Autor: Porcel, Baltasar. 
   Intelectuales castellanos y catalanes     
 
 ABC.    02/01/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

Intelectuales castellanos y catalanes

Por Baltasar PORCEL

DIALOGAR es, obviamente, imprescindible. Al menos para no pelear. De ahí que el reciente encuentro,

celebrado en Sitges, entre intelectuales castellanos y catalanes para tratar la siempre chirriante relación

entre ambas culturas, merezca todos los elogios. Los nombres, para citar una simple muestra, de

Aranguren, Lázaro Carreter, Ignacio Sotelo, Tovar, Delibes, Elias Díaz, Maravall, Jiménez Lozano,

Miquel Batliori, Guillermo Díaz Plaja, Joaquim Molas, Barral, Castellet, Ig-naci Riera, Montserrat Roig o

Joan Fuster, dan una idea de la alta identidad de los participantes. Que fuimos convocados por Jordi

Maragall en nombre de la Generalidad de Cataluña. El presidente Pujol, en un explícito afán de potenciar

el hecho, abrió y cerró las sesiones.

¿Puedo ahora explicar, a partir de aquí, que todo junto me pareció penoso y decepcionante? Por parte

catalana se desgranaron en general, una vez más, los agravios históricos acumulados, como si este

querido y pequeño país nuestro sólo se propusiera, en cultura y con frecuencia en política, conseguir una

satisfacción psicológica, curar las frustraciones atávicas, siendo a la vez insensible a los proyectos de

futuro partiendo de la fecha y de la realidad en que nos encontramos. Por parte castellana se expresaron

cordiales sentimientos, seguramente tan sinceros como retóricos. Hubo luego quienes se deleitaron en su

autobiografía, naturalmente antifranquista. París era, pese al hambre, una fiesta para Hemingway...

Pero las cosas tienen, a la par, caras diversas, y estoy siendo injusto con algunas personas, con una serie

de aportaciones, con actitudes que confirieron al encuentro sus momentos de indudable valor. Sin

embargo, lo que falló, insisto, fue el conjunto o los materiales que mayoritariamente dieron su definitiva

dimensión a las sesiones. Por ejemplo, ¿se pueden limitar las relaciones intelectuales Cataluña-resto de

España desde 1939 a 1957 a un rosario de loable reuniones clandestinas, unas docenas de manifiestos y la

acción de algún grupo editorial, olvidando prácticamente los premios Nadal y Planeta, catalán por los

cuatro costados el primero y potenciado desde Barcelona el segundo, y que levantaron de la nada la

novelística española de posguerra y la convirtieron en un «best-seller»?. Esto podrá gustar o no, pero es

una parte, y capital, de la intercorrelación Cataluña-España y de unas determinadas circunstancias

históricas. Y José Mallorquí, barcelonés, con «El Coyote» creó el gran mito de la literatura popular

peninsular acaso de todos los tiempos... La cultura no acaba con las prohibiciones impuestas por la

dictadura del general Franco a la lengua catalana ni con los movimientos de oposición al régimen de

dicho señor.

En cuanto a los agravios catalanes son ciertos, pero deben ser matizados. Felipe V acabó con las leyes

propias de Cataluña y emprendió una campaña de genocidio idio-rhátíco, sin duda. Pero después de una

guerra civil, que Cataluña perdió. Cuidado. Un siglo más tarde, uno de los cerebros más claros y lúcidos

de la época, Karl von Clausewitz, escribió por ejemplo: «El objetivo de la guerra es la aniquilación del

adversario.» No se trata, pues, de justificar nada, pero sí de decir al pan, pan, y al vino, vino.

Además, ¿debemos sometemos con tanto fervor a la abrumadora inexorabilidad histórica? Quiero decir, si

pretendemos enderezar el futuro, ampliar el radio de acción, dinamizarnos al compás de las horas. Porque

de continuar considerando tan intensamente el pasado como elemento vivo de la actualidad nos

encontraremos con muy desagradables sorpresas, si es que metodológicamente somos honrados. Cito un

caso entre mil: fue el rey catalán Pedro el Ceremonioso quien tomó por las armas el Reino de Mallorca,

quien lo incorporó definitivamente a su corona, matando al legítimo monarca mallorquín. Y Cataluña

considera las Baleares como sus hermanas y, en el campo cultural, como un todo las islas y el Principado.

Invocar a los muertos puede resultar espantoso.

Por otra parte, a partir de un momento dado, ni siquiera la política al uso influyó decisivamente en la

valoración y conocimiento que los intelectuales castellanos, o usando el español como vehículo idioma-

tico exclusivo, hayan podido tener de la cultura en lengua catalana. Un tema no apareció en Sitges,

cuando, a mi modesto entender, es el decisivo: la cultura catalana es demográficamente minoritaria y se

halla englobada en un Estado o nación que, en su mayoría, es cabeza de puente y solar de nacimiento de

una de las lenguas y literaturas más importantes del planeta.

Alguna vez lo he remarcado: ¿acaso el catalán prestara una mínima atención a la cultura gallega o a la

vasca, y traduce sus libros? Ni siquiera a la portuguesa, holandesa o húngara, para no hablar de la árabe o

la china. Se preocupa y traduce del inglés, del francés, del alemán... De culturas mayoritarias y ricas,

olvidando las lejanas y las minoritarias, incluso las que tienen Estado propio. La ley del más fuerte

se aplica siempre, incluso inconscientemente. La cultura en castellano hará más o menos esfuerzos para

interesarse por la catalana, pero por el peso de unas leyes me atrevo a decir que universalmente —líos

intrahispánicos aparte— los resultados serán mínimos.

Universales, sí. En el Zaire, en la India, en China, en la URSS, en seis o siete de cada diez países de todo

el mundo, existen los mismos problemas que aquí. Enfocar nuestras diferencias y tensiones idiomáticas

desde una óptica puramente española es caer en un grave error. Equivale a crisparse y enfrentarse

bárbaramente. Hay que conocer y estudiar tos centenares de casos parejos al nuestro, y buscar las

soluciones de acuerdo a como lo hayan hecho quienes las han hallado.

En Sitges, los catalanes no trabajamos intentando construir un terreno de juego común, que era el que los

castellanos hubieran entendido —seguramente—. Al encontrarse ante nuestras quejas y resentimientos no

comprendían fundamentalmente ni por qué tenían que compartirlos ni, de hacerlo, qué se hacía con ello,

razones de afecto moral aparte.

¿Qué proyecto común?, puede preguntarse. Pero antes hay que analizar la realidad con toda la precisión

pragmática, metodológica y comparada que sea posible. Entonces podremos aproximarnos a unas

conclusiones convergentes. Las cuales, por otra parte, supongo que serán tan pretendidamente justicieras

como fatalmente desniveladas. Vuelvo a lo de problemas a escala planetaria, a la relación entre peso y

poder.

Y lo digo al margen de catalanismos y anticatalanismos. La descripción de un problema, sus

componentes, nada tienen que ver con lo que del mismo guste o disgute. Lo que debemos hacer es

salvarnos, y para conseguirlo es más necesaria la inteligencia que la lamentación, el rencor, el desprecio o

el olvido. Inteligencia y voluntad de inteligencia.

 

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