Autor: Porcel, Baltasar. 
   Cataluña, Madrid, Castilla...     
 
 ABC.    27/11/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

Cataluña, Madrid, Castilla...

Por Baltasar PORCEL

El presidente de la Generalidad de Cataluña está viajando por Castilla. Bien. En verdad, muy bien. Una de

las quejas catalanas tradicionales es la de lo poco que realmente se nos conoce, y que por lo misma no se

nos comprende más- allá de cuatro tópicos, y aun con frecuencia interesadamente deformados. Lo cual

suele ser cierto.

Pero no lo es menos que para el común de Cataluña, que se autodefine como consciente y concienciada,

Castilla y lo castellano —y en ocasiones lo español...— equivale a algo situado en las antípodas,

desconocido sobre el terreno y —con alguna excepción, como la del periodista Gaziel— de lo cual se

tiene una idea no sólo convencional, sino incluso el siglo XVI o XVII.

Otra queja catalana es la cultural. Eterna y trágica cuestión: fuera de Cataluña —incluidos los polémicos y

problemáticos «países catalanes»— apenas interesa la cultura producida en lengua catalana. De nuevo, el

hecho es desgraciadamente cierto. Pero si observamos los catálogos editoriales en catalán,

comprobaremos cómo las traducciones extranjeras provienen del inglés, del francés, del alemán, del

italiano... Casi sólo por casualidad hallaremos un libro vertido del provenzal o del holandés, es decir, de

otras lenguas minoritarias. En definitiva, hacemos como todo el mundo, sólo que nos quejamos como si

de una terrible conspiración se tratara cuando se nos aplica a nosotros el mismo rasero.

Escojamos otro ejemplo. Madrid. Siendo tan enorme como es el contacto Barcelona-Madrid, en Cataluña

la auténtica realidad de la capital española es difícilmente entendida. Por lo común, se la tiene por una

ciudad aislada, charlatana, ignorante y engreída. Lo cual, en tiempos de la II República o en 1960, podría

ser exacto. Pero hoy, en esta villa, con sus acaso cuatro millones de habitantes, todo es completa-mente

distinto.

En primer lugar, el factor de que la inmensa mayoría de madrileños no son nacidos en la ciudad, sino que

provienen de toda España, Cataluña incluida, se ha convertido ya en esencial. Y sí ello puede hacer de

Madrid una comunidad desarraigada, como suele objetársele, también la ha transformado en un

formidable punto de convergencia pluriespañol, en una realidad y una conciencia españolas

globalizadoras. El individuo que ha llegado a Madrid desde cualquier punto de España, lo hace con una

visión personal y se lanza a la búsqueda del triunfo sin trabas localistas ningunas, sino sólo atento a la

eficacia. Madrid, tierra de nadie, y por tanto de todo el mundo. «La verbena de la Paloma» ya pasó a la

historia..., menos para Cataluña, que demasiado a menudo cree que la representación continúa.

Ha contribuido a ello, como decía, el brutal crecimiento de la ciudad. Alguna vez he escrito que la obra a

largo plazo más importante del general Franco habrá sido la creación del gran Madrid —por muy absurdo

que sea urbanísticamente, porque, ¿no lo son todas las megápolis?—. Gigantismo que ha coincidido con

la formidable expansión de la información y de las comunicaciones: Madrid ya no está aislado, sino que,

además, a mayor volumen, más es lo que recibe y emite. Lo cual ha facilitado sobremanera que, al fin, se

vaya convirtiendo también en la capital europea, en su cabeza de puente económica y cultural, del

continente americano hispanoparlante.

Únicamente desde esta perspectiva puede entenderse que, precisamente con la democracia y las

autonomías, Madrid haya dado un gran salto adelante en vitalidad, en influencia, en irradiación, mientras

la misma Barcelona, antes su competidora —para no decir ganadora...—, ha quedado retrasada,

paliducha. Cuando, en teoría, ese centralismo representado por Madrid tenía que haberse visto

desmoronado, en rigor se ha afianzado en la práctica, más allá o más acá de los Estatutos autonómicos.

