Autor: Sopena Daganzo, Enrique. 
   Pujol: la soledad de un presidente  :   
 Crónica de Cataluña. 
 Diario 16.    27/11/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 18. 

27 noviembre-82/Diarfo 16

OPINION

ENRIC SOPEÑA Corresponsal de Diario 16 de Barcelona

Pujol: la soledad de un presidente

Crónica de Cataluña. Con la disgregación de la UCD empezaron para Jordi Pujol los problemas para

mantener en el Parlamento de Cataluña la mayoría que le había dado el poder. Ahora, con el triunfo del

PSOE en las elecciones generales, la soledad de Pujol se acentúa y se abre para su Gobierno un periodo

de inestabilidad al que no parece que le esté buscando remedio.

Me comentaba, hace poco, un político con responsabilidades de dirección, tanto en e! seno de CiU como

en el propio Gobierno de la Generalidad, que la obstinación de su partido en seguir conduciendo la

Administración catalana sin contar con una mayoría amplia y estable podría terminar en desastre.

«La lección de Suárez y de Calvo-Sotelo —la lección de la UCD, en definitiva— no quiere ser aprendida

en las filas de mi propio partido», añadió con perceptible preocupación mi interlocutor.

Aliados

Desde aquel 20 de marzo de 1980, cuando las urnas catalanas ofrecieron la victoria al partido de Jordi

Pujol, este ha conseguido mantenerse en la presidencia a través de un proceso que, en efecto, recuerda

algunos de los aspectos más sobresalientes —desde el punto de vista parlamentario— de la etapa ucedea.

CiU, con su grupo de diputados, no alcanza el número exigido para gobernar en solitario.

Consecuentemente, y a partir del momento en que la Cámara autonómica se puso en marcha, el

mecanismo del mercadeo ha venido siendo una constante. Los aliados de Pujol han sido Centristes-UCD

y Esquerra Republicana.

El sistema ha funcionado sin excesivos problemas hasta las elecciones del 28 de octubre. De hecho, sin

embargo, empezó a resquebrajarse a raíz de las tensiones internas en UCD, culminadas este verano con la

escisión de Adolfo Suárez y la creación del CDS.

Las relaciones de Pujol con los inquilinos centristas de la Moncloa constituyeron un juego de fácil

comprensión: UCD necesitaba con frecuencia los votos de la enfáticamente denominada minoría catalana

para seguir tirando. A la recíproca, el presidente de la Generalidad podía disponer de la obligada fidelidad

de los diputados dirigidos por Ca-ñeilas en el ámbito catalán. En no pocas ocasiones, Cañellas fue

llamado imperiosamente desde Madrid para indicarle que se olvidara de poner en el más mínimo aprieto

al Consejo Ejecutivo de la Generalidad. En este sentido, cabe señalar que Miguel Roca Junyent —maestro

en el arte de las negociaciones a corto plazo— llegó a convertirse en el «cerebro», no sólo de su minoría

en Madrid, sino —por extensión— de la minoría centrista en Barcelona.

Respecto a Esquerra Republicana, el entendimiento se produjo a través de otras circunstancias. No fue

quizá ajeno a tal acuerdo implícito el apoyo económico prestado en 1980 a Esquerra Republicana por la

patronal Fomento de Trabajo, cuya lógica contraprestación habría sido que ei partido de Heribert Barrera

se olvidara de sus antiguas tendencias progresistas, tan inequívocamente puestas de manifiesto durante la

II República, y se alineara con el centro-derecha.

Pero Barrera —el radicalismo verbal del cual no se ajusta habitualmente a una práctica política

consecuente— prefirió ser presidente del Parlamento con el soporte de CiU y de sus, para él, denostados

«españolistas» o «sucursalistas» de UCD a impulsar un Gabinete orientado hacia la izquierda.

Fragilidad

La ruptura de UCD —como queda apuntado— hubiera tenido que suponer para Pujol el primer aviso de

que su estrategia podía correr serios peligros. En la moción de censura formulada por el PSUC en

septiembre, Pujol sólo sumó las adhesiones de sus parlamentarios convergentes y las de los republicanos:

tanto los centristas ortodoxos como los suaristas optaron por la abstención. Técnicamente, Pujol salvó la

papeleta. Moralmente, se puso en evidencia que su Gobierno era ya entonces muy frágil.

Aproximadamente un mes más tarde, el nuevo cuadro político dibujado con los trazos del 28 de octubre

hubiera tenido que significar un toque de atención insoslayable para cualquier político más predispuesto a

adecuarse a la realidad que no a continuar aferrado a su particular política. El 28 de octubre, desde la

perspectiva de CiU, ha entrañado lo siguiente:

a) La presencia de sus diputados en Madrid ya no contiene una capacidad decisoria como antaño: el

PSOE no necesita el apoyo coyuntural —y menos permanente— de CiU.

b) Los votos obtenidos por el PSC-PSOE en Cataluña han casi doblado los alcanzados por el partido de

Jordi Pujol,

c) Centristes-UCD ha pasado, a ser, en Cataluña, una fuerza extraparlamentària, lo que vacía de

representatividad real al exiguo grupo de Antón Cañellas.

d) Lo mismo puede afirmarse del CDS, con la especificidad, además, en este caso, de que sus diputados

autonómicos no se muestran partidarios de apuntalar a Pujol con el desequilibrio que este factor puede

suponer en el futuro, e) Alianza Popular se ha revelado como un partido ascendente en Cataluña —tercero

en cuanto al número de sufragios y de diputados—, lo que puede inducir a determinados diputados

centristas a integrarse en el «fraguismo». Ello dividiría más aún el espectro político autonómico.

¿Es posible ignorar la profunda modificación registrada en el panorama político catalán, máxime si se

tiene en cuenta que el 28 de octubre se expresó un 80 por 100 del electorado, mientras que el 20 de marzo

de 1980 registró una abstención del 40 por 100?

Cataluña utópica

El problema principal de Pujol consiste en su habitual tendencia a instalarse sobre una Cataluña utópica,

de la cual él se erige en pontífice máximo. Ahora esa Cataluña ha quedado aún más alejada de la Cataluña

cotidiana, que —guste o no— es la Cataluña real.

En el marco de la Cataluña abstracta e idealizada, ciertamente Pujol sigue siendo indiscutible. Pero la

Generalidad no fue reclamada para convertirse en el instrumento de unas minorías perfectamente

respetables, sino en el instrumento que canalizara las aspiraciones plurales de todo un pueblo: ese pueblo

que ha votado masivamente a los socialistas, que ha castigado con dureza a los centristas y que ha

repartido, por el centro-derecha, sus simpatías entre CiU y Alianza Popular.

La soledad de Pujol empieza a recordar, cada vez más, la soledad de Suárez y la de Calvo-Sotelo.

 

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