Autor: Porcel, Baltasar. 
   Otra conquista del Estado     
 
 ABC.    06/06/1982.  Página: 27. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

DOMINGO 6-6-82

ABC

Tomas de posición

Otra "conquista" del Estado

Por Baltasar PORCEL

Todo cambia... Y muchas cosas no permanecen, no pueden permanecer, pese a Heráclito. Sobre todo,

políticamente hablando y en un país como el nuestro, todavía en. gestación, masa cuyos rasgos definidos

sólo apuntan, y que adquirirá al fin la fisonomía que le demos. De alguna manera, nos ha pasado como a

aquella Margarita la tornera, la monja de todas las leyendas áureas, que deja el convento por un rato, y al

volver han transcurrido cien años; ya no conoce a nadie.

En España, nos ensimismamos —trágicamente— en 1936, vencidos al fin por un sopor que nos aquejaba

secularmente, y al despertar en, 1975 nos encontramos con que el mundo y nosotros mismos éramos ya

por completo diferentes a cuarenta años antes. Tenemos que conocernos y hacernos. En la labor estamos.

Nada de extraño tiene, entonces, que sobre uno de nuestros temas más espinosos —en profundidad, pese a

la calma aparente—, como es ei catalán, estén apuntando hoy posiciones que tan sólo hace unos años

hubieran sido juzgadas poco menos que como traiciones al catalanismo. Posiciones que ahora

precisamente brotan, francas y razonadas, del exacto epicentro de la política catalana. De la boca de dos

antiguos batalladores por Cataluña y contra fa -dictadura, cuya personalidad les ha llevado a constituirse,

además, y puede decirse ya que lógicamente, en las dos voces políticas catalanas actualmente más

escuchadas, con más crédito, fuera de Cataluña. Me refiero sin duda, a Miquel Roca Junyent y a Ernest

Lluch. El uno de CD, el otro del PSC-PSOE: ambos muy próximos a la social-democracia. A Europa.

En el recientísimo Congreso de los socialistas catalanes, el diputado Lluch —que se manifestó, y con

razón, especialmente crítico ante" la actuación de su partido—dijo refiriéndose a Cataluña: «Nosotros no

podemos aceptar un catalanismo aislado del resto del Estado.» Y el también diputado Roca Junyent acaba

de publicar un breve libro significativamente titulado «¿Por qué no? Una propuesta catalana para la

modernización del Estado», ensayo o manifiesto cuya edición en castellano presenté yo en Madrid la

semana pasada. En catalán, se han vendido seis ediciones en un par de meses. Y es Ernest Lluch quien

con más ímpetu propugna la renovación de su partido. Quiero decir, a la postre, que las posturas de ambos

dirigentes no se dan aisladas, sino envueltas en un vasto y claro movimiento de adhesión.

¿Es que «la conquista del Estado» había que dejarla nuevamente en manos de los Ramiro Ledesma

Ramos de turno? Nuestra frustración e inhibición periférica y a la par las fuerzas centralistas y

centralizadas, y acaso mucho más las determinantes de la época, alejaron a unas gentes y a unas ideas del

Estado, y auparon a otras. Pero ha llovido en abundancia, y hasta diluviado, desde entonces. Hoy, el

preámbulo de la- Constitución afirma: «... la voluntad de (...) proteger a todos los españoles y pueblos de

España en el ejercicio de los derechos- humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones.» Para

añadir en su artículo segundo: «... reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y

regiones...»

Queda expedito, pues, el camino para intervenir integrándose, de acuerdo con el título de Roca: ¿Por qué

no intentar que nuestra acción se desarrolle, en el ámbito del Estado, de España entera? Aunque Roca

Junyent dice «intentar de nuevo», aludiendo a pasados fracasos en idéntico sentido, lo que también reitera

el presidente Jordi Pujol prologando el libro: «Alcalá Zamora le dijo una vez a Cambó que debería

escoger entre ser el Bolívar de Cataluña o el Bismarck de España, Es una frase inteligente que da

directamente en la diana.»

