Autor: Crespo García, Pedro. 
   De colegios profesionales     
 
 ABC.    08/05/1975.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

MERIDIANO NACIONAL

DE COLEGIOS PROFESIONALES

EXTRAÑEZA.—A más de un lector habrá extrañado la reacción de algunos estudiantes de Arquitectura,

la n z a n d o huevos en el Palacio de Congresos de Madrid, donde se celebraban las sesiones del

duodécimo de ia Unión Mundial de Arquitectos.

E! motivo venia fundamentado en el texto del anteproyecto del decreto que desarrollará —si no se le pone

remedio a tiempo— la ley de Colegios Profesionales. Algunos puntos del mentado anteproyecto —más de

setenta folios mecanografiados en total— han llevado la inquietud no sólo a los profesionales liberales en

general, sino también a los que piensan serlo en un futuro inmediato.

COLEGIACIÓN Y DEPENDENCIA La colegiación —de aparecer el texto que conocemos en el

«Boletín Oficial del Estado»— no será obligatoria para los profesionales que presten servicio a (a

Administración o sean funcionarios públicos; los Colegios no tendrán más ingresos fijos que los

correspondientes a las cuotas de sus colegiados, y los acuerdos que tomen podrán ser suspendidos por la

Administración —de gobernador civil para arriba— si ésta los considera nulos de pleno derecho.

Miguel Fisac ha afirmado que con la aplicación de la ley se van a destruir los Colegios Profesionales. Los

estudiantes han manifestado también su desaprobación contundentemente. Son ahora los presidentes de

los Consejos Nacionales quienes tienen la palabra para elevar una protesta conjunta a la Administración.

Y es que en este país no escarmentamos nunca. Se aprueban o promulgan leyes de bases con mayor o

menor alegría y luego, al llegar el desarrollo articulado de las mismas, llega el freír. Porque la ley que

ahora duele es de 13 de febrero de 1974, un día después del señalado como histórico por un cierto espíritu

político que algunos ven con su linea —vertical, por supuesto— más bien quebrada.

RECONCILIACIÓN. — Dolorosa-mente sospechoso resulta que algunos políticos de ese centro que

pide una reforma o un período constituyente, cuando no un cambio democrático; ese centro sembrado de

demócratas fronterizos —y no se entienda aquí ningún sentido peyorativo—, en el que muchos tienen

puesta su atención, insistan en un postulado fundamental como si acabasen de descubrirlo, gritándolo a

los cuatro vientos cual si de nuevos Rodrigos de Triana se tratase.

Así, se pide —Cisneros— una España en cuya vida política no tengan sentido los conceptos de enemigo,

trinchera o bando; se afirma —Silva— que hay que terminar con los ajustes de cuentas entre la clase

política, y se solicita —por conducto reglamentario y. por algún procurador que otro— que los Desfiles

de la Victoria —ya han comenzado las obras de las tribunas en la Castellana— apeen su apellido en honor

de la reconciliación.

A cualquier observador apartado del complicado tablero donde se desarrolla el juego político, esta

sucesión de afirmaciones que creía pasadas, casi de otra época, veinte o treinta años atrás, le llevan a una

cierta y amarga realidad. Que la normalidad, que la tranquilidad, que la ausencia de revanchismo cuando

llegue el relevo —y especialmente poco antes de que se produzca— nos va a costar sudores.—Pedro

CRESPO.

 

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