Autor: Jiménez Losantos, Federico. 
   Carta abierta a Joan Fuster     
 
 Diario 16.    30/09/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 18. 

Diario 16/30-septiembre-81

FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS Escritor

Carta abierta a Joan Fuster

Jiménez Losantos, un castellanoparlante en Cataluña, escribe esta carta abierta a un catalanista

valenciano, Joan Fuster, cuyas discrepancias ideológicas respecto a la política lingüística son bastante

manifiestas. Les une a ambos el hecho de que han sufrido sendos atentados terroristas.

He sabido por la prensa, señor Fuster, del atentado sufrido, creo que por segunda vez, en su domicilio,

parece que como represalia por las acciones de otro grupo terrorista, Terra Lliure, justamente el que hace

pocos meses me secuestró y tiroteó por un delito parejo al suyo: opinar libremente acerca de la lengua, la

cultura y la política.

No soy exactamente un entusiasta de sus posiciones ni tampoco le supongo fascinado por las mías.

Tampoco vamos a discutirlas. Yo he afirmado en su momento lo que creía o quería, tal y como usted

viene haciendo hace años. A mí me han pegado un tiro, pero no me han dado razones para cambiar de

ideas. Y estoy seguro de que usted, contemplando los destrozos en su biblioteca, tampoco habrá

encontrado materia suficiente que tuerza su opinión.

Hay, sin embargo, un hecho que, añadido a lo que he ido reflexionando en este tiempo, me ha puesto en la

íntima obligación de dirigirle esta carta. Y es ese movimiento de adhesiones hacia su obra o significación

política, en el que, junto a personas de buena voluntad que en su día se hicieron igualmente solidarios

conmigo, me ha parecido advertir un cierto alineamiento o atrincheramiento político-cultural que me ha

recordado las mismas adhesiones que de modo incondicional se me hicieron, así como la sensación de

agrupamiento belicoso e impermeable para los que se supone están del otro lado.

En bandera

Yo creo que, pasado el momento del enojo y la rabia, a cualquier persona con un cierto sentido de la

estética tiene que atragantársele el verse convertido en bandera de unos contra otros.

Y sobre ese desasosiego estético, que entre hombres de letras ha de invocarse en primer lugar, quiero

llamar su atención sobre la responsabilidad política que indudablemente cae encima del que se ve

convertido en símbolo de una lucha. Y que, flanqueado por sus incondicionales, movilizando un sector de

opinión, inevitablemente actúa como legitimador directo o indirecto de las acciones criminales de otros

grupos que añaden a las ideas que les faltan el salvajismo que les sobra.

Me preocupa en extremo esa legitimación silenciosa de los intelectuales hacia las acciones terroristas que

no afectan a su grupo, sino al de ideología contraria. Y espero que comparta conmigo el sentimiento

amargo de ver cómo lo que en torno nuestro o con excusa nuestra se produce es ese atrincheramiento

progresivo de dos bandos que, desgraciadamente, no son sólo de opinión.

Intelectuales

Hay quien cree que los intelectuales somos obviamente y por necesidad demócratas. Me temo que

estamos lejos de obrar con el valor que la situación de nuestra democracia exigiría. Más aún, creo que

tanto en Cataluña como en Valencia empieza a suceder, como en otras partes de España, donde se ha

llegado a asumir o interiorizar el terrorismo como una lotería negra de la opinión, un impuesto de balas y

metralla que no resulta absolutamente intolerable cobrado sobre opiniones ajenas.

Yo sé que usted mejor que nadie entenderá que, tras de haber recibido la visita del plomo o la dinamita, lo

último que pretende uno es insistir en ese triste protagonismo impuesto. Pero no creo que se pueda asistir

impunemente al espectáculo de manifestaciones que vitorean a héroes tales como los que me dispararon o

que reclaman para usted otra suerte macabra.

No tengo la menor intención de volver a vivir en Cataluña ni de darle más vueltas a lo que me ha costado

ya demasiado caro. Pero seguramente está usted más al tanto que yo de la crispación política de fondo que

se advierte en algunas facciones catalanistas y de las tenebrosas contrapartidas que desde otros

extremismos inevitablemente se producirán.

A la vista de la peligrosa situación y en este momento aún de incierta calma, acaso resulte obligado que

los que hemos pagado con el miedo o la sangre la fidelidad a campos distintos que no deben ser

irreconciliables, hagamos lo posible por evitar que cualquier jovenzuelo o vampiro anciano crea servir

alguna gran idea liquidando a los que tienen otras.

Quizá pudiéramos llegar a lo que es más que un acuerdo de política lingüística: a la decisión conjunta de

desautorizar públicamente, precisamente en nombre de nuestras diversas convicciones ideológicas y

culturales, a cualquier persona o grupo que invocando el nombre de Cataluña, de Valencia o de España, o

de la cultura en castellano o en catalán, atente contra las personas o bienes de nadie. Y que nadie se atreva

a escudarse en las violencias que hemos sufrido para cometer otras.

No sé si con este espíritu de rechazo al rencor podríamos llegar a algún acuerdo sobre el respeto a la

libertad y a la igualdad lingüísticas. Acaso esté usted mejor dispuesto que yo para abordar esta

complicada cuestión que algunos intentan zanjar por la tremenda.

Lo que sí me parece importante es la afirmación conjunta de que a nadie y bajo ningún concepto, ni en

Barcelona como a mí ni en Valencia como a usted, se le quiera hacer pagar con sangre su pensamiento. Y

que la palabra, en la lengua que sea, es la única arma legítima de toda cultura, construida en la discusión

libre, que es la forma más respetuosa del diálogo.

Acaso no juzgue usted oportuno responder a esta carta. En cualquier caso, puede estar seguro de que no

hay tras ella otra cosa que la reflexión en conciencia sobre una situación que, por habernos afectado de

forma paralela, tal vez pudiéramos, sacando algún fruto de nuestra triste legitimidad, contribuir a evitar

para otros.

Sea cual sea su actitud, reciba usted mis respetos.

 

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