero son superables, cuanto en incomprensiones de

fuera de Cataluña. Y en este sentido lo grave del manifiesto es haber sembrado preocupaciones

infundadas entre los restantes españoles.

Hay que decir rotundamente que ninguna voz responsable sé ha alzado en Cataluña contra la igualdad de

los derechos lingüísticos. Así, en el campo de la enseñanza, sobre el que se vierten a menudo auténticas

patrañas, todas las fuerzas políticas y sociales catalanas —incluyendo las que rigen la Generalidad—

están de acuerdo con un objetivo pedagógico perfectamente igualitario. Dicho objetivo es el de que todos

los niños de Cataluña, independientemente de cuál sea su lengua materna y de enseñanza, puedan llegar al

fin de su escolaridad básica (catorce años) conociendo los dos idiomas oficiales, el catalán y el castellano.

Es lamentable —aunque no parece casual en el actual contexto político— que los firmantes del manifiesto

y otros polemistas se olviden de este principio pedagógico, fundamental para una política lingüística

democrática en un país en el que conviven dos lenguas. Pero lo más lamentable es que se olviden

asimismo de que, después de dos años de haber entrado en vigor el decreto sobre la incorporación del

catalán en el sistema educativo de Cataluña, aquel objetivo está lejos de alcanzarse. La situación de los

escolares de EGB no es, en modo alguno, la que dan a entender los denunciantes, sino muy otra: sólo un

10% de los escolares terminan EGB acreditando un conocimiento satisfactorio, oral y escrito, del catalán

y del castellano. El 90% restante sólo escribe y domina bien el castellano; en cuanto a la lengua catalana,

la ignora prácticamente, la desconoce en \ su nivel culto (estándar) o, a lo sumo, la lee y la escribe con

muchas deficiencias.

Estos hechos, absolutamente comprobables para quien vive y trabaja en Cataluña —infórmense cerca de

las autoridades docentes centrales o periféricas—, desautorizan a los que hablan de un retroceso del

castellano en la enseñanza. Que las cosas han empezado a cambiar con respecto a los tiempos de la

dictadura es cierto; pero de ahí a que se haya producido se esté produciendo un retroceso del castellano en

la enseñanza..., ¡qué barbaridad!

Otro aspecto de la polémica desatada se refiere a la supuesta discriminación a que son sometidos los niños

castellanohablantes, a los que se impone, según se dice, el aprendizaje de las primeras letras en catalán.

Antes de continuar quiero dejar sentado que el principio de emplear la lengua familiar en la primera

enseñanza debe respetarse; sobre este punto se han expresado a veces opiniones discordantes —más

confusas pedagógicamente que mal intencionadas— con el fin de salvaguardar el derecho de los padres a

escoger la enseñanza para sus hijos. Ahora bien, como no sea en este último supuesto, no ha habido en

Cataluña ningún caso de discriminación; y si hubiera existido, debería haberse denunciado, con nombres

y apellidos, ante las autoridades correspondientes. Pero aun en el supuesto de que existiera algún caso

denunciable, que debería ser corregido, ello no podría nunca servir de pretexto para ocultar otras

discriminaciones, y de carácter masivo. En efecto, nadie ignora en Cataluña que en pleno 1981 se están

produciendo miles de casos de discriminación, a los que los detractores de la autonomía catalana ni

siquiera se refieren: alrededor de dos tercios de niños catalanohablantes todavía está aprendiendo sus

primeras letras no en su lengua familiar, como recomienda la Unesco, sino en castellano. ¿Dónde está,

pues, la verdadera discriminación?

Entre las críticas al proceso de normalización lingüística en Cataluña hay una muy sutil que se formula

como un juicio de intenciones. Pero ¿en qué se fundan para temer que la evolución de la política catalana

vaya a seguir los derroteros que ellos ya vislumbran? La verdad es que la lengua castellana goza, y

seguirá gozando, de buena salud, incluso en Cataluña. Recordemos algunos datos de los siete periódicos

que se publican en Barcelona, sólo uno está totalmente redactado en catalán; de las cinco emisoras de

onda media instaladas en nuestra ciudad, ninguna emite completamente en catalán (sólo unos pocos

programas y no todas); la televisión sigue emitiéndose mayoritariamente en castellano y tan sólo se dan

algunos programas en catalán en horas de poca áudencia; los cines de Barcelona estos días únicamente

exhiben dos películas catalanas, frente a las innumerables (originales, dobladas o subtituladas) en

castellano; sólo en teatro parece haber un mayor equilibrio entre las dos lenguas. Mientras subsistan estas

condiciones ¿resulta extraño que las autoridades locales dediquen especial atención al fomento de

iniciativas culturales catalanas? Existiendo un déficit cultural tan aplastante, ¿quién osaría, si no es

cínicamente, acusarles de favoritismo?

En resumen, presentar al castellano como lengua discriminada en Cataluña no sólo no responde a la

verdad, sino que es más bien fruto de una visión nostálgica y reaccionaria: es decir, lo que pudiera ser

Cataluña, si el catalán se limitara a no salir del ámbito familiar. Esta es la política que impuso el

franquismo y estamos convencidos de que ningún demócrata puede defenderla. Afortunadamente, los

catalanes, sean catalanohablantes o castellanohablantes, estamos por una convivencia lingüística sin

opresiones, a la que ciertos manifiestos y ciertos detractores de las autonomías más parecen querer

destruir que salvaguardar.

Francesc Vallverdú es escritor y sociolingüista.

 

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