Autor: Barral Agesta, Carlos. 
   Catalanes, a Madrid     
 
 El País.    21/10/1982.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

EL PAÍS, jueves 21 de octubre de 1982

OPINIÓN

Catalanes, a Madrid

CARLOS BARRAL

Hace unos meses, en una de las sesiones del encuentro entre intelectuales catalanes e intelectuales

castellanos —o que se expresan en una de las dos lenguas mayormente implantadas en el Estado

español—, que se celebró en Sitges bajo los auspicios de la Generalitat, Luis Carandell hizo uso de una

chistosa experiencia a propósito del cambio de consideración respecto a los catalanes de que últimamente,

quizá desde, que comenzó la transición, hacen gala los madrileños, sobre todo en el mundo de la política

y de la comunicación. Dijo que unos pocos años atrás, cuando a uno le preguntaban, en el curso de una

conversación en esos ambientes: "Y dígame: ¿usted de dónde es?", y uno decía: "Pues soy catalán", se

obtenía como único comentario un "¡Ah!" lleno de contrariedad y de recelo. De un tiempo a esta parte,

contó Carandell, a la respuesta "soy catalán" sigue indefectiblemente algo así como: "¡ Ah! Pues muy

bien. Me parece muy bien. Créame usted que muy bien", lo que no ha desterrado del todo, al menos, la

sensación de recelo, pero resulta más simpático. El recelo ha cambiado de estilo y, seguramente, el

madrileño de talante. Carandell, residente desde hace muchos años en la capital, hablaba en nombre de los

catalanes que viven definitivamente en Madrid, ya perfectamente adaptados, con vocales intermedias

poco aparentes y que no dicen indefectiblemente "por esto", en lugar de por eso. Y quizá, de una minoría

de los catalanes adaptados, los catalanes madrileños que ni son habituales del Círculo Catalán y de sus

devociones folklóricas ni están tan adaptados como el extinto López Rodó o el condenado García Carres.

Hay varias especies de madrileños de procedencia catalana, además de los de constante itinerancia,

herederos de los patronos del textil que abarrotaban el hotel Palace en los años cuarenta y cincuenta, y los

procuradores a Cortes del franquismo, tales como los parlamentarios de la democracia y otros apurados

habituales del puente aéreo. La historieta de Carandell representa bastante bien a numerosas gentes como

él, catalanes nada descastados, que ejercen y viven en Madrid con absoluta naturalidad y sin mayores

incomodidades que las que procura ese recelo popular, ahora con subrayado admirativo. Que ejercen en

Madrid de cualquier cosa y no precisamente de catalán a tiempo completo. Algunos sujetos de esa

especie, como el mismo Carandell, son personas influyentes en el sector de la vida pública en que se

mueven y portadores de un estilo inconfundiblemente catalán de establecer relaciones con la realidad, un

estilo marcado por una étnica propensión a la ironía. Para representar bien el papel de catalán, en Madrid

o en cualquier otra parte, no es rigurosamente necesario, ni siquiera en la reciente modernidad, abusar de

la jerga de las escuelas de estudios empresariales, errar en el uso de los demostrativos castellanos y hacer

como que uno se enjuaga las manos cuando se contesta con aire de excesiva y sospechosa seriedad a una

pregunta insidiosa.

Por supuesto, lo que me hace pensar en la anécdota que contó Luis Carandell y en la tipología de los

catalanes de Madrid es la retórica, realmente un tanto pintoresca, de uno de los partidos catalanes en liza

en esta campaña para las elecciones generales.

Sus eslóganes, que dan por supuesta la identidad entre la nación y el partido, invitan a que se vote para

hacer fuerte a la patria en Madrid. Fuerte seguramente a su estilo, el de los intereses y negocios de sus

votantes, porque, evidentemente, en nada menguaría la presencia catalana en Madrid si en las elecciones

medrasen otros partidos catalanes que llevasen a las Cortes Generales a otros representantes del pueblo

catalán con otra clase de intereses y negocios. Al Parlamento y tal vez al Gobierno, porque parece que de

eso se trate. Se trata, en muchos aspectos, de repetir la aventura del senyor Cambó, don Francisco más

que En Francesc, incluso en Barcelona, sobre todo en sus aspectos estéticos y sentimentales. Ministro o

ministros feiners, realistas y de una eticidad pragmática y, sobre todo, con una fluida y rigurosa retórica

empresarialista, por igual aplicable a los temas de fiscalidad, de cultura o de política internacional, lo que

sin duda prestaría un estilo evidentemente catalán a algún sector de la gobernación del Estado, un estilo

catalán, pero no el estilo catalán. El seny, esa sensatez ofendida, esa prudencia autopunitiva, virtud o

defecto, al que los eslóganes del partido han aludido alguna vez y que parece formar parte en esa ocasión

de su voluntad de propaganda subliminal, es tal vez un componente frecuente del comportamiento social

de los catalanes, pero es un componente que los hace aburridos e inflexibles cuando no lo compensa la

ironía, otro factor constante del comportamiento cultural que los catalanes se transmiten de generación en

generación y en la horizontal de la convivencia, y que tiene poca cabida en la retórica empresarialista,

como saben muy bien en Madrid cuando se protegen con un "¡Ahí Me parece muy bien, créame usted", y

que, por decirlo todo, por otra parte, no haría mucho favor a la panoplia retórica con que habría de justar

un Gobierno de coalición de todas las derechas en la próxima legislatura.

Las urnas decidirán, finalmente, cuál será el estilo de la presencia catalana en las instituciones del

Gobierno central, pero por qué no decir que muchos preferirían que no fuera un estilo folklórico con

referencia a la faja de seda, cadena del reloj y camisa con botonaduras y de cuello almidonado.

 

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