Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   Cataluña (y III)     
 
 ABC.    07/07/1981.  Páginas: 2. Párrafos: 3. 

Cataluña (y III)

A Josep Tarradeiias le conocí siendo presidente de ia Generalidad y me sorprendió mucho y

favorablemente. Le venía muy bien la edad, que es la experiencia, y el largo exilio en Francia.

No son dos cosas buenas, pero políticamente resultan muy útiles. Luego nos vimos largamente

en aquel célebre viaje suyo a Madrid, que le resultaría preocupante y decepcionante.

Tarradellas era una de las buenas cabezas de la transición. Por eso cuando preparé mi viaje a

Barcelona figuraba ia visita a Tarradellas, Afortunadamente, tiene sus ochenta y dos años

congelados. Podría haber sido el Adenauer catalán, sin que pasara nada. La diferencia entre

este hombre y los que hoy gobiernan Cataluña es un problema de métodos. Tarradellas es

partidario de la vaselina en,sus relaciones con Madrid, y excluye la violencia, la intimidación y la

demagogia. Y, simultáneamente, tiene una preocupación prioritaria a lo catatán, y que es la

seguridad del Estado español y del sistema político democrático. Si esto fallara —viene a

decir— lo catalán estaría en ese despeñadero. Por eso cuando venía a Madrid, y le

preguntaban por la autonomía de Cataluña, les respondía que le hablaran sobre la situación de

aquellas dos cosas, porque lo catalán siempre, iría bien como consecuencia de que todo fuera

bien. Y como entonces nadie le tranquilizaba en Madrid, regresaba intranquilo a Cataluña. A lo

largo de todo un año ha ejercido el género epistolar, preferentemente con estas tres

personalidades: con el Rey, con el presidente del Parlamento catalán y con el director del

periódico «La Vanguardia» de Barcelona. Esta última carta se publicó y armó un gran revuelo.

Era la actitud disconforme de Tarradellas con el modo de llevar sus relaciones con Madrid las

nuevas autoridades de Cataluña. Jordi Pujol es más joven, su catalanismo se ha hecho en fa

etapa histórica entre Companys y Tarradellas en el exilio, es más impaciente, y tiene toda la

irritación de los fervores que aparecen en la masa de la sangre. Tarradeílas tenía ya

protagonismo en el Estatuto del 32, vio la guerra civil, sobrevivió al largo exilio en Francia, y el

regreso tenía todo el objetivo de la integración. En una de sus cartas decía: «Nuestro país es

demasiado pequeño para despreciar a ninguno de sus hijos, y lo bastante grande para que

quepamos todos.»

En esta visita mía en su casa de Barcelona le noté una preocupación principal, y que era el

tema militar. Lamentaba las difíciles relaciones actuales entre Cataluña y Madrid, pero las

relegaba. Seguía instalada en su cabeza la preocupación por el modo de llevar Madrid la

política general de la nación. Un factor principal, a su juicio, era el erróneo comportamiento con

las Fuerzas Armadas, que era ya un tema antiguo. A Tarradeílas lo recibieron de uñas los

militares, y se los ganó muy pronto. No se trataba de disminuirse delante de los militares —

porque esto habría sido inaceptable—, sino la de no tener con ellos el tratamiento de la

vigilancia, de la selectividad política, y del temor. Tarradellas tiene preocupación por el juicio de

fos inculpados del 23 de febrero, y en general por cierto acoso dialéctico a las Fuerzas

Armadas, que tienen a su favor el acto de obediencia al Rey en el suceso de la restauración de

la democracia. Tarradellas siente un gran respeto por el Rey. Es un político que ve los riesgos y

se hace esta composición de lugar: Para evitar el golpe militar lo inteligente es hacer la

maniobra de «un golpe de timón». En mi camino de regreso meditaba sobre todo esto: «¡Qué

error, qué inmenso error» que nuestros políticos de la nouvelle vague hayan sabido tan poco de

descentralización del Estado —que esa es la madre del cordero— y no elegir como pieza

maestra del nuevo Estado la región. Todo habría sido muy fácil. Las regiones son éstas. Los

cometidos están ahí. Y el Estado de todos, España, tiene estas competencias ineludibles. Pero

se armaron un barullo con siglo y medio de pendencias, y de exhibición de tradiciones y de

novedades, y queriendo contentar a todos resulta que no están contentando a nadie. No tengo

ninguna fe «de andar todos juntos por la senda de la Constitución». Esa senda, en lo que se

refiere a la imagen def nuevo Estado, está obstruida, y demás no va a ninguna parte.—Emilio

ROMERO.

 

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