Autor: Colomer, Josep María. 
 Temas de nuestra época. 
 Nacionalismo e integración en Cataluña y Euskadi     
 
 El País.    08/04/1984.  Página: 12-13. Páginas: 2. Párrafos: 25. 

12/ OPINION

EL PAÍS, domingo 8 de abril de 1984

TEMAS DE NUESTRA ÉPOCA

Nacionalismo e inmigración en Cataluña y Euskadi

JOSEP M. COLOMER

La integración de los inmigrantes en comunidades culturales tan definidas como la catalana o la vasca, ha

suscitado, según las tendencias políticas y las diferentes oportunidades históricas, actitudes muy diversas.

De nuevo este complejo asunto relacionado con la idea de identidad colectiva ha resurgido en la España

de las autonomías y más acuciadamente en periodos electorales como el que actualmente se vive en

Cataluña. Según el autor de este trabajo, la afirmación de una identidad propia opuesta a la de los

foráneos, característica de todo nacionalismo, se pone particularmente de manifiesto en las actitudes ante

la inmigración. Tras los vagos propósitos de integración de los inmigrantes en la sociedad receptora,

suelen ocultarse varias concepciones sobre la nacionalidad y sobre los objetivos a conseguir con respecto

a la inmigración.

Los diferentes concepciones de nacionalidad generan a su vez unas heterogéneas actitudes respecto a la

emigración. Estas actitudes, como se desarrolla a continuación pueden resumirse en cuatro: segregación,

asimilación, pluralismo separado y fusión.

El nacionalismo catalán y el vasco, no por casualidad desarrollados en las áreas de España que, por su

industrialización más temprana, han recibido de antiguo mayores oleadas migratorias, no parecen

propugnar hoy mayoritariamente un propósito de segregación. Sin embargo, esta concepción estuvo

presente en sus primeros desarrollos, en los que se conformaron algunas de las concepciones doctrinales

que han fundamentado toda su trayectoria posterior.

El nacionalismo vasco, particularmente, hizo de la diferencia de lenguaje y de la distancia de valores

morales con los obreros inmigrantes de finales del siglo XIX, uno de los soportes básicos de la definición

de sus señas de identidad. La idea de raza, sublimada por Sabino Arana y sus seguidores para derivar de

ella el mito de una diferencia de carácter, la depuración lingüística y una predicación religiosa y moral,

sostuvo la voluntad de preservar la inmunidad de los nativos ante la "invasión de gente extraña", juzgada

como un factor de conflictividad social y de corrupción de costumbres. Para Arana era "evidente de toda

evidencia que la salvación de la sociedad vasca, su regeneración actual y su esperanza en lo porvenir, se

cifran en el aislamiento más absoluto, en la abstracción de todo elemento extraño, en la exclusión racional

y práctica de todo cuanto no lleve impreso con caracteres fijos e indelebles el sello de su procedencia

netamente vasca" (Extranjerización, en Obras Completas, p. 1.761).

En el nacionalismo catalán tendió a predominar, en cambio, un proyecto asimilista, principalmente

lingüístico, que el mismo Arana denunció como un error y un grave peligro de desnacionalización. Pero

incluso en Cataluña aparecieron, tras los movimientos huelguísticos de estilo revolucionario de los años

de la Primera Guerra Mundial, voces minoritarias de tipo xenófobo y segregacionista. El economista

Vandellòs y el veterinario Rossell Vilar, por ejemplo, utilizaron también la idea de raza para propugnar el

natalismo de los autóctonos como modo de evitar los supuestos males de la inmigración.

La propuesta de segregación de "los españoles" se vincula coherentemente al proyecto político de

secesión con respecto a España. De ahí su importancia en el primer nacionalismo vasco, ya de matriz

independentista, o su reaparición entre algunos exponentes del minoritario separatismo catalán de los

años sesenta (como el panfleto de Manuel Cruells, de transparente título, Els no-catalans i nosaltres,

1965). Pero, como estado de ánimo más genérico, el desprecio al inmigrante constituye un elemento de

confrontación muy útil para afirmar la propia identidad diferencial; permite la ilusión de dar cuerpo

visible al enemigo exterior, de situarlo en la propia casa. Las denominaciones de maqueto (derivada del

meteco de la polis griega) o de charnego han desempeñado y desempeñan todavía (o de nuevo), en

determinados círculos, esta función.

La asimilación

El análisis de la posición segregacionista, aunque hoy mayoritariamente descartada, resulta sin embargo

clarificador de algunos elementos que comparte con lo que suele presentarse precisamente como su

contrario: el asimilismo unilateral.

