Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Alfonso XIII, vida, confesiones y muerte  :   
 De Julián Cortés-Cavanillas. Editorial Juventud, 1973. 
 ABC.    14/02/1974.  Página: 57-59. Páginas: 3. Párrafos: 15. 

fuente: ABC MADRID Fecha: 14021974

A B C, J U EV ES 14 DE FEBRERO DE 1974. EDICIÓN DE LA MAÑANA.

ALFONSO XIII, VIDA, CONFESIONES Y MUERTE

De Julián Cortés-Cavanillas

Editorial juventud, 1973

Por José María RUIZ GALLARDON

ACABA de aparecer en las librerías el estudio biográfico de Julián Cortés-Cavanillas sobre

Alfonso XIII. Ciertamente, se trata de una reedición, pero su nuevo lanzamiento está más que

justificado y desde luego nos legitima para llamar sobre él la atención de los lectores.

Cortés-Cavanillas es antes que nada —y ya es mucho— un excepcional periodista. La agudeza de sus

observaciones, la difícil simplicidad de cuanto expone y la concisión con que lo hace, hacen de él una de

las figuras más sobresalientes del periodismo nacional. Conoce al dedillo todo lo que interesa y, en aras

de una puntual y rigurosa por la Historia, como exponente preclaro de las virtudes de la Dinastía

española.

Nunca me ha guiado la pasión —por otra parte justificadísima— al enjuiciar la vida y obra de los

Monarcas españoles y de la misma Institución. Pero comprendo perfectamente que la bien cortada pluma

de Cortés-Cavanillas escriba con ardor en defensa de su Rey. Cierto que a los hombres que no le

conocimos nos importan sobre todo las ventajas racionales de la Institución monárquica, por encima de

cualesquiera «razones del corazón». Pero cierto también, que nada llega a calar tan hondo como el

ejemplo vivo de quien supo encarnar tan excelsas cualidades.

Y, hora es ya de decirlo. Porque para mi es la principal lección que se obtiene de la lectura de esta

apasionante biografía, si la Institución quebró el 14 de abril de 1931 no fue por la figura y obra del

Monarca, sino porque la propia Constitución de 1876, que él había jurado defender, hacia ya muchos años

que estaba herida de muerte. Alfonso XIII fue, y así nos lo presenta Cortés-Cavanillas, verdadera víctima

de aquella Constitución, sabiamente pensada por don Antonio Cánovas del Castillo, pero periclitada al

alcanzar el final del primer tercio del siglo XX. Recuerda el autor las palabras del liberalísimo

Melquíades Alvarez, que en 1922 hiciera la siguiente pintura de la situación política: «Todo en España

está en crisis; todo se desmorona. La moral política es una matrona augusta a la que se rinden homenajes

de palabra, pero de la cual se están riendo constantemente los gobernantes y los políticos. Profanada,

escarnecida mil veces la Constitución por los Gobiernos, que, para mayor sarcasmo, agregan a la

profanación el perjurio, las esencias constitucionales se han ido volatilizando como si no pudieran resistir

por más tiempo el contacto impuro y brutal de esa política. No queda más que la letra, una expresión

articulada y fría de un cuerpo legal, acaso sin vida, y por los entresijos de la letra se va filtrando la acción

deletérea de los Gobiernos para realizar una labor hermenéutica, sofísticamente escandalosa.»

Por eso ha podido escribir Cortés-Cavanillas que: «Las crisis que tuvo que resolver información, sacrifica

cualquier otro valor. Su biografía de Alfonso XIII, con prefacio de Winston Churchill, es una buena

prueba de ello.

Pocos periodos de la Historia de España tan llenos de interés como el del reinado de nuestro último

Monarca. Nacido Rey, conoció las más altas cumbres de la popularidad y entusiasta clamor público, y

también las horas amargas del más injusto desprecio y apartamiento. Alfonso XIII fue un gran Rey que

llevó siempre como enseña la devota y constante dedicación a su patria. Su figura no sólo merece respeto,

sino algo más importante; admiración. Cortés-Cavanillas asi lo entendió, aun antes de conocer

personalmente a Don Alfonso al que sirvió siempre con clara y sincera lealtad. Y no sólo por las

cualidades humanas y políticas de la persona regia, sino por su profundísimo sentido del deber

demostrado a lo largo de todo su reinado. A nadie en España se le ha intentado nunca hacer un proceso

tan parcial y virulento, tan injusto y sectario como a Alfonso XIII. La República se cebó, valga la

expresión, en la persona real y sin embargo, pese a las calumnias, su figura y su obra salieron

engrandecidas. Un Rey que pacificó Marruecos, que antes había sabido mantenernos al margen de la

guerra europea y después engrandecer España en los años de Primo de Rivera, un monarca que prefirió

suspender sus regias prerrogativas, antes de que fuera vertida una sola gota de sangre de un español, debe

ser juzgado —ya lo es— el Rey fueron casi siempre laboriosísimas y, a la postre, inútiles. La del año

1918, que dio lugar al llamado Gobierno Nacional, fue profundamente grave, y Don Alfonso tuvo que

intervenir con extraordinaria energía para conjuraría. Los grupos no sólo aparecían divididos, sino con

resentimientos y recelos los unos de los otros, lo que había dado lugar a un estado de opinión en el país de

agudo malestar y desconfianza, que ofrecía caracteres alarmantes, pues empezaron a manifestarse señales

de descontento en diversos puntos de España.

