Autor: González Cabezas, Jose Ramón. 
   Socialistas de Cataluña: su turno     
 
 Pueblo.    25/05/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

5 de mayo de 1982 PUEBLO

DESDE EL "SENY"

Socialistas de Cataluña: Su turno

Desde la victorià de Jordi Pujol en las elecciones de marzo de 1980 al Parlamento de Cataluña, la

presencia de un gobierno minoritario y monocolor en la Generalidad ha influido poderosamente en los

restantes partidos catalanes, que han tratado de adecuar su programa y su oferta electoral a la evidencia de

la hegemonía de Convergencia, a veces con notable pirueta. Tal es el caso de Centristés-UCD, partido que

simultanea su apoyo al gabinete Pujol con una política de hostigamiento y desgaste permanente que

finalmente acaba por volverse contra sus propios autores, llamados al orden desde la cúpula de la UCD en

situaciones extremas.

Con todo, las huellas del mandato de Jordi Pujol son especialmente perceptibles en el ámbito de la

izquierda, que todavía no se explica del todo cómo un partido «burgués» se hizo limpia y

democráticamente con el liderazgo político en Cataluña, que hasta ayer mismo, como quien dice, había

monopolizado e impulsado durante la última época del franquismo y los primeros años de la transición.

Algo de esto subyace, por ejemplo, en las causas de la convulsión interna vivida por el PSUC el pasado

año y resuelta con la escisión de los pro soviéticos, quienes acusan a los euro-comunistas de Gutiérrez

Díaz de haber facilitado con su política pactista el encumbramiento de la derecha al poder en Cataluña y

en toda España.

La gestión de Convergencia en la Generalidad, que parece difícilmente reemplazable, a pesar de

mantenerse sobre una exigua mayoría de votos del electorado de Cataluña y ser objeto de duras críticas a

derecha e izquierda, dentro y fuera de Cataluña, ha pesado de manera muy especial sobre el Partit dels

Socialistes de Catalunya (PSC-PSOE), que el próximo fin de semana celebra en Barcelona su III congreso

ordinario. Como es sabido, los socialistas fueron los grandes derrotados en las elecciones catalanas, y a

sus errores de estrategia durante la campaña electoral hay que unir el no haber aceptado, tras las

elecciones, formar un gobierno de centro-izquierda en la Generalidad, mediante un pacto con el partido de

Jordi Pujol. Acaso por un exceso de celo mal entendido, al querer preservar íntegramente la identidad y

singularidad de su propio pro y e c t o político, el partido de Joan Raventós dejó el campo libre para que

Convergencia llevara adelante sin trabas el suyo propio, contando en última instancia con el beneplácito y

el apoyo de la UCD, con quien comparte criterios homólogos sobre el «modelo de sociedad». El

significado de la concertación autonómica suscrita pocos años después entre el Gobierno centrista y el

PSOE vendria a ilustrar a la postre las contradicciones y errores de los dos grandes partidos en relación

con la política autonómica.

En medios socialistas se admite que el rechazo a la oferta de Jordi Pujol de compartir responsabilidades

de gobierno en Cataluña fue un error de análisis. En efecto, esta estrategia política de corto plazo, fruto

del síndrome de la derrota electoral y pensada sobre la vana hipótesis de que Pujol no podría agotar en

minoría su mandato de cuatro años, se ha revelado con el paso del tiempo como escasamente inteligente.

Pujol sigue habitando el palacio de la plaza de San Jaime, de Barcelona, con aparente confianza en sí

mismo, sin siquiera contar con un pacto parlamentario estable con las minorías centrista y republicana,

que le dan apoyo puntual en la Cámara. Por si no fuera bastante, el líder de CDC parece ser el único

político catalán con auténtico carisma popular. Así las cosas, la única oportunidad de que los socialistas

catalanes puedan intervenir a medio plazo en la política de la Generalidad de una manera activa sólo

vendría determinada por una virtual victoria del PSOE en las próximas elecciones generales.

El III congreso del PSC-PSOE viene precedido por las lógicas tensiones internas entre los sectores

mayoritarios y minoritarios, que, en síntesis, y con las reservas propias de toda simplificación, equivalen a

los partidarios de Joan Raventós (los llamados «unitarios» u «obiolistas») y los que auspician su

sustitución por Ernest Lluch (autocalificados como «nueva mayoría» y también conocidos como

«obreristas»). Los orígenes de esta confrontación interna se remontan ya al II Congreso del partido,

celebrado en verano de 1980, donde la entonces reciente derrota electoral agudizó las escoceduras de la

fusión de la antigua, rama federal del PSOE con los nacionlistas del PSC.

A pesar de que incluso sus propios incondicionales admiten el fuerte desgaste de la imagen de Joan

Raventós, la continuidad del primer secretario del PSC-PSOE parece asegurada. Más por la inexistencia

de un candidato claro y aceptado mayoritariamente por la militància, que por la creencia firme de que el

dirigente socialista pueda revitalizar el partido y devolverle su fuerza de antaño. Raventós dispone de un

capital político del que su partido no puede prescindir, y todo da a entender que la fórmula de

«integración» propia de estos casos, dirigida a anteponer el fortalecimiento interno del partido a las luchas

personales por el poder, consistirá en reunir en torno al primer secretario una amplia ejecutiva en la que

tengan cabida todos los sectores o familias del partido, sin descuidar a la propia UGT.

«Tocados» en Cataluña por su vinculación a los pactos autonómicos entre la UCD y el PSOE,

fundamentalmente como consecuencia de la dura propaganda anti-LOAPA de Convergencia y otras

fuerzas nacionales, los socialistas son conscientes de que tras los resultados electorales de Andalucía, y

ante la convocatoria de elecciones anticipadas, ya no hay tiempo ni es prudente propiciar un revolcón en

la cúpula del partido, y es preciso sellar un compromiso de unidad. Consumado el regreso de Gutiérrez

Díaz y López Raimundo al PSUC, una vez depurado de sus bases dogmáticas, la reelección de Raventós y

la probable recomposición de fuerzas en la dirección ejecutiva del PSC-PSOE puede significar que la

izquierda catalana habrá curado sus profundas heridas electorales y se dispone a relanzar su papel político

en Cataluña.

J. Ramón GONZÁLEZ CABEZA

 

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