Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Escritos y fragmentos políticos (1)  :   
 De Francisco Javier Conde. Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1974. 
 ABC.    22/03/1974.  Página: 55-56. Páginas: 2. Párrafos: 7. 

«ESCRITOS Y FRAGMENTOS POLÍTICOS (1)»

De Francisco JAVIER CONDE

Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1974

Por José María RUIZ GALLARDON

Muchos de cuantos nos movemos por el tantas veces oscuro camino de la política

tenemos un deber de gratitud con el magisterio de Francisco Javier Conde.

Porque, efectivamente, a él debemos las primeras iniciaciones a este mundo de

específicos sabores, nacidas al calor de su docencia universitaria. Eran los

tiempos en los que el profesor explicaba doctrina política en el viejo caserón

de San Bernardo, apenas concluida nuestra contienda bélica y en pleno fragor de

la segunda guerra mundial. Fueron también las horas de dedicación a un más

depurado magisterio desde el escaño del Instituto de Estudios Políticos. Luego

vino su llamada a la diplomacia, y aunque perdimos contacto físico con él

durante largos años, no dejamos de ir conociendo su producción intelectual,

exquisita, como su trato, y siempre rigurosa. Por eso hoy, al ver publicados

en un primer volumen, anuncio de otro segundo, muchos de sus escritos nos

reconocemos en la claridad de su pensamiento como devotos discípulos. Decir,

pues, que del pensamiento de Javier Conde queda huella—y huella perfectamente

identificable— en nuestro propio y modesto bagaje intelectual, creo que es

significativo.

Significativo, en primer término, por lo que de personal hay en el especifica

modo de hacer ciencia y doctrina políticas en Conde. Es un autor inconfundible.

Naturalmente que tiene su propia procedencia—la ciencia jurídica alemana de la

preguerra, su devoción por Karl Schmidt, Hermann Heller y Rudolf Smend—pero, por

asi decirlo, trasvasada al solar hispánico. Hay en Conde—y ya desde su primer

ensayo sobre la obra de Bodino—como un especial cuidado en la disección

conceptual. Trata los temas more philosóphico —de ahí su admiración

justificadísima por la obra de Xavier Zubiri— y con un aire de cierto

distanciamiento.

Esa es la segunda de las características significativas en la obra de Javier

Conde; su afán de elevarse por encima de una realidad, la cotidiana, cargada de

significación política, pero también con el lastre de la pasión de cada día.

Ejemplo máximo de lo que digo lo encontrará el lector en el ensayo sobre el

caudillaje, aparecido en 1941 y que fue uno de los que más fama le otorgara

entonces. No me resisto a transcribir —en 1974— un párrafo, si no breve,

sustancioso y yo diría que hasta adivinador. Pido perdón por lo largo de la

cita. Habla Conde de las diferencias existentes entre Caudillo, Duce y Führer. Y

escribe:

«Hay por debajo de las diferencias cardinales que separan fascismo y

nacionalsocialismo un subsuelo ideal común nutrido en caudalosa vena de

pensamiento germánico: la teoría del espíritu del pueblo que forjó el idealismo

alemán. El subsuelo común condiciona inexcusablemente que ambos den solución

teórica parecida al problema político capital de todos los tiempos, hoy

dramáticamente agudizado; la inserción de la persona en la comunidad. En sus

prístinas fuentes pretende ser el fascismo idea religiosa que a los hombres ata

en comunión suprapersonal, en una "volonta objettiva"; el Estado, fuerza ética

que inunda la vida espiritual del hombre, forma y disciplina interna de la

persona total, impregnadora dela voluntad y del entendimiento, inspiración de la

persona humana viviendo en comunidad, hálito del alma, «ánima dell´anima».

Distingue el fascismo entre nación y pueblo. La nación es voluntad, «la efettiva

esistenza» de un pueblo, «coscienza attiva, volontá política in alto, realtá

etica». Es distinta del pueblo, que es «situazione di fatto piú o meno

inconsapeuole e inerte». Frente a ese pueblo sin forma, el Estado es «il custode

e il trasmettitore dello spirito del popolo cosi come fu nel secoli elaborato

nella lingua nel costume, nella cede». Y es el espíritu del pueblo puente de

legitimidad del poder del Duce.

En su voluntad toma carne y figura concreta la misteriosa entidad; en ella se

actualiza la «tradición de su pueblo», punto de irrupción del espíritu que se

hace realidad. Por su parte, pese a tas numerosas variantes de la doctrina

actual, la idea política nacionalsocialista opera con dos conceptos

equivalentes, en cuyo trasfondo alienta el mismo misterioso ser. Distínguese así

entre «pueblo político» y «pueblo plural» El Führer, como el Duce, es punto

esclarecido de irrupción del espíritu del pueblo, desde cuya voluntad se

construye la unidad política. Está impregnado de la idea; obra ésta a través de

él. En él se realiza el espíritu y se forma la voluntad del pueblo. En el

terreno de los principios, la auctoritas del Führer y la del Duce asientan sobre

el suelo metafísico del espíritu del pueblo. Analizadas así esas dos realidades

conceptuales, típicas de aquellos años, se pregunta el profesor, viniendo al

examen de lo español: ¿En que fundamentos ideales descansa la auctoritas del

Caudillo? La idea política española opera también con dos conceptos fácilmente

equiparables a los del pueblo político y pueblo plural, a saber: nación y

pueblo. Es el término «pueblo», se alza la nación, entidad históricamente

calificada por una empresa universal a realizar y la incorporación de voluntades

libres a esa empresa por el camino del entendimiento de amor.

Pero la identidad sólo es aparente porque el concepto español de nación no se

apoya en la categoría metafísica del «espíritu de] pueblo». El subsuelo

metafísico en que el concepto de nación descansa y en el que hemos de ir a

buscar el principio de legitimidad propio del caudillaje no es el «espíritu del

pueblo», sino la que es idea rectora de todo nuestro sistema actual de Derecho

político: la idea del destino. La auctoritas del Caudillo descansa en la

identidad de destino del que acaudilla y de los acaudillados; es decir, en la

identidad de destino del Caudillo y de España como nación históricamente

calificada por una empresa universal singular. No es el Caudillo punto de

irrupción del «espíritu del pueblo», sino destino personal concreto que

se ha identificado con el destino histórico objetivo de España.

Como vemos, era Javier Conde late siempre—y por eso tiene vigencia hoy—un

intento de justificación último de la política nacido al calor no de mitos más o

menos fastuosos, sino de realidades históricas permanentes.

Y ese es, y con ello termino, su tercer significado a mi juicio. Conde, lejos de

escurrir el bulto, apartado de todo intento de adulación circunstancial, es

siempre fiel a unas mismas constantes históricas. ¡Claro está que la realidad es

proteica y multiforme! ¡Naturalmente que habrá que analizarse en su mismo

devenir a veces alocado! Pero las guías de la razón, las pautas del propio

pensamiento, aquello que hacen de una obra que sea personal e inconfundible,

ésas están en Javier Conde desde su tesis doctoral hasta sus más recientes

escritos.

Y termino con un halo de nostalgia. Nostalgia de los viejos tiempos en que

teníamos, para suerte de nuestra generación, maestros como Javier Conde, que

hacían honor a su condición de universitarios: Enseñar a la juventud a

conducirse en la vida con arreglo a la máxima que él pone en boca de Zubiri: «La

metafísica muere cuando no hay metafísicos.»—J. M. R. G.

 

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