Ésta es de hecho la postura que, con unos u otros enunciados, ha predominado teóricamente en el

nacionalismo vasco y en el catalán durante el franquismo y en el período constitucional. Varios factores

confluyeron, ya en los años cincuenta, en este cambio de orientación. Por un lado, en el terreno

ideológico, el descrédito de la idea de raza tras la experiencia hitleriana y la mayor laicización general de

las ideologías políticas en la posguerra europea. Por otro lado, las nuevas oleadas migratorias que

alcanzaron su cénit en los años sesenta, cuyas grandes dimensiones, en un marco político sin instituciones

autonómicas de las nacionalidades, hacían desechar por inviable el segregacionismo, y que, acompañadas

del desarrollo de los nuevos medios de comunicación de masas y de los nuevos guetos urbanísticos,

dificultaban enormemente una eventual asimilación espontánea de los recién llegados a las pautas

socioculturales de la sociedad tradicional que los recibía.

En Cataluña, el nacionalismo antifranquista y posfranquista ha entendido la "integración" de los

inmigrantes como un proceso de asimilación básicamente lingüística y cultural. Es la concepción que,

desde 1958, ha expuesto reiteradamente Jordi Pujol, según la cual "la lengua es un factor decisivo de la

integración de los inmigrados en Cataluña. Es el más definitivo. Un hombre que habla catalán y que habla

catalán con sus hijos, es ya un catalán de pura cepa (de soca a arrel). (...) La lengua tiene una importancia

primordial. Si la lengua se salva, se salvará todo", y que le ha hecho rechazar la idea misma de mestizaje,

muy viva en otras corrientes del pensamiento catalán (La inmigrado, problema i esperança de Catalunya,

1976). Esta concepción asimilista ha sido guarnecida por algunos lingüistas con la peregrina teoría de que

el bilingüismo puede afectar negativamente a la unidad psicológica de la personalidad, de la que cabría

deducir, por tanto, la necesidad salvífica de un abandono del castellano no sólo por parte de los nativos

sino incluso de los que aprendieran como segunda lengua el catalán. En los años de optimismo del

crecimiento económico, la integración lingüística fue también presentada en ocasiones como una vía de

ascenso social: de hecho una sugerencia paternalista de desclasamiento individual, y necesariamente

minoritario en términos globales de sociedad, que reposaba en una confianza, hoy perdida, en los

procesos de movilidad social espontánea en la época. Se trataba, en todo caso, de una integración

desocializada, que no debería impedir la perduración de la dicotomía entre la propia identidad cultural y

"la otra" identidad.

En el País Vasco, el decaimiento de las referencias racistas y de integrismo religioso del nacionalismo

tradicional dio paso en los años sesenta a una voluntad de asimilación de los inmigrantes, no tanto a una

lengua viva como a una "comunidad nacionalista" constituida en base a la fuerte carga ideológica de los

símbolos de un combate político: la ikurriña, "Euskadi", el idioma mismo como ritual, cuya

interiorización afectiva proporciona un sentimiento de pertenencia nacional.

Estos esquemas integracionistas comparten entre sí y con el segregacionismo algunos presupuestos que

vale la pena reseñar. En primer lugar la suposición de que existe un pueblo "hecho", con sólidas raíces en

el pasado, definido sobre todo por una mentalidad característica y una escala de valores morales y con

una cultura completa a la que sólo se trataría de incorporarse. En segundo lugar, la consideración de la

cultura de origen de los inmigrantes como de segundo orden, o incluso como inexistentes, o bien, en el

caso de topar con formas inequívocas de su vitalidad, como una interferencia extraña que pudiera

constituir una amenaza mortal de desnaturalización. Lógicamente, estos presupuestos están vinculados a

una idea esenciálista de la nación, ajena a su comprensión como un concepto histórico y social.

En los años ochenta, la posibilidad de impulsar una acción política imbuida de concepciones nacionalistas

desde las instituciones autonómicas ha permitido convertir las propuestas de integración persuasiva de

antaño en medidas concretas de euskaldunización y de catalanización. Cabe señalar que estas

denominaciones siguen la huella del concepto de americanization; surgido en Estados Unidos

precisamente cuando empezó a desvanecerse la confianza en la potencia de fusión étnica y cultural

espontánea de aquella nación política; es decir, en el clima bélico y de radicalización de los conflictos

sociales que presidió y siguió a la Primera guerra mundial. Paralelismos históricos aparte, hoy cabe

preguntarse dé nuevo por la virtualidad asimiladora de unos complejos culturales que difícilmente pueden

separarse ya de la inserción de las actuales sociedades urbanas en redes de comunicación de ámbitos

transnacionales. Hoy, en todo el mundo industrializado, está en cuestión el carácter "nacional" de las

