Autor: Muñoz Alonso, Alejandro. 
 Alejandro Muñoz Alonso. 
 UCD, en busca del tiempo perdido     
 
 Diario 16.    21/05/1982.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 15. 

UCD, en busca del tiempo perdido

Las elecciones de Andalucía están sirviendo de revelador para la crisis radical que sufre el partido del

Gobierno. Todo hace prever que la semana que viene UCD sólo tendrá dos opciones: la vuelta al

progresismo moderado y la autodisolución.

La inminencia de las elecciones andaluzas y el temor a que se materialicen los sombríos augurios de los

sondeos están llevando a dirigentes y militantes de UCD al límite de la más absoluta desesperanza. Se

sugieren ya, para una vez apurado el cáliz andaluz, distintas estrategias de reconversión del partido en un

intento de salvar del naufragio algo más que el honor y con el pío propósito de recuperar el tiempo

perdido estos últimos meses.

A estas alturas ya no cabe ocultar que la operación de afianzamiento del partido simbolizada por la doble

presidencia de Calvo-Sotelo se ha saldado en un fracaso. Los ejecutivos de UCD no han sabido responder

al reto que se les planteaba y que consistía en poner a punto y al día una fuerza política capaz, tiempo

atrás, de reunir más de seis millones de votos.

Abulia

El diagnóstico de los males de UCD era evidente desde hace meses y las mismas «fugas» de diputados

hacia la derecha y hacia la izquierda suponían, desde muchos puntos de vista, soltar un lastre más molesto

que otra cosa. La situación, pues, para el partido centrista a fines de 1981 era grave, pero no irrecuperable.

La abulia política de muchas semanas la ha hecho desesperada.

Una de las tareas prioritarias consistía en sanear el partido, librándole de los caciques locales, en muchos

casos meros arrivistas sin más convicción política que la defensa de sus privilegios y en no pocas

ocasiones, próximos a situaciones de corrupción para cuya aclaración nunca se ha hecho nada.

Estos caciques se han apoderado de los aparatos provinciales del partido y han arrastrado por los suelos la

imagen de UCD que bajo semejantes liderazgos hace risible su definición de partido reformista y de

progreso que apuesta por la modernización de la sociedad. Las propias convicciones democráticas de

algunos de tales personajes - pasados, a veces, sin solución de continuidad del franquismo a UCD-

suscitan más que prudentes dudas.

Muchos militantes del partido han intentado, desde dentro, oponerse a estas situaciones caciquiles y, en

ocasiones, ha surgido el conflicto. Y en todos los casos, los órganos centrales de UCD. se han inclinado

por la parte menos sana, apostando, en nombre de un mal entendido principio de autoridad, por quienes,

en las próximas elecciones generales, van a dejar a UCD en la estacada porque hay posibles «cabeceras

de lista» que al elector medio le sugieren" algo muy próximo al «vade retro».

Oficialismo

Por otra parte era preciso superar la etapa «oficialista» del partido llevando a cabo un indispensable

engranaje con la sociedad que hiciera a UCD sensible al latido social y portavoz eventual de esos amplios

sectores sociales tan lejos del conservadurismo de la derecha como del dogmatismo utópico o de la

concepción clasista y un punto colectivista de izquierda.

Unos sectores sociales que, no lo olvidemos, representan la mayoría del electorado, como muestran

reiteradamente las encuestas en las que el eje aparece situado siempre entre el centro y centro izquierda.

Tampoco en ese terreno han hecho nada los mandarines ucedeos, fracasados en la tarea de crear la red de

relaciones y simpatías que diera al partido una cierta vibración popular. La presencia del centrismo es

nula en los ámbitos juvenil, universitario, cultural labora, empresarial, y santos otros. Los dirigentes del

partido han estado más preocupados por sus rencillas internas, por menudos problemas de poder, por

operaciones a cortísimo plazo que por la ambiciosa tarea de establecer un programa centrista adecuado a

esta hora o por lograr una implantación social que hiciera de UCD algo más que las andaderas y

emanación de un poder cada vez menos poderoso.

Los propósitos de hacer un partido «abierto» se han quedado en buenas intenciones y la captación de

«independiente» tampoco ha dado frutos visibles. Atrincherados en una serie de pretextos, el juicio del

23-F, las elecciones andaluzas, las decisiones de Suárez... UCD ha dejado pasar todos los tranvías y ya

sólo le queda la oportunidad de coger en marcha un hipotético último tranvía que acaso haya pasado ya.

Lo grave del hoy todavía

partido gubernamental no es que esté en trance de perder el poder, coyuntura normal en un sistema

democrático, sino que no se encuentra capaz de afrontar el paso a la oposición; que podría suponer su

desarticulación definitiva. Aunque si no ha sabido hacer su propia catarsis a la sombra del poder, acaso,

no le queda más opción que resignarse á la desaparición o a una larga travesía del desierto de la que

saldría algo muy distinto de lo que hoy es. Lo peor de esta complicada situación es que se deja

desamparado a un enorme electorado que había sintonizado con el impulso reformista y del progreso que

UCD significó en su momento. Y como en la política también hay un «horror al vacío», el hueco que

UCD no es capaz de cubrir tendrá que ser ocupado por un nuevo partido o por los ya existentes.

Nada podía ser más apetecible para AP y el PSOE que repartirse amplias tajadas del electorado centrista,

pero, dejando aparte que siempre quedarían sectores inasimilables, nada bueno sería para una democracia

no consolidada que verse conducida al dualismo de una derecha y de una izquierda enfrentadas

solitariamente.

El centro sigue siendo necesario, aunque acaso en adelante ya no vaya a ser el macrocentro que fue UCD

sino un microcentro al estilo alemán. Es posible que haya llegado la hora de exclamar: ¡El centro ha

muerto, viva el centro!

 

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