Entonces Su Majestad convocó a los principales jefes de partido, y de tal forma les recordó los deberes

que todo buen ciudadano tiene para con la patria; con tal persuasión les hizo presente lo que el país

esperaba de aquella reunión, y tal confianza mostró en que habrían de deponerse resentimientos y

rencores en momento tan solemne, que él era el primero que para salvar a su patria estaba dispuesto a

hacer los mayores sacrificios, y creía que todos debían seguirle por este camino, consiguiendo con estas

palabras que se formara el Gobierno.» Esta actitud de Alfonso XIII demuestra hasta qué grado llevó su

patriotismo y aun su fidelidad constitucional. «¿De qué se le acusa concretamente a Don Alfonso XIII? —

preguntaba el ilustre escritor Manuel Bueno—. ¿De haber puesto el veto a alguna ley sabia? No. ¿De

haber retirado su confianza a un Gobierno con mayoría en el Parlamento? Tampoco. ¿De haber influido

solapadamente sobre la parte permanente del Senado para dificultar una obra de Gobierno? Menos.

Entonces ¿de dónde proviene el rencoroso desvío con que le tratan ahora algunos de los hombres públicos

que le prestaron la constante asistencia de sus consejos y de su labor?»

Si la obra que comento es un sagaz estudio no sólo de la persona del Rey, sino de toda su época, alcanza

límite admirables en las páginas dedicadas al Ejército. Porque, es muy importante no olvidarlo, Alfonso

XIII sentía un amor profundo por los Institutos Armados, sólo comparable como el que sentía por su

Patria y por su madre. Como escribe Cortés-Cavanillas: «Alfonso XIII era militar hasta la entraña. Militar

no en el aspecto decorativo de sus uniformes de supremo jefe del Ejército, sino en la médula de sus

virtudes tradicionales. Por eso, el honor español y castrense tenía un altar mayor en el corazón del

Monarca. Si su escepticismo por las ideas liberales de la época fue siempre notorio y visible, por su

ausencia de disimulo, en cambio su amor por la milicia le hizo proclamarse a si mismo, con altivo

orgullo, el "primer soldado de España". Este amor a la milicia y esta insobornable vocación por las tareas

del Ejército habría de constituir el arma que contra el Monarca esgrimiesen las malas pasiones políticas

de cada hora de su reinado. Comenzaron a tacharle de autócrata y militarista los incipientes defensores de

la dictadura del proletariado y los pacifistas cursis que hablaban pomposamente de la "majestad del poder

civil" y de la "soberanía nacional". Le llamarían después, despectivamente, "el Africano", porque a toda

costa y por la acción de las armas quería mantener el honor de España en las tierras marroquíes. Todo el

terrible delito de Alfonso XIII era considerar al Ejército como brazo armado de la Patria y,

consiguientemente, su afán se traducía en fortalecerle, en abrillantar sus prestigios, en conservar rígida su

disciplina, en defenderle de los agravios que le inferían los políticos de chistera y levita y los demagogos

de gorra y alpargatas, y en señalarle, con claras instrucciones, los caminos de su misión, en la paz y en la

guerra, en orden ai mejor servicio de España y de su augusta persona».

Y junto a todo ello, en esto apretado resumen de esta ejemplar biografía, las páginas dedicadas a contar el

exilio y sobre todo la muerte del Rey. Los párrafos que Cortés-Cavanillas dedica al tema son el máximo

exponente del más ejemplar y severo reportaje periodístico. Entresaquemos un ejemplo:

«Entra el padre López llevando los óleos sagrados, acompañado del conde de los Andes. Mientras, en el

salón contiguo, la Reina, el Principe, Don Jaime y las infantas Beatriz y María Cristina, con muchos

acompañantes, rezan el rosario y la jaculatoria de los moribundos, el Rey, con voz dulce, dice:

—Padre, me ratifico en el dolor de mis pecados, perdono a todo el mundo y le ruego me dé la absolución.

Al conde de los Andes, estremecido por la pena, le tiembla en su mano derecha la vela litúrgica. Su

Majestad, con los ojos muy abiertos, ofrece sus manos al sacerdote para ser ungidas. Las finas y bellas

manos, que iba afilando la muerte y que un dia rigieron a España... Las manos que firmaban con gozo

cristano el indulto de los reos condenados a la pena capital... Las manos que se agitaron miles de veces en

saludo a las multitudes enardecidas por todas las tierras españolas... Y, como fortalecido por aquel óleo

santo, el Rey contesta con todos a las oraciones, y, mientras las voces se rompen por los sollozos

contenidos, la del Monarca es límpida, con sonido de plata. Y repite con el sacerdote:

—«Egredere, ánima christiana.» «Sal, alma cristiana, de este mundo en el nombre de Dios Padre

Omnipotente, que te creó; en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por ti padeció; en el nombre

del Espíritu Santo, que te fue dado...»

Hay, pues, calor humano, profundo respeto, sincera emoción. Y como ha escrito Juan Ignacio Luca de

Tena en el prólogo: «Hay dos maneras de ser monárquico: por tradición y sentimiento, una; por

convicción y razonamiento, otra. Pero poco valen, separadas, la una y la otra. El respeto y la tradición a

los orígenes de nuestra nacionalidad; las tristes experiencias sufridas por España cada vez que ha

pretendido apartarse de su manera de ser histórica; el sentido de continuidad, absolutamente compatible

con las mudanzas de los tiempos que pueden aconsejar diferentes procedimientos de gobierno; el hecho,

tan conveniente para la paz interior, de que la suprema Magistratura del Estado sea provista por la

Providencia y no debida a la elección de los hombres; todas las virtudes y ventajas que para España tiene

el régimen monárquico resplandecen en las páginas de historia que ha escrito Cortés-Cavanillas, tanto

como su amor a la dinastía y por aquél, tan calumniado, a quien España comenzó a hacer justicia el día en

que amanecieron vestidos de luto los balcones de Madrid, llorando su muerte.»

Quedan, con lo transcrito, hechas las mejores alabanzas de la obra.

J. M. R. G.

(Dibujos de CAÑIZARES)

 

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