referencias culturales cotidianas de la inmensa mayoría de la población. A este respecto vale un socorrido

ejemplo. ¿Acaso representa un factor de integración en la cultura catalana o en la cultura vasca la emisión

de la serie Dallas doblada al catalán o subtitulada en éusquera? Esta emisión y otras de este tipo (a las que

sin duda tienen tanto derecho los terceros canales de televisión autonómicos como el que ejercieron en su

día los de ámbito estatal) lo que si acaso consiguen —y no es poco— es contribuir a disminuir el papel de

la lengua como elemento de separación entre ciudadanos y a derribar por tanto barreras al diálogo entre

habitantes de un mismo ámbito territorial. Pero en absoluto puede pensarse que favorezcan la cohesión de

una comunidad nacional catalana o vasca, sino que más bien refuerzan los factores de ho-mogeneización

cultural a que están sometidos en general los miembros de las sociedades urbanas de hoy, sean

"autóctonos" o "inmigrantes". Más bien actúan, pues, como un nuevo factor de desnacionalización

cultural.

Lo que se desarrolla en sociedades que han superado una etapa de predominio rural y de aislamiento es un

proceso continuo de intercambios y préstamos culturales, de sustitución e interpretación de experiencias,

conocimientos y actitudes, en un movimiento permanente de selección y ajuste de elementos hasta formar

una pauta colectiva más o menos coherente.

En ese marco, el antifranquismo favorecía la capacidad de atracción solidaria de las lenguas y las

expresiones culturales oprimidas. Actualmente, parece haberse detenido el flujo migratorio de decenios

anteriores a causa de las menores expectativas de empleo industrial. Pero, paradójicamente, y aunque esto

desmienta previsiones de antaño, el cese de la persecución lingüística y cultural, que ha permitido una

incipiente compensación de los desequilibrios en los usos lingüísticos oficiales, escolares y de los medios

de comunicación, y por tanto una más libre expresión de una creatividad antes mortecina, ha hecho

desaparecer al mismo tiempo una parte de aquellas incitaciones solidarias. Ha podido aparecer así, con

mayor crudeza, la profunda interrelación existente entre el ejercicio o la exclusión del poder y las

expectativas de cambio social, por un lado, y los cambios en los comportamientos lingüísticos y

culturales, por otro.

De ahí el aspecto beligerante que ha tomado en algunos casos la política de "integración".

Cabe añadir que un determinado nacionalismo de inspiración marxista complementa eficazmente esta

concepción. La conocida definición estaliniana de la nación, caracterizada sobre todo por rasgos

lingüísticos, culturales y psicológicos de los que está ausente la política, ha favorecido la propagación de

una idea de nación como una comunidad natural y anterior a la organización de los poderes estatales,

basada en realidad en la codificación de unas determinadas señas de identidad. De ahí que la

"integración" en la comunidad definida por los símbolos nacionalistas comporte a menudo la

subordinación cultural del integrado, la participación política subalterna y el sometimiento teórico y

estratégico de la izquierda a los objetos de la derecha nacionalista; a lo más, con críticas internas y a la

defensiva que no pueden dejar de traslucir el complejo de inferioridad que tal operación ha provocado en

quienes la han llevado a cabo.

Pluralismo separado

Teóricamente, cabe otra alternativa: la separación estable de lenguas y culturas, como parece propugnar a

menudo el nacionalismo andaluz en Cataluña, considerando posible una estricta adscripción a una u otra

lengua y cultura según unos orígenes que devendrían fija identidad.

Pero ni en Cataluña ni en Euskadi resultaría hoy posible trazar una frontera territorial (como Suiza,

Bélgica o Canadá) entre zonas de predominio lingüístico de una u otra lengua. Ni tan sólo resultaría

posible generalizar una adscripción lingüística individual a todos los habitantes de esos territorios (al

estilo de lo que proponía el programa socialista en el Imperio austro-húngaro). Hoy, la pluralidad cultural

y el bilingüismo (sobre todo en Cataluña) no son sólo un hecho social colectivo sino en muy buena

medida individual. La aplicación de un principio de pertenencia lingüística personal, ¿debería representar

acaso que el inmigrante rechazara la posibilidad de aprender y hacer propia la lengua específica de su país

de residencia? ¿O acaso el olvido del castellano por parte de quienes no lo tuvieron como lengua

materna? ¿Cuál sería la adscripción de los hijos de matrimonios mixtos o de los hijos de inmigrantes

nacidos ya en Cataluña o en Euskadi (o en el País Valenciano o en las Baleares, asimismo tierras de

inmigración)?

