Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Carta abierta a la censura  :   
 De Máximo. Ediciones 99, 1974. 
 ABC.    14/03/1974.  Página: 61. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

A B C. JUEVES 14 DE MARZO DE 1974. EDICIÓN DE LA MAÑANA.

CARTA ABIERTA A LA CENSURA

De MÁXIMO

Ediciones 99. Madrid, 1974.

Por José María RUIZ GALLARDON

Con el desenfado a que nos tiene acostumbrados, con el bendito sentido del humor de que siempre hace

gala, este enigmático escritor que es Máximo nos ofrece ahora, reunidas en un volumen, dieciséis misivas

dirigidas a la censura, «desconocida en la cartería de Madrid».

Porque para empezar, Máximo sabe que la censura, doña censura, no existe. «Yo sé que usted no existe.

Al mismo tiempo que conozco, por amputaciones modestas en mis modestos impresos, de su

anticonceptiva o quirúrgica existencia. Yo sé que usted ha asumido también la revolución lingüística y

que es preciso acudir al diccionario de eufemismos para seguirle a usted los pasos. ¿Cómo se llama usted

ahora? ¿Consulta Voluntaria? ¿Depósito de Ejemplares? ¿Comisión Profiláctica? ¿Erradicación de

Imprudencias? ¿Salud Mental? ¿Institutriz del Pueblo?...» Pero lo que sí existen son sus efectos. Como

corolario instrumental de una sociedad censora. Y ésta ¡vaya si existe!, ¡vaya si la tenemos bien

arropadita!, ¡vaya si nos deshacemos en carantoñas con ella! Claro está que toda sociedad censora

comporta una serie de amputaciones. Bien directamente, bien a través «del silencio administrativo». Pero

amputaciones que llevan a cabo «los programas educativos, los cronistas de cámara, la ortodoxia

evolutiva y el dirigismo de la nostalgia».

Lo que si está muy claro para Máximo es que al igual que no cabe hablar de libertad, sino de libertades;

tampoco debe hacerse de censura, sino de censuras, porque por lo menos hay dos: la que es funesta para

mí cuando me prende en Sus redes y la que es beneficiosísima cuando suprime «a otros».

Ahora bien. ¿Cabe un mundo sin censura? Asi contesta el autor: «Yo me situaré en el «córner» contrario

para tímidamente decir que un mundo sin censura sería difícilmente soportable por el deslumbramiento

que la libertad creadora produciría en la cámara oscura.» Lo cierto es que la censura es connatural con

«los dimisionarios encefálicos para quienes todo pensamiento es un mal pensamiento».

Y a la chita callando, Máximo va deshaciendo uno a uno todos los argumentos que imaginarse puedan en

pro de la censura. Parte para ello de una premisa humilde y exactísima: nadie está en posesión de toda la

verdad. Y siendo esto asi, toda regulación de la libertad la limita y, a la postre, la agosta. Por eso en un

Estado de derecho democrático, la verdad, por así decirlo, está repartida. Y el poder debe respetar aquella

partecilla de verdad que, sin duda y por definición, tiene la oposición.

En esto es arcangélico nuestro autor. Asi escribe: «Mi querida señora, me cuesta trabajo creer que haya

hombres insolidarios. Decir «no» es decir «sí» de otro modo y a otras cosas.»

Y acierta cuando escribe: «El creador, el inventor, el descubridor, el indagador, el crítico, son el machete

único con que cuenta el grupo para desbrozar la jungla y seguir avanzando: Si el grupo se niega estas

puntas de flecha, si se cierra en dogmatismos válidos hasta ayer, su petrificación se inicia y toda novedad

queda abortada antes del coito. La injusticia vigente (puesto que mientras no lleguemos a la tierra

prometida vivimos en la injusticia) queda detenida y casi justificada en un punto «triunfal». Por lo que es

también exacto que «los espíritus científicos, respetuosos ortológicamente con el dato, están

incapacitados para el totalitarismo. Los espíritus dogmáticos —de buena fe (aunque energuménica,

concédame) en algunos casos— son mucho menos escrupulosos a este respecto». Todo lo cual le lleva a

afirmar con Sergio Pisar que el pluralismo es útil porque sólo de las ideas en conflicto surge el progreso.

