Autor: Ortí Bordás, José Miguel. 
   Somos una nación     
 
 Ya.    02/07/1981.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

2-VII-1981

nacional

Somos una nación

DUELE decirlo, mas otro remedio no queda. España comienza a pagar un doro precio por la funesta

ambigüedad que presidió la elaboración consensuada de la Constitución. La introducción en el texto

constitucional del término «nacionalidades», en el momento mismo en que un hombre tan lúcido y

moderado como Julián Marías vislumbraba el riesgo de un juego de nacionalismos generalizados puede

terminar convirtiendo en problemática nuestra convivencia como pueblo y nuestra existencia como

nación. La exteriorización de particularismo —particularismo es la creencia de que no tenemos por qué

contar con los demás— recientemente producida en Barcelona, así parece indicarlo.

Reafirmar la identidad cultural, lingüística e institucional de Cataluña es legítimo y hasta plausible, pero

proclamar la existencia de una nación distinta de la española entra de lleno en el terreno de la más

flagrante ilicitud. El sentimiento autonómico de los catalanes, que todos cordialmente compartimos, no se

corresponde en absoluto con la exhibición de banderas de un pretendido y fantasmagórico estado catalán.

La democracia no tiene nada que ver con la disgregación. En suma, Cataluña es una cosa y el

nacionalismo catalán otra muy distinta.

Lo primero que hay que hacer ante tanta alucinación y tanta ineptitud, producto de quienes, por no tener

ni hacer ninguna política, alimentan el antiespañolismo para cubrir con él la evidencia de su propio

fracaso, es establecer una clara línea divisoria, una diferenciación exacta, entre sus protagonistas y

Cataluña. Aquéllos asumen la responsabilidad de estar impidiendo con sus excesos la consolidación

efectiva de las libertades y de la democracia en España, de pretender desnaturalizar progresivamente el

sistema de autonomías que con tanto, esfuerzo se está vertebrando y de enturbiar a gran velocidad el

porvenir colectivo de los españoles. Cataluña, sin embargo, no es culpable. En absoluto y de nada. Si

acaso, es la víctima principal de quienes, habiendo concurrido a sus elecciones con la imagen de querer

resolver sus problemas reales, se dedican ahora a suscitar cuestiones perfectamente artificiales y divisivas.

Nada hay en política más deshonesto y peligroso que el doble juego. No se puede aceptar la financiación

electoral de la burguesía madrileña para inmediatamente después destapar la caja de los truenos de un

anticentralismo permanente, radical y sectario. No se puede mostrar intranquilidad por el futuro de la

democracia en medio de una noche histórica para, una vez asegurada ésta, atacar impunemente a la

Constitución sobre la que esa misma democracia se apoya. No, no se puede ser españolista el Día de las

Fuerzas Armadas y separatista el día de San Juan.

Sean cuales fueren las últimas previsiones legales al respecto, contra la Constitución no atentan

únicamente el terrorismo y el golpismo. Atentan también los que se niegan a reconocer la realidad

histórica, política y social de la nación española; quienes trabajan políticamente desde la disidencia por

romper su unidad indisoluble y cuántos, saltando por encima del realismo de Tarradellas, pretenden

emular los planteamientos utópicos y el aventurerismo visceral y tartarinesco de Companys.

Del lamentable espectáculo del Nou Camp sólo ha estado ausente el centrisme catalán. Ha sido su mayor

éxito. Por contra, una presencia debe entristecernos especialmente a los españoles: la de un PSOE ajeno a

sus responsabilidades de primer partido de la oposición, con una visión estrictamente monocular de la

realidad española y esclavo de su medular reblandecimiento ante las tensiones nacionalistas. Siguen los

socialistas, en este sentido, el mismo desviado camino que, para su desgracia, recorrió la República al

dedicarse «a complacer, contestar, apaciguar o frenar a ios grupos que lanzaban sus deseos o caprichos,

sus intereses particulares, sus manías u obsesiones históricas». Esta errónea política de complacencia ya

ha logrado situar al PSOE en una posición casi residual en el País Vasco y puede aproximarle a límites

puramente testimoniales en Cataluña a poco que insista en su grave equivocación. Porque quienes

fomentan o cooperan con los nacionalismos suelen acabar pereciendo en sus manos.

Ortega quiso reanimar a la República y no pudo. El actual Gobierno tiene que tener presente, pese a todo,

su pensamiento: cuando se construye un nuevo Estado, como es nuestro caso, no basta con la ardua tarea

de gobernar, pues hay que instaurar, además, el sentido nacional de la democracia. Conseguir, en

definitiva, que cuando se diga «somos una nación todos sepamos exactamente de qué se trata, todos

compartamos idéntico sentimiento y todos nos consideremos parte del mismo conjunto indivisible y

prometedor.

José Miguel ORTI BORDAS

 

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