Autor: Sopena Daganzo, Enrique. 
   Pujol: mil días de soledad  :   
 Crónica de Cataluña. 
 Diario 16.    05/02/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

5 febrero-83/Diarío 16

OPINION

ENRIC SOPEÑA Corresponsal de Diario 16 en Barcelona

Pujol: Mil días de soledad

Crónica de Cataluña. El balance de los mil días de Gobierno del líder nacionalista Pujol al frente de la

Generalidad es preocupante. El prestigio conseguido por Tarradellas —con un presupuesto cien veces

menor— se ha venido abajo fuera de Cataluña. Y dentro, amplísimos sectores se sienten totalmente

ajenos a esa visión parcial y excluyente de la vida catalana.

A propósito de los mil días de Gobierno Pujol, recordaba yo el jueves en Diario 16 que el actual

presidente de la Generalidad consiguió el cargo gracias al 27 por 100 de los ciudadanos que acudieron,

aquel 28 de octubre de 1980, a depositar su voto en las urnas. Como quiera que aquellos comicios

registraron una altísima abstención, de alrededor del 40 por 100, no parece exagerado afirmar que el

Gabinete de Convergencia i Unió ha venido gobernando la autonomía catalana con bastante menos del

soporte activo del 20 por 100 de los ciudadanos de Cataluña.

Esta circunstancia de origen constituye el principal pecado —pecado original— de la acción de gobierno

de Jordi Pujol. Si ya de por sí un Gobierno minoritario y monocolor acostumbra a estar destinado a la

mediocridad o al fracaso —y ahí están las experiencias de los sucesivos Gabinetes de UCD—, las

probabilidades en tal sentido se multiplican cuando la tarea a desarrollar ofrece unas características

peculiares y específicas. Esas características se daban en la Cataluña de 1980 y siguen presentes tres años

después.

Tarradellas

El 20 de marzo de 1980 supuso la primera consecuencia del Estatuto de autonomía. De las elecciones

surgió el Parlamento. De éste, el Consell Executiu (Consejo Ejecutivo) o Gobierno, nombrado por el

presidente de "la Generalidad, una institución que arrastraba una vida provisional: e! periodo —

simbólico, sobre todo— que condujo Josep Tarradellas y cuyo rasgo más sobresaliente fue la unidad de

las grandes fuerzas políticas: desde los centristas hasta el PSUC pasando por CiU, PSC-PSOE y Esquerra

Republicana.

Prácticamente todo estaba por hacer, a partir del momento en que la Generalidad se transformó en un

organismo refrendado por la Constitución y por el Estatuto. Tarradellas dejó tras sí, y no era poco, una

herencia de prestigio que había rebasado los límites del Principado y que se había expandido con fuerza

por el resto de España.

Administración

Sin embargo, Tarradellas y sus «consellers» no pudieron hacer gran cosa más que sentar las bases de una

convivencia ilusionada en la que participaban todos los sectores de Cataluña. Piénsese, por ejemplo, que

el presupuesto de la Generalidad provisional apenas alcanzaba los dos mil millones de pesetas, mientras

que el correspondiente a la Generalidad de 1982 se sitúa en los 246.000 millones. La diferencia es tan

abismal que habla elocuentemente por sí sola. Otro dato: 1.500 eran los funcionarios de Tarradellas,

60.000 los que Pujol tiene ahora mismo a su cargo.

Había que poner en marcha una nueva Administración Pública, había que marcar, con urgencia, las

diferencias entre unos poderes vinculados directamente al centralismo y un poder surgido de la voluntad

propia de los catalanes y, sobre todo, y además había que caminar hacia la profunda interrelación entre

unos ciudadanos nacidos en Cataluña y otros venidos de otras partes de España, sin olvidar, por supuesto,

que la esencia más diáfana de la nueva autonomía es su cultura y su lengua, relegadas ambas a una

posición de evidente subordinación en razón de toda una serie de causas cuya enumeración trascendería el

ámbito de este comentario.

Todo ello debía hacerse en el marco de una sociedad castigada muy duramente por la crisis económica,

que estaba empobreciendo Cataluña y empezaba a disparar, en cuento al paro, casi todas las señales de

alerta.

Tamaña tarea de reconstrucción exigía una respuesta que los resultados electorales dificultaron, pero que,

a su vez, no halló el eco preciso en el ganador de los comicios. Pujol, después de una oferta a los

socialistas que éstos desatendieron, —porque entre otras razones, la inclusión del PSC-PSOE hubiera

representado dejar fuera de juego, y monopolizando la oposición, a un PSUC entonces esplendorosamente

fuerte—, sé lanzó la gran aventura en solitario, flanqueado por los votos obedientes de centristes-UCD

(eran los tiempos del mercadeo de Roca en la Moncloa) y por los votos de Esquerra Republicana. Pujol

impuso el rodillo aritmético y, de este modo, se ha venido manteniendo al frente de la Generalidad. Las

combinaciones políticas permitieron, por tanto, que un hombre presidiera un Gobierno al margen del cual

se alineaba más del 80 por 100 de los censados, aunque un porcentaje de éstos pudiera considerarlo como

un mal menor.

Marginación

Pujol se ha esforzado por llevar adelante todo un repertorio de acciones concretas, muchas de las cuales

valiosas y objetivamente positivas. Pero nunca Pujol, justo en el nacimiento de una autonomía por la que

tanta gente había luchado y que llegó a movilizar en septiembre de 1977 a un millón de personas por las

calles de Barcelona, ha sabido transmitir un mensaje globalizador, capaz de entusiasmar al conjunto de

los ciudadanos, más allá de los sectores que le son fieles. Desgraciadamente, grandes porciones de

población contemplan la Generalidad como una institución ajena, más propia de unos determinados

catalanes que no de todos, o casi todos, cuantos, catalanes o no, viven y trabajan en Cataluña.

Mil días después, y para colmo, el carácter minoritario no ha acentuado todavía más. Sería oportuno que

Pujol explicara —sin refugiarse en el aspecto estrictamente legal— cuando hablan los centristes de UCD

en el Parlamento catalán en nombre de quiénes hablan o con qué fuerzas sociales intenta negociar él

cuando negocia con un CDS fantasmagórico y encima divido.

A un año vista aproximadamente de los comicios, el Gobierno Pujol ofrece un balance preocupante: es el

Gobierno de una Cataluña reducida, incapaz de integrar en un proyecto común a la mayor parte de los

ciudadanos.

 

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