Incluso la Generalidad de Cataluña ha caído en errores de bulto al continuar encajando Madrid y hasta

España entera en esquemas periclitados. Alimentándose el catalanismo político en parte de la más firme

resistencia antifranquista, uno de cuyos elementos fue la idealización de la República, no es nada extraño

que en el momento de plantear su situación y proyectos lo haga retrocediendo parcialmente en el tiempo y

en las circunstancias. Así, por una serie de razones que componían una determinada casuística, el pasado

12 de octubre en Cataluña no era fiesta. Casuística que apenas disimulaba una intención: llevar a cabo una

política de Estado, diferenciadora, por parte de la Generalidad —¡ojo los ultras y los mentalmente

deprimidos: no estoy hablando, en absoluto, de separatismos!

Esto, hace cuarenta o sesenta años, hubiera alcanzado su finalidad. Pero resulta que este 12 de octubre, la

televisión dio cinco o no sé cuántas horas de Hispanidad, en las que aparecían desde el Rey a la gran

fiesta que se celebró en Nueva York. O sea, que en todos los hogares de Cataluña hubo incluso más

participación en la Hispanidad que si se hubiera declarado día festivo, ya que entonces mucha gente se

habría ido por ahí, no permaneciendo andada en su residencia y horarios habituales, Gesto el de suprimir

el 12 de octubre, pues, inútil, a no ser para alimentar recelos anticatalanistas incluso en la misma

Cataluña.

Con un agravante: en el último momento, la Generalidad celebró actos oficiales, aunque discretos, ante el

monumento a Colón y en algún otro sitio. La marcha atrás, la ambigüedad, la confusión... ¿Es que no se

sabía antes que el Estado, que los militares, que una parte considerable de la opinión pública iban a

levantarse en contra de la Generalidad, que ésta, objetivamente, tiene menos peso que todo aquello? Ya

había habido el tira y afloja de una bandera catalana en un escenario de París, en otro pueril intento de

«política de Estado» —¿cuántos actos de bretones, de australianos, de quién sea, hay cada día en la

capital francesa?—, que tuvo que ser «pagado» cuando el Día de las Fuerzas Armadas, en Barcelona, con

un aparatoso intercambió de banderas entre el presidente de la Generalidad y él capitán general. Acto

«anormal», precisamente por no haber actuado antes con «normalidad», mejor dicho, con una adecuación

a la realidad y habiendo compuesto una imagen de ésta de acuerdo con un conocimiento directo y sin

prejuicios de los factores que la integran.

Por algo será que, en contra de todos los pronósticos, la efervescencia catalanista registrada cuando la

muerte del general Franco, cuando las manifestaciones de los primeros 11 de septiembre ya en

democracia, cuando el retorno de Josep Tarradellas, han ido apaciguándose. Cataluña es la misma, nada

de su esencia ha cambiado. Pero existen planteamientos del catalanismo que, procedentes de otra época,

no concuerdan con la realidad ni catalana ni española actuales, desplazando así del proceso vivo incluso a

mucho de lo que tradicionalmente entendemos por la Cataluña substancial.

En Mallorca, desde hace unos años, un reducido grupo de entusiastas de una determinada concepción del

patriotismo local, conmemoran la pérdida de la guerra de Sucesión ante Felipe V y, con ella, de libertades

y particularismos institucionales del antiguo reino mallorquín. Conmemoración, me apresuro a decir,

«resistente»: queman simbólicamente el decreto de Nueva Planta.

A uno de los habituales de la ceremonia le comenté: «Es excelente esto. Pero si rechazáis y

justificadamente el uniformismo impuesto por el primer Borbón, supongo que en buena lógica deberíais

celebrar al mismo tiempo la autonomía que se nos devuelve con el actual Borbón.» Tenso por la ira,

contestó el nombre: «¡No, nunca!» Y tenía razón: hay gente para la cual la Patria, la Historia, incluso la

sociedad y la cultura, no son los hombres en el tiempo, sino un mausoleo hundido en el polvo del pasado.

Pero con esta anécdota no quiero juzgar la política ni la ideología de la Generalidad de Cataluña. ¡Por

Dios! Lo que pasa es que a veces las caricaturas nos ayudan a conocer mejor los originales. Cataluña es

un hecho tan importante y en tantos órdenes, que bien merece un debate en profundidad, al margen de

tópicos acaso cómodos por su idealismo escapista, pero nefastos cara a la construcción de nuestra realidad

colectiva. Este viaje del presidente de la Generalidad por Castilla puede constituir una pieza fundamental

en relación con la urgente dinámica, la necesaria solidez, del futuro.

 

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