Autor: Fuster i Ortells, Joan. 
   El gran miedo nuclear     
 
 Informaciones.    13/10/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EL GRAN MIEDO NUCLEAR

Por Joan FUSTER

AQUÍ, y en todas partes, la instalación de centrales nucleares suele ser recibida con actos de protesta más

o menos elocuentes. Y es lógico que así ocurra. Al principio, cuando de una manera casi seductora se

hablaba de las «aplicaciones pacíficas de la energía atómica», nadie se apresuró a decir nada: incluso la

idea, de aplicación todavía remota, pudo despertar ciertas ilusiones. Ahora, situados ante la inminencia de

unos riesgos obvios, la gente se echa a temblar y pone el grito en el cielo. En el fondo, tampoco ha

habido, desde los niveles oficiales, una estrategia informativa acerca del tema, lo suficientemente

persuasiva como para que la ciudadanía vea las centrales sin unos recelos lindantes con el pánico. La cosa

se plantea, por tanto, en un plano de ambigüedad poco satisfactorio. El fantasma de las bombas

apocalípticas, el peligro de contaminaciones fatales, de accidentes inimaginables, el mismo carácter

«misterioso» que para las muchedumbres tienen la ciencia y la tecnología actuales, contribuyen a la

desconfianza popular. El aprovechamiento demagógico de todas estas circunstancias, y de alguna más,

resulta fácil: facilísimo.

Desde luego, yo no quisiera tener en mis cercanías un tinglado nuclear, ni grande ni pequeño. Y clamaré

para que me lo alejen, si el caso se presenta. Pero sospecho que con ello el problema subsistirá intacto.

Porque el problema consiste, de entrada, no en «dónde» han de erigirse las centrales, sino exactamente en

si dichas centrales son «necesarias». El «dónde» puede ser una cuestión discutible, y el «cómo», por

supuesto: sitio y garantías de seguridad admiten debate, y, quizá, soluciones pasablemente aceptables. La

«necesidad» es otro asunto. No basta gritar: «¡No a la central nuclear de X!», o a la de «Y», o a la de «Z».

Se trata de saber si las centrales nucleares son o no imprescindibles. Curiosamente, tendemos a descartar

este enfoque. Como tantos otros. La técnica del avestruz, de poner la cabeza bajo el ala, no resuelve nada,

y hay que enfrentarse con las exigencias objetivas a que responde la «política energética» —pública y

privada— de determinados países. La producción de energía nuclear, reconozcámoslo, no es ninguna

broma capitalista, porque sí, estimulada en el ansia de lucro que estructura al sistema. O no es sólo eso.

La «necesidad» se establece en términos genéricos, y con perspectivas universales.

Empecemos por definirlo con un enunciado esquemático, o caricaturesco: la llamada «crisis de energía».

Se acaba el petróleo, advierten los expertos. Y las reservas conocidas —en manos feudales o

nacionalistas— y los monopolios que las trasiegan, aumentan los precios del crudo día sí, día no. Las

Administraciones de los espacios sin este material se ven agobiadas por un galopante déficit de sus

balanzas de pagos. La «energía nuclear» —«pacífica»— se presenta como una alternativa. ¿Cómo

eludirla? Sin duda, existen otras posibilidades. Las habrá. Las tendrán que buscar o que inventar.

Tampoco el uranio, el plutonio, o lo que demonios sea que alimenta las centrales, será inagotable. Pero,

de momento, ese es un remedio. Y la vida entera de las poblaciones medianamente industrializadas

descansa sobre una forma u otra de «energía», y más, cuanto más industrializadas. Dependemos de eso:

en el alimento, en la salud, en el confort, en la cultura, en la diversión, en la estricta supervivencia. A

menudo, la memez de los plumíferos de turno se despepita lanzando anatemas contra la «sociedad de

consumo». ¿«De consumo»? De poco consumo, por lo general. Pero ese poco, ¡significa tantas ventajas!

¡Y tan irrenunciables!

¿Quién renunciaría a...? A la farmacia y a la clínica, por ejemplo; o al modesto supermercado de la

esquina; o al transistor y a sus parientes mecánicos; o al cochecito para el trabajo o la excursión; o a lo

demás, desde la indumentaria al habitáculo. Romper con esas expectativas equivaldría a un regreso a las

cavernas: literalmente, al paleolítico. No existe la oportunidad de un término medio bucólico y artesanal.

Estas ilusiones tontas, que los románticos de la socio - ecología fomentan sin darse cuenta de lo que

hacen, no llevan a ninguna parte. O, repito, llevan al paleolítico. Es un absurdo total que los manifestantes

—bienintencionados— contra la central nuclear más próxima, cuando vuelven a sus domicilios con sus

pancartas, deseen continuar viviendo como antes: con su televisor o su tocadiscos o su teléfono, con su

aspirina o su pulmón de acero, con sus latas de comestibles, con sus libros deliciosos, con su automóvil

utilitario, con pañales para sus crios y vaqueros para ellos mismos, con... Bueno, ¿para qué seguir? Han

de escoger: o la caverna (sin candi les siquiera) o las nucleares. «Qui peixet vulga menjar, el culet s´ha de

mullar», dicen en mi pueblo. Pues eso.

Pretendo que se me entienda el razonamiento en su justo alcance. Mi impresión es que las centrales

nucleares son «necesarias». Esperemos que, alguna vez, de las cátedras y los laboratorios —y los

Ministerios— saldrá otra eventualidad generadora de «energía», y menos temible. Ahora, y tal como se

presenta el complejo panorama de la «economía» en que estamos inmersos, el «no» rotundo a la energía

atómica, «en sí», o «porque sí», es una bobada. Entre otras razones, porque, pese a todo, habrá centrales

nucleares por la fuerza de la «necesidad». La alianza que incluya desde los ecologoides burgueses hasta

los ácratas ingenuos, pasando por los troskos despistados, no logrará impedirlo. Lo de las centrales podrá

ser punto de polémica a escala de ubicación: mejor o peor aquí que allá. Únicamente eso. Hemos de

resignarnos a ellas, por el momento. Como a tantas otras opciones desagradables. Su uso «pacífico» :salta

a la vista. Su uso «militar», también. Pero así están las cosas. ¿Capitalismo, socialismo? No nos enga-

ñemos, eso es otra historia...

 

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