Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   La crisis. Historia de quince días  :   
 De Joaquín Bardavío. Ediciones Sedmay S.A., Madrid, 1974. 
 ABC.    25/04/1974.  Página: 71-72. Páginas: 2. Párrafos: 15. 

A C B JUEVES 25 DE ABRIL DE 1974. EDICIÓN DE LA MAÑANA.

«LA CRISIS. HISTORIA DE QUINCE DÍAS»

De Joaquín Bardavío

Ediciones Sedmay, S. A. Madrid, 1974

Por José María RUIZ GALLARD0N

EL primer libro de los varios que se anuncian sobre el asesinato del presidente del Gobierno español

almirante don Luis Carrera Blanco. Un libro que se lee de corrido porque —y ese es su principal mérito—

es un espléndido reportaje periodístico.. Joaquín Bardavío puede estar satisfecho de su obra. Obra de

historia viva contada con la precisión estilística de un gran periodista. Obra en la que, como dice el autor,

«va pegado al hueso de la información, aun a costa de un relato corto».

El magnicidio en la persona del presidente Carrera conmovió al país. Pero quienes primero se

conmovieron fueron los miembros de su Gabinete. La descripción de las diferentes actitudes, las

reacciones singulares y colectivas de los ministros de su Gobierno son narradas por quien, por su puesto

de jefe de los Servicios de Prensa de la Presidencia del Gobierno, está en óptimas condiciones para

narrarlo al resto de los españoles.

Pero antes que eso Bardavío dedica unas jugosísimas páginas a contarnos qué era y cómo era «el mundo»

de Carrero. "Carrero era un hombre difícil, porque era un hombre sencillo. Cualquier aparato en su torno

le desbarataba. Era tímido, introvertido, leal hasta al supremo sacrificio, sin ambiciones y, lo que más le

resalla, con ese espíritu de servicio auténtico que en tantas y tantas ocasiones otros sólo lo presentan

como pudibundo escudo de legítimas aspiraciones.» Hay apuntes inéditos —aunque sospechados— de

gran valor. Asi cuando dice que «personalmente creo que a Carrero Blanco maldita la gracia que le hacía

la política». Y aciertos indiscutibles al dibujar la figura del presidente, como la afirmación de su

innegable austeridad. Y la certeza de que «cuando mataron a Carrero, invitaron al "otro yo" de Franco. Y

éste es un dato histórico de magnitud tremenda».

A las 9,28 horas de la mañana del 20 de diciembre de 1973 aconteció al hecho. Minuto a minuto, casi

segundo a segundo, lo describe Bardavío. La salida de la iglesia de los jesuitas, el giro por la calle de

Claudio Coello para tomar la dirección de su domicilio, el Morris aparcado en doble fila para obligar al

automóvil del presidente a pasar por encima exactamente de la carga explosiva preparada, la explosión, al

confusionismo de los minutos primeros en quienes iban en el coche escolta, también afectados, el

desconcierto, el no aparecer en parte alguna el automóvil del almirante, todo, en fin, está contado con

justeza y exactitud. Hasta el número de tejas —4.100— y cristales —80— destrozados.

"Pero entretanto en aquella fría mañana de diciembre el Gobierno, de la nación se aprestaba a reunirse en

Consejo —precisamente para tratar de las asociaciones políticas—. Parece que la primera noticia del

hecho la tuvo Fernando de Liñán, aunque de forma harto imprecisa. Sólo a las 9,45 de la mañana recibe

un parte más alarmante: al presidente le han trasladado a la clínica Francisco Franco.

Liñán decide trasladarse a la clínica, donde ya se encuentra el ministro de la Gobernación, Arfad Navarro.

Los demás ministros se van enterando en espacio de pocos minutos de que algo gravísimo ocurre.

Acuden a la Presidencia. A las 10,15 llama Arias Navarro y da a Fernández de la Mora la terrible noticia:

«En estos momentos los médicos acaban de certificar la muerte del presidente.» A partir de este

comunicado comienza la parte más, interesante del libro de Bardavío. Cómo actuó el Gobierno, cuates

fueron sus reacciones, hasta qué punto llegó su serenidad. La aparición —y el texto— acordados para que

Fernando de Liñán comunique la notícia al pueblo español. Hay un párrafo que merece la pena

transcribirse. Es la comunicación —la orden— que el vicepresidente del Gobierno, Fernández-Miranda,

ya en funciones de presidente, da a sus compañeros de Gabinete tras hablar telefónicamente con Franco.

Sus palabras fueron éstas: «El Caudillo es el Caudillo; y por las noticias que hasta ahora tiene, piensa que

nada definitivo puede afirmarse; es necesario atenerse a los hechos comprobados. En este instante no

puede descartarse la posibilidad de accidente por mínima que sea.» Poco después, los informes técnicos

no dejarían lugar a dudas: se trataba de un cobarde atentado preparado por profesionales.

Dos puntos queremos dejar señalados por su interés. La actitud del general Iniesta y la del nuncio de Su

Santidad: «El general Iniesta reunió en su despacho a los generales y jefes principales del Cuerpo en

Madrid. Al parecer, los informes eran que la Guardia Civil, desde sus más altas jerarquías hasta los

guardias jóvenes, mantenían, dentro de la natural suerte, una firme serenidad. En la importante reunión se

debió concluir un acuerdo para avisar a los generales Jefes de zonas (la Guardia Civil divide España en

seis zonas) para dar criterios y alarmas.»

Lo cierto es que, con un innegable énfasis, el general Iniesta puso un telegrama circular alertando a las

fuerzas de la Guardia Civil. Telegrama que hubo de dejar sin electo, en perfecta disciplina castrense, con

otro posterior siguiendo órdenes del ministro de la Gobernación y del de Ejército en funciones. Respecto

al nuncio, por dos veces el ministro de Asuntos Exteriores le rogó una condena explícita por parte del

Vaticano del atentado. Sin ningún resultado.

Pero lo más urgente era calmar al país e informarle. Sobre un proyecto de Liñán, el presidente en

funciones lo entregó a Fernández de la Mora. Pero fue Fernández-Miranda quien dio la versión definitiva,

que aquella misma noche difundió Televisión Española y tranquilizó los espíritus.

Narra después la jornada del sotierro, con la destacada presencia solemne del Príncipe Don Juan Carlos.

Con la multitud apiñada —más da 100.000 personas— Con las pancartas y los gritos. Con los riesgos del

cardenal Tarancón.

Luego, el funeral. Que hasta última hora no se decide que sea oficiado por al arzobispo de Madrid. Y el

tremendo momento en que al cardenal de la paz a Franco, al Príncipe, al Gobierno —negada la respuesta

por Julio Rodriguez, a quien más tarde Fernández-Miranda obligaría a rectificar— y a la familia del

almirante.

Hay, por último, en el libro una parte dedicada a la gestación del actual equipo ministerial. Para mi es la

de menos interés y valor. Pero quizá para los aficionados al rumor, a las listas y a las quinielas tenga

algún dato digno de recogerse.

Y esto es el libro. ¿Es fácil o difícil hacer un reportaje con el verismo y la agilidad del que tratamos? Soy

de los que creen con toda sinceridad que es tremendamente difícil. Ese es su mérito y el colaborar a hacer

historia. Estoy seguro del éxito editorial. Pero pienso que a Bardavío le importa más haber ascendido no

pocos peldaños en la difícil escalera de la profesionalidad periodística.

J. M. R. G.

(Dibujo de CAÑIZARES)

 

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