Autor: Cardín, Alberto. 
   ¡Qué cruz, Señor!  :   
 La polémica del bilingüismo en Cataluña da otro coletazo a propósito de un editorial publicado en el diario El País, al que contesta. 
 Diario 16.    08/05/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

ALBERTO CARDIN Escritor

¡Qué cruz, Señor!

La polémica del bilingüismo en Cataluña da otro coletazo a propósito de un editorial publicado en el

diario «El País», al que Cardin contesta.

Me había propuesto no escribir más sobre Cataluña, y casi lo había conseguido a pesar de las tres

magníficas pintadas que desde el día 23, y con la firma de Nacionalistes d´Esquerra, adornan la puerta de

mi casa («Cardín, espanyolista», «Cardin, fot el camp» y «Ocupant, fot el camp»), no sé si como señal

para un próximo programa o como simple trágala de quienes no contentos con tenernos aislados en

Cataluña, pretenden además echarnos.

Digo que casi lo había conseguido, pero el editorial de «El País» sobre el Manifiesto de los 2.300,

publicado casualmente en la conmemoración de su primer lustro, me hizo volverme atrás de mi propósito.

Baraturas

No voy a deshacer una por una las chapucerías retóricas en que se funda la argumentación de dicho

editorial. Me bastará fijarme en una sola y su corolario para dejar evidenciadas todas las otras. Hay una

figura retórica, muy usada por los sacamuelas políticos de la antigüedad, llamada epiquerema.. El truco

consiste en erigir como premisa mayor al otro en espantajo y adjudicarle luego todas las amalgamas de lo

odioso, para acabar concluyendo que el espantajo creado por el mismo orador y los efectos presentados

como odiosos al público son la misma cosa.

Esto es, ni más ni menos, lo que el editorialista de «El País» ha hecho con los firmantes del manifiesto:

identificados con el «papel barba» del franquismo, hemos acabado sin más convertidos en franquistas. Se

agradece que, al menos, no nos identifiquen con Tejero, que es cosa ya habitual en Cataluña. Aunque hay

que reconocer que, puestos a reunir falacias, Carandell en «Triunfo» de este mes nos trataba al menos de

ex demócratas.

Movido a actuar con idéntica bajeza, yo hubiera dicho que el papel barba neofranquista lo tenía reunido

"El País», en foto, en torno a sus videoterminales Atex. Pero me bastará con decir que quien desde una

tirada de varios cientos de miles de ejemplares y prevaliéndose de una rectitud de criterios que nadie ha

visto, y que por esos efectos macluhanianos, a la vez tan mentados y tan ocultamente manipulados, le ha

sido otorgada. Quien desde semejante prepotencia se lanza a hacer juicios, no ya temerarios, sino

directamente mendaces, poco puede presumir de demócrata.

Simplezas

No hace falta remontarse a ninguna definición categorial de la democracia para ver que si una cosa hay

que, idealmente al menos, la distinga de las dictaduras es la posibilidad de decirlo todo a plena luz, y a la

inversa, que si hay un efecto de discurso que defina claramente a la dictadura y arrope al arbitrio, este

efecto no es otro que el tapujo.

Ensáyese el lector interesado y busque el tapujo por donde lo haya. Verá que hay muchas cosas que

ciertamente hay que callar para mantener el difícil equilibrio de una democracia cogida por los pelos

como la española, pero verá que hay otras que si verdaderamente no pueden tampoco decirse

abiertamente, lo poco que aún podía quedar de democracia hablada se viene por los suelos.

Y uno de estos temas es justamente el de las autonomías. El de «la autonomía», porque viva y actuante

dentro del panorama actual español, sin ambigüedades de procesos intermedios ni impedimentos

terroristas, no hay otra que la catalana. Y los que en ella vivimos no siendo catalanes de lengua ni de

nacimiento lo único que queremos saber es si podemos ejercer aquí nuestros derechos de españoles que

hablamos castellano —lo mismo que ya los ejercen, y bien, los que hablan catalán— o si de verdad, como

tengo puesto a la puerta de la que creía mi casa, soy un ocupador y tengo que pensar ya en ir abriéndome.

Si esto ya ni siquiera puede plantearse, es que, sin expresarlo, estamos ya en la última hipótesis, y lo

grave ciertamente no es él estar en ella, sino el no poder decirlo. Grave, por cierto, para todos: para los

que ya estamos pensando en irnos mientras dura la ilusión, y para los que se llevarán el chasco cuando el

guiñol amenazado por el sable de Peridis se venga abajo a mandobles.

 

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