Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   Cataluña (II)     
 
 ABC.    05/07/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 2. 

Pequeños relatos, Cataluña (II)

En mi larga conversación con Jordi Pujol había un término que flotaba en el ambiente como una mosca

inevitable: la «provincia». Desde 1833 databa la división territorial española que sobrevive. Los Iiberales,

los progresistas, los republicanos y, finalmente, hasta Maura, añadían otra, y que era la región, Finalmente

aquel proyecto federal de Pi y Maragall, en la Primera República, dividía a España en Estados. La

Constitución actual de 1978 mantiene el Municipio, la Diputación, y establece la Comunidad autónoma.

Todo ello quiere decir que establece todo el pasado y hasta Sas ansias de corregir el pasado. Pero esto es

un tremendo barullo. Viven las tres cosas: el Municipio, la provincia y fa región. El Estado se ve obligado

a inventar la palabra más polémica de todas: la de armonización. ¿Y por qué? Porque hacer convivir, con

fueros diferentes, las tres cosas, es dificilísimo; pero si además se ha dispuesto, a efectos de Comunidades

autónomas, «que para todos café», entonces ya la armonización es ana obra de arte a cargo de imagineros

sorprendentes. La tradición poli-tica es que las dos grandes personalidades para el autogobierno eran

Cataluña y el País Vasco, y lejanamente Galicia. Pero nos íbamos al federalismo general por contagio, por

temor, por orgullo, por la resurrección imparable del caciquismo regional. Cuando Tarradellas se -hizo

cargo de la Generalidad allí no había una perra y la Diputación tenía doce mil millones. Comenzarían a

llegar los cometí-, dos o las transferencias del Estado, pero la Diputación tenía también las suyas. Jordi

Pujol, cuando menos, aspira a una cosa lógica desde su mentalidad de nación catalana, y que es vaciar las

Diputaciones. Que se mueran de pie. En realidad, una Comunidad autónoma que tiene Gobierno y

Parlamento, necesita la dirección y coordinación de todos los asuntos regionales, excepto los que

aparecen como competencia del Estado. Tal como está escrita la Constitución, con o sin Enterría, nunca

se agotará ni la discusión, ni los litigios, entre Comunidades autónomas y el Gobierno de toda la nación

española. Está mal hecho el título octavo de la Constitución; es el resultado de mezclar tradición y

renovación, anacronismo y vanguardia que nunca arreglan las cosas. Seamos claros: la Generalidad de

Cataluña, con su Gobierno y su Parlamento; quiere gobernar su región o su nacionalidad de manera

centralista, porque la descentralización gravosa ya ha te nido lugar con el Estado de las autonomías El

Estado unitario y napoleónico fue barrido en 1978. A mí esto no me parece ningún disparate si alguien

hubiera fabricado el Estado de la nación española y que en la Constitución de 1978 aparece solamente en,

estado gaseoso. En aquel palacio de la Generalitat yo oía esto: «En España hay algunas entidades

nacionales indiscutibles que son Catalunya, Euskadí y Galicia, Son comunidades nacionales vivas

conscientes y operativas, con un patrimonio lingüístico y cultural, de tradición histórica y de mentalidad.

Necesitan un poder colectivo que sea la expresión política de su realidad nacional». Sin tradición

considerable todos aspiran a esto, y ahora mismo, en España. El zafarrancho está armado.

Los conflictos son permanentes: de lengua —puesto que Cataluña es bilingüe—, económicos, sociales y

hasta institucionales. La Lliga abrió el metón contemporáneo en los comienzos de siglo. Nuestras

políticos se llenaban la boca de la palabra región, pero ninguno de ellos lo relacionaba con una exigencia

previa, y que era la de averiguar cómo tenía que ser el «Estado de las regiones». En este vacío estamos, y

ahí están todos los días alrededor de mesas sucesivas unos y otros pidiéndose y negándose, obteniendo y

regateando, en un trueque permanente, porque no se ha dicho claramente lo que era una región con

autogobierno; y lo que era la Nación española y el Estado; y cuando se ha apuntado algo de esto se ha

hecho de manera contradictoria para quitarse muertos de encima. Jordi Pujol corona toda esa tradición de

Cataluña en el Estado español, que no es la de España haciendo concesiones a los catatanes. Es otra cosa.

«No se corresponde —oigo en Madrid— el modelo económico y social que se dice defender, con un

intervencionismo administrativo que únicamente tiene su justificación en una pretendida y exagerada

fuerza de la nueva Administración.» ¡Pues claro! Cataluña aparece en la Constitución como una

nacionalidad. No se puede decir «herrar o quitar el banco». Pero, ¿dónde está, el Estado para que nos

extraña que Cataluña pida la Luna? Empecemos, por hacer el orden ole los astros en ese universo llamado

España.—Emilio ROMERO,

 

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