Autor: Sopena Daganzo, Enrique. 
   Otro centro que se desmorona  :   
 Crónica de Cataluña. 
 Diario 16.    15/01/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 18. 

15 enero-83/Diario 16

OPINION

ENRIC SOPEÑA

Corresponsal de Diario 16 en Catalana

Otro centro que se desmorona

Cronica de Cataluña. El centrismo catalán estaba dividido en tres grupos hasta las últimas elecciones:

UCD, Pujol y Esquerra Republicana. Pero los resultados de estas elecciones han roto el espejismo de ese

amplio y plural espacio centrista. Ante la crisis de UCD y los problemas de la Esquerra, el gobierno

nacional-centrista de Pujol se desmorona irremisiblemente.

El espacio del centro, en Cataluña, nunca estuvo en manos de un único partido, a diferencia de lo ocurrido

en el resto de España. Durante los mejores tiempos de UCD, pudo afirmarse que el centro —con sus

oscilaciones a derecha e izquierda— estaba ocupado por el partido que dirigía entonces Adolfo Suárez.

En cambio, la situación en Cataluña era diferente, pues el ámbito del centrismo se re-partía entre tres

opciones no unificadas formalmente: Centristes-UCD, Convergencia i Unió y Esquerra Republicana.

Centristes-UCD y CiU, hasta las autonómicas de 1980, compitieron entre sí para conseguir la hegemonía.

En 1977, CiU rebasó a los ucedeos. En 1979 se registró el momento de mayor esplendor para éstos. Fue

el 20 de marzo de 1980 cuando el declive empezó a ser irreversible: los «convergentes» triunfaron en los

comicios para la Generalitat, mientras que Centristes tuvo que resignarse con el cuarto lugar.

Pujolismo

Las comparaciones nunca son buenas y, por supuesto, en muchas ocasiones son inexactas. No puede

afirmarse, en rigor, que la suma de Centristes, CiU y ERC dé como resultado aquella UCD hoy en camino

de liquidación. Sin embargo, a grosso modo, si que cabe hablar de fenómenos paralelos, con la necesaria

corrección, desde el punto de vista catalán, producida por el hecho nacionalista, formalmente uno de los

datos de fricción entre Centristes y CiU.

Aceptado, pues, un cierto grado de paralelismo, y admitida también una cierta simplificación, podría

describirse el conjunto de los tres partidos catalanes mencionados como una federación, no vertebrada

oficialmente, de carácter centrista: Centristes-UCD representaría el ala más conservadora y menos

catalanista; CiU, la corriente mayoritaria y más, en sí misma, centrista; Esquerra Republicana, el sector

más minoritario, más «socialdemócrata» y más catalanista.

Pues bien; si desde 1977 hasta hace un par de meses en España el Gobierno socialista correspondía a la

UCD —o sea: a la plasmación política de un deseo de equidistancia entre derechas e izquierdas, una

ficción superadora de tensiones y de clases sociales—, el Gobierno de la Cataluña autonómica

corresponde, desde 1980, a ese otro centrismo peculiar: Jordi Pujol alcanzó la presidencia, y se ha

mantenido en ella, gracias al apoyo conístante recibido de su propio partido, por descontado, y de

Centristes-UCD y Esquerra Republicana.

El drama para Pujol reside en que sus colegas en Madrid se han ido a pique estrepitosamente y que sus

aliados en Barcelona se encuentran en una posición no menos desairada. Es decir que el centrismo catalán

—considerado más allá de las siglas y de las etiquetas partidistas— ha empezado a sufrir una erosión

interna, semejante a la que precipitó la memorable caída, primero de Adolfo Suárez, después la de Calvo-

Soteto, incapaz éste de renovar siquiera su acta de diputado el 28 de octubre.

El núcleo básico —conviene subrayarlo— se mantiene: Convergencia Democrática no ha registrado

disputas intestinas, tras viejas querellas entre Trías Fargas y Roca Junyent, actualmente congeladas.

Aislamiento

Pero, fuera estrictamente de CDC, el panorama ofrece numerosos contornos conflictives. De menor a

mayor, habrá que citar en primer lugar, a Unió Democrática; en segundo término, a Esquerra

Republicana, y en tercer plano, a Centristes-UCD. En este sentido, el aislamiento de Pujol es creciente.

Aunque, por el momento ha conseguido salvar a su partido del cáncer de los enfrentamien-tos internos, el

líder nacionalista debe contemplar, cada vez más alarmado, cómo los barcos de la flota amiga hacen

aguas inconteniblemente.

Unió Democrática es el minúsculo socio de Convergencia desde 1979. Unió es un reducto democristiano

y nacionalista, en el cual han podido observarse últimamente determinados movimientos inquietantes,

concretados en la total renovación de los órganos directivos, partidarios los nuevos dirigentes de un

mayor protagonismo y de una menor supeditación à las directrices «convergentes».

Si en Unió quizá resulta prematuro referirse aún a "contestaciones" de grueso calibre, en Esquerra

Republicana éstas han estallado con espectacularidad, precisamente éstos días.

El abandono de 13 militantes, algunos de ellos co-fundadores del partido en 1931, acusando a Heribert

Barrera de practicar una política derechista y, por tanto, de traición a los ideales- izquierdistas impulsados

por los patriarcas de ERC, como Francesc Macià o Lluís Companys, no puede ser calificado como un

hecho más o menos anecdótico. Y todavía lo es menos, si se tiene en cuenta que la estructura de Esquerra

alberga en su seno la tendencia denominada «renovadora», coincidente con los aludidos «históricos» en

las críticas a Barrera, aunque defensora de promover el cambio desde dentro.

En el vacío

La Esquerra mimada —como en 1980— por la patronal, fomentó la Esquerra satélite de la estrategia de

CiU, la Esquerra, en definitiva, de Heribert Barrera ha tocado techo: las consecuencias de este proceso

son imprevisibles.

En cuanto a Centristes-UCD, el caos es ya indisi-mulàble. Pronto, en Centristes, se hará buena la frase de

que «el último que salga, que apague la luz». Con el agravante que la luz está por pagar, pues las deudas

se acumulan y los recursos se han agotado. La fuga de centristas- hacia el PDP, hacia Alianza Popular,

hacia los liberales de Garrigues o hacia Convergencia i Unió constituye el parte casi diario en ese partido.

Es pertinente, además, no silenciar que, en Cataluña, la escisión «suarista» enganchó a casi la mitad de los

más destacados líderes y arrastró, también, a casi la mitad de los diputados en el Parlamento autonómico".

Los dioses —según los clásicos— ciegan a los que quieren perder. En el caso de Pujol no se sabe si, aun

viendo, ya están perdiendo o está perdido porque.pade-ce una notable ceguera política. ¿Cómo se puede

gobernar en las condiciones transcritas? No se trata de si Pujol tiene voluntad de hacer las cosas bien o si

determinadas cosas las hace incluso bien. El problema es otro: su fórmula ya no sirve, ha quedado

obsoleta. No se puede impunemente operar sobre el vacío.

 

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