Autor: Cardín, Alberto. 
 Jiménez Losantos. 
 Lodos de España  :   
 El libro de la semana. 
 Diario 16.    28/05/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Numero 28. 28 de mayo de 1981

Coordinador: Ignacio Amestoy Eguiguren

EL LIBRO DE LA SEMANA

JIMENEZ LOSANTOS

LODOS DE ESPAÑA

El reciente atentado sufrido por Federico Jiménez Losantos en Barcelona vuelve a plantear una vez más

en esta cultura lo de los lodos y las tempestades, proverbialmente sembrados por polvos y vientos

anteriores. Es éste un recordatorio.

« En la España desencuadernada de hoy, la historia, medio siglo atrás, está oficiosamente sujeta a un

pacto de silencio. De él nacerá el olvido. Parece vano encresparse contra sus razones, que son poderosas,

por más que no parezcan razonables. Ya pueden los editores empeñarse en difundir las minucias de tal

conspiración fallida o es otra forma ministerial truncada desde el marqués de Estella a Casares Quiroga, o

contarle los pasos a Negrín o a Santiago Alba. Poco hará el que se levante el recuerdo de los muertos que

nunca conocieron los más de los que están vivos. El olvido pactado con solemnidad no se recordará a

cada paso." (En la página 132 de «Lo que queda de España»)

Por Alberto Cardin

LA polémica suscitada en torno al libro de Federico Jiménez Losantos, hace ahora cusi tres años, señala,

si no el destino normal, sí al menos ei destino ideal de los libros de tesis en España. La guinda de nueve

milímetros con que la polémica se remató en su propia persona expresa de la mejor manera posible lo que

ocurre, no ya cuando la violencia suplanta los argumentos, sino cuando las ideas fijas sustituyen a la

lectura atenta: entre quitar la razón al adversario, negandose a conocer sus razcnes, y taparle la boca de un

tiro para eliminar, con las razones, la persona, la diferencia que va es casi nula. Por sabio que sea el

acervo popular, por prudente que resulte resumir la experiencia en una máxima, según decía la duquesa

defendiendo a Sancho, no siempre la verdad del proverbio lo es en todas sus partes: En España, lodos y

tempestades son la constante, lo que nunca se sabe muy bien es ni cuando se sembraron los vientos ni

cuando se aventaron los polvos: seis meses antes de la aparición del libro de Jiménez Losantos había ya

formado un dossier polémico, del que una parte sustanciosa pasó a integrarse en el libro mismo, cuando

del conjunto lo único conocido eran las discusiones del editor y el autor sobre el contenido del tal libro y

dos artículos, uno previo al con junto ganador del primer premio de ensayo Viejo Topo- y, otro, el más

polémico —«El destino cultural de la emigración en Cataluña»—, publicado en el «El País», guando este

periódico no se había planteado aún su extensión a Cataluña.

Decía Pérez de la Dehesa, introduciendo uno de los tomos de las «Obras completas» de Unamuno, que en

España, puesto que los libros ni se leen ni se compran, los escritores se ven obligados a resumirlos en

artículos, para dar publicidad a sus tesis y sacarles un poco de jugo.

El libro de Jiménez Losantos ha logrado rizar en esto la constumbre: su libro, formado todo él de artículos

—previos los unos, escritos otros al aire de la polémica-, fue sentando forma al abrigo de lo que del libro

ignoto se decía, y cuando al fin apareció, el conjunto poco tenía ya que leer, pasando de inmediato a

convertirse en simple enseña.

De entonces a acá, la enseña, siguiendo el destino equívoco de los signos, ha pasado por varios avatares y

la conciencia misma de su autor ha sufrido ciertas mutaciones.

Más que el libro en si mismo —cuya actual relectura requeriría casi de un desbroce hermenéutico—

sería interesante releer las cosas que sobre él se dijeron sin haberlo leído: sus primeros valedores, los

jerifaltes de «El País», abominaron de él al poco, ante las constantes tentaciones de la Generalidad; su

presentador, Umbral, asustado por el anatema catalán, renegó de su favor primero, y, para colmar el inri

de la incomprensión, defensores y detractores (La Cierva, desde «ABC»; Savater, desde «Garante

aguarda», bajo las especies de «Los retales»), coincidieron en juzgar al libro de «unamuniano», cuando

éste, si por un lado sorbía los vientos, y aún en contra del deseo mismo de su autor, era del lado de

Ortega.

Hay en España tres posibles destinos del escritor que llega a la masa lectora: la de aquél cuyos textos no

interesan, e intentan leerse luego, cuando por otros caminos el escritor ha llegado a la cima (sería el caso

de Azaña); el del autor cuyos textos se acopian, pero no se leen, porque interesan sobre todo sus gestos (y

de éstos sería Unamuno el paradigmal, y el escritor procer, cuyos textos se leen en la medida en que

coinciden con sus proclamas políticas. En este último destino, a pesar del consciente amor de Jiménez

Losantos por Azaña, Ortega sería su efigie modélica.

En volandas de su libro, Jiménez Losantos intentó pocos meses después una aventura política, de la que

salió tan escaldado como Ortega de sus dos plataformas cívicas. Los lodos de España abren ahora ante él,

con un libro-enseña a sus espaldas y un tiro gratuito en la pantorrilla, un futuro de figura procer de la

política literaturizada. Y es que en esta culture, la alternativa se plantea siempre entre este equívoco y las

tinieblas exteriores, tan poco buscadas como el destino opuesto.

 

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