Tiene el libro hallazgos de expresión muy valiosos. Veamos alguno: «un intelectual es un hombre que

respeta el metabolismo de la razón y hasta el de la irracionalidad y procura no hacerse trampas mentales a

sí mismo», «El político es el sujeto amancebado con la eficacia, mientras que el intelectual no se casa más

que con la realidad.» «Quería decir que la censura, o sea, usted, es cosa de dogmáticos, e iba a decir de

locos. Que los dogmáticos justifican los servicios de usted en gracia a que están «poseídos» por la verdad

y quieren obligarnos a la salvación temporal y eterna. La pega está en que ideas e intereses son con

frecuencia el haz y el envés de una hoja lanceolada. Y los dogmáticos mezclan negocios terrenos con

negocios de ultratumba con desconsiderada frecuencia y como quien lava. Los dogmáticos la tienen

cogida con los liberales, con los tipos que tienden a cambiar el punto final de los dogmáticos por un

prudente punto y seguido. Según los dogmáticos, los liberales atentan contra los pilares de la civilización

y cosas así. Los liberales creen que esos pilares, de no inyectárseles cimentación complementaria e

incesante, son la pura carcoma y la tramoya del viento.»

Otro de los capítulos de la obra se dedica a deshacer el viejo dicho de que «la censura no ha impedido

jamás la creación de una verdadera obra de arte». Y en resumen Máximo viene a contestar así: «No, mi

querida amiga, es un consuelo «dandy» el pensar que la censura es un «handicap» deportivo que obliga al

señorito de las letras a un más difícil todavía, en el que se desafía a su talento y se pone a prueba su

capacidad de invención. Personalmente no me creo ni por un momento que la censura mejore el estilo. Ya

que el estilo, para mí, es el perímetro que dibujan las posibilidades del creador, desarrolladas con

honradez, tensión y libertad. Una especie de cardioencefalograma en marcha. Ese seria el mejor estilo y el

estilo más personal. Los otros son estilos condicionados y como ´ajenizantes´.»

En resumen, Máximo nos ofrece en esta nueva obra un libelo anticensorio digno del mayor aplauso. Es un

acendrado defensor de la libertad. Pero de la libertad de todos. Y empieza por tomarse a sí mismo a

chacota para desmenuzar luego tanto tópico come sobre la faz de la tierra existe. Como para

desenmascarar criterios censorios. Vean los lectores una última muestra: «Grave responsabilidad

adicional la que usted y sus mentores han echado sobre los asendereados espinazos de los periodistas.

Primero les ha convertido usted en los únicos ciudadanos que pueden regir y hacer periódicos; monopolio

sorprendente, posible contrafuero (de los españoles) y escamoteo evidente al resto del censo de un

derecho universal y nato en «beneficio» de un gremio. Y después, por medio de su estratégica retirada los

ha nombrado usted poco menos que policías de la información y delegados implícitos suyos.»

«Porque los rectores de los periódicos no se limitan a cribar el material informativo o de opinión con el

cedazo de la ley de Prensa: para eso están los asesores jurídicos «de guardia» de las redacciones. Los

redore» y «responsables» de los periódicos dicen esto si y esto no a la vista de lo que se puede o no se

puede publicar coyunturalmente, habida cuenta del clima político. Un clima limitativo y variable fraguado

en tos más variados focos de poder: no sólo en el Estado o en el Gobierno, claro.»

«Así las cosas, el señor que opina o informa desde los periódicos (que lo intenta, quiero decir) no sólo

tiene ante sí las limitaciones legales, sino un conjunto de limitaciones ambientales y cambiantes cuyo

galgo no es fácil atar por el rabo.»

«Se produce así una situación de censura sin censura, que si para el profano poco ducho en fenómenos

mágicos quizá resulte un poco oscuro de entrever, para el profesional, sin que la oscuridad se aclare, es

perfectamente constatable seis días de cada siete (el séptimo no hay periódicos).»

J. M. R. G.

(Dibujos de CAÑIZARES).

 

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