¿Diana, qué diana? En todo caso, la del Cambó indeciso o confuso, porque no fue, o no pudo ser, ni lo

uno ni lo otro, y el asunto acabó con el lamentable espectáculo del «¡muera Cambó!», chillado por las

calles de Barcelona. Continúa Pujol: «Siempre, que el conjunto de España ha hecho un intento de poner al

día el país ha podido contar con la colaboración catalana, Más aún: ha contado con la colaboración del

catalanismo político. ¿Quién, si no, estuvo junto al intento regeneracionista de Polavieja?: los hombres

del incipiente catalanismo político. ¿Quién fue el gran aliado, en ocasiones el único, de Maura?: Cambó.

¿Quién fue el gran aliado de la, política reformista de Azaña?: Esquerra Republicana y la Generalidad.

¿Quién colaboró como el primero en la política de cambio democrático del posfranquismo?: Cataluña

entera, la nueva Generalidad, el presidente Tarradellas.»

Pienso que la hipótesis del presidente de la Generalidad es de un indudable interés, pero seguramente

deba ser matizada. En concreto, ese «catalanismo político» del que habla. Y que, en el caso de Poiavieja,

sería el de la burguesía industrial. La cual, por contemporanizadora, fue siendo desplazada de lo que se

entronizaría como catalani-dad, y de ahí el violento rechazo dé Cambó. Triunfaría, en consecuencia, el

catalanismo de izquierda o republicano, que sin entender las enormes implicaciones que se conjugan, bien

o mal, en la complejidad de España, lo apostará todo a una carta radical y fragmentaria, la de la II

República, anulando a quien piense en sentido diferente. Era fatal que al triunfar el bando contrario en la

guerra civil, el catalanismo político y las instituciones exclusivamente catalanas fueron proscritos. En

otras palabras: si España se dividía en dos bandos, en Cataluña el catalanismo político lo reducía todo a

uno. Reducción a la que cooperaría con su macabro entusiasmo la facción vencedora.

Paradójicamente, el haber sido un hombre de este período será lo que incitará a Josep Tarradellas a obrar

a la inversa de lo que —en ocasiones estando en desacuerdo— había vivido. Tarradellas, presidente de la

Generalidad en el exilio, vuelve con firmeza, pero desprovisto de maximalismo, ante la sorpresa general.

Su táctica sería fa siguiente: no plantear al Estado problemas que afecten a su propio ser (el del Estado),

como, por ejemplo, de federalismo o de Países Catalanes; la Generalidad restaurada será quien represente

al Estado en Cataluña y no un órgano diferenciador; obteniendo la gobernabilidad de Cataluña dentro del

marco español, se consolidará el prestigio de la operación democrática. Etcétera. Es decir, Tarradellas

separó la idea de Cataluña y del catalanismo del bando á la que precisamente su propio partido, Esquerra

Republicana, lo había ligado. Cataluña, cómo una totalidad, encajando así en la totalidad española.

¿Conclusiones? Para mí, que la «propuesta catalana para la modernización del Estado» debiera ser,

escuetamente, «propuesta para la modernización del Estado». Las polarizaciones son peligrosas. Otras

fuerzas hay, las que de corazón aceptan la Constitución, que suscribirían íntegramente el inteligente y

necesario reformismo de Miquel Roca. Si hubo apoyos para Polavieja, Maura, Azaña y el cambio que

desencadenaría la Monarquía parlamentaria de hoy, si los hubo en España entera, es evidente que en

Cataluña no estamos los únicos que deseamos un Estado democrático y moderno, ni lo hemos sido en el

pasado. Además, ¿no es hoy Cataluña, y básicamente Barcelona, un alcaloide en el que se funden gentes

de España entera? Gentes que han votado la Constitución y el Estatuto, que votan a Miquel Roca y a

Ernest Lluch. Y a la cual responden ellos al propugnar una política interdependiente, conjunta, en

difinitiva un Estado de todos y para todos.

Claro que esto no lo entenderán las fuerzas reaccionarias de un lado, para las cuales la autonomía

equivale al separatismo o es otra forma del centralismo, una especie de Diputaciones provinciales si se:

quiere remozadas, pero arrodilladas ante e) sempiterno centro. O la tendencia catalanista que sostiene que

el régimen autonómico es un mero instrumento de sujeción de las auténticas aspiraciones catalanas,

federales o independentistas. Pero, felizmente, ahí están las urnas: el Estado. Si salvamos la democracia,

habremos «conquistado» todos este Estado que verdaderamente queremos.

 

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