Fusión

Así pues, una hipotética separación de lenguas y culturas, al basarse en un realce de las diferencias, no

haría sino aumentar —al igual que la acción asimilista— los factores de desigualdad

de grupo y, en última instancia, de dominación.

Hay que proponer, por tanto, otra alternativa. Algunas interpretaciones acerca de los derechos lingüísticos

en el Estado de las autonomías pueden proporcionar una vía de inspiración. Según aquellas, estos

derechos tienen un carácter territorial, pero a la vez un carácter personal y optativo en el ámbito

correspondiente. De tal modo que resulta perfectamente concebible la pluralidad y el cambio de usos

lingüísticos por parte de los individuos, sin necesidad de que vayan ligados al sueño imposible de

alcanzar en cada territorio una homogeneidad lingüístico-cultural nacional. En esa perspectiva se puede

definir una política orientada a crear condiciones igualitarias para la libre expresión de una diversidad

sociocultural. Condiciones de igualdad jurídica de las distintas lenguas en los ámbitos territoriales

correspondientes, en las relaciones del ciudadano con la Administración (tanto autonómica como

periférica del Estado central). Y al mismo tiempo, acciones institucionales destinadas a reequilibrar los

usos paritarios de las distintas lenguas en todos y cada uno de los medios de comunicación públicos, a

favorecer los intercambios culturales de todo tipo, y contrarias a la consolidación de dos redes escolares

paralelas o al desdoblamiento sistemático de las instituciones culturales (como a veces parecen prefigurar

algunas asociaciones privadas de editores o escritores en una u otra lengua).

Sólo a partir de un marco igualitario de este tipo será posible impulsar verdaderas experiencias de fusión

cultural, siempre de alcance sectorial y parcial. En realidad, ya hoy la cultura de los ciudadanos de

Cataluña y del País Vasco conforma un panorama abigarrado, de difícil delimitación —como hemos

dicho— territorial ni personal. Una fusión interna total es inimaginable (por las mismas razones que

también lo es una completa asimilación por adoctrinamiento o instrucción unilateral). Pero tal vez la

práctica plural cotidiana podría alcanzar un mayor nivel de racionalización y coherencia si se asociara

explícitamente a la imagen tradicional de melting pot americano (traducible por potaje) según la cual todo

el mundo se sabe indiscutiblemente americano, con unos mismos derechos, sin dejar de sentirse al mismo

tiempo irlandés, judío, apache, polaco o africano. Hay que tener en cuenta que la correcta versión

de esa imagen excluye no sólo la existencia de reservas indias y de guetos negros o chicanos, sino

también de los blancos-anglosajones-protestantes (WAP) como portadores de una pauta privilegiada de

acceso al poder cultural y social.

Es decir, que una cultura humana debe ser precisamente lo suficientemente poco integrada como para

resultar permeable a las nuevas invenciones, a los fenómenos de difusión y a las alteraciones ambientales.

Por eso hay quien también ha propuesto, en vez de la imagen de la olla cerrada, la del telar: un

mecanismo de combinación de elementos que no quedan mezclados sino que preservan sus cualidades

específicas y que permanece abierto a incorporaciones sin fin.

Una nueva doctrina de "integración", en esta perspectiva, debería ser algo muy distinto de una asimilación

lingüística o simbólica unilateral. Sólo podría significar mayores posibilidades de participación activa en

las clases, grupos, movimientos y organizaciones sociales en conflicto, independientemente de los oríge-

nes nacionales de cada individuo; condiciones igualitarias de acceso a los distintos niveles de

instrucción; conquista real del "derecho a la ciudad" por quienes se ven obligados a residir en barrios

periféricos; participación en los cargos políticos y administrativos al margen de las distintas procedencias.

Para ello se requiere, como condición preliminar, la supresión de prejuicios y la aceptación de cambios en

los patrones culturales tanto de la sociedad receptora como de los inmigrantes. Pero este proyecto

requiere en realidad otro concepto de nación, situado en la tradición liberal de una nación política como

unidad civil de los ciudadanos, compatible con la consideración de que la adscripción a los demás

elementos "nacionales" es una cuestión de grado que depende de cada cual. En esta línea, disminuye

enormemente la grave importancia concedida al "problema" de la integración lingüística o cultural. La

misma categoría de "inmigrante", como la de "nativo" o "autóctono", dejan de resultar teóricamente

pertinentes y políticamente operativas. Persistir en ellas supondría permanecer encerrados en una

dialéctica nacionalista sin solución.

Josep M. Colomer es profesor de Historia del pensamiento político en la Universidad Autónoma de

Barcelona, y autor, entre otros trabajos, de un estudio sobre La idea de nación en el pensamiento político

catalán (1939-1979).

 

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