Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   La huelga (cara y cruz)  :   
 De Enrique Tierno Galván y Adolfo Muñoz Alonso. 
 ABC.    09/01/1975.  Página: 47-48. Páginas: 2. Párrafos: 6. 

9 DE ENERO DE 1975. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. 47.

«LA HUELGA (CARA Y CRUZ)»

De Enrique Tierno Galván y Adolfo Muñoz Alonso

Ediciones 99, Madrid, 1974.

Por José María RUIZ GALLARDON

DOS palabras de introducción. Ediciones 99 se propone, con el lanzamiento editorial de esta

obra, iniciar un camino que se ha seguido con notable éxito en otros países: presentar un mismo tema

tratado por dos autores diferentes y, a ser posible, de encontradas opiniones. Se pretende con ello

ofrecer al lector la cara y la cruz (de ahí el título genérico de la colección) de una misma cuestión, de

un sólo problema, dejando que sea él quien pondere las razones que asisten a partidarios y

contrarios. El procedimiento es viable y puede resultar eficaz. Dejemos constancia de ello.

El primer tomo de esta colección dedicado a la huelga, tiene dos autores eminentes por su indiscutible

preparación doctrinal: Enrique Tierno Galván y el recientemente desaparecido Adolfo Muñoz Alonso. El

tema - la huelga - es de enorme actualidad. Los autores se acercan a él con criterios muy distintos.

El trabajo de Enrique Tierno Galván es un alegato en orden a la demostración de esta tesis: «la huelga es

el mejor instrumento de los trabajadores para activar la lucha de clases y conseguir posiciones

beneficiosas en favor del progreso hacia una sociedad sin clases. No se puede admitir que se trivialice o

someta a las condiciones que desean los protagonistas del neocapitalismo. Mientras haya un mercado

regido por los principios capitalistas, la huelga es moralmente buena y social y políticamente

inexcusable». Además de lo anterior, además de constituir, como digo, un alegato en favor de la huelga,

el libro de Tierno es o casi podría llamarse, un manual del «buen» huelguista. El profesor Tierno explica

cómo deben ser las huelgas, cuáles sus limitaciones, los peligros que encierra, las aconsejables, etcétera...

(Un capítulo muy interesante es el que dedica el autor a las huelgas estudiantiles, reputadas como muy

valiosas, sobre todo si se saben interconectar estudiantes y trabajadores.) Es un libro marxista - aunque

contiene rectificaciones y puntualizaciones al marxismo ortodoxo - y está lógicamente bien construido.

Es decir, no es fácil encontrar fallos lógicos una vez que se parte de una premisa básica: que la sociedad

se instrumenta inexcusablemente en la dialéctica de la lucha de clases que, a su vez, es el único camino

hacia una sociedad sin clases, la huelga, así concebida, es siempre un paso hacia el futuro. La pregunta, la

gran pregunta es siempre la misma: ¿es cierto que la lucha de clases es el único camino capaz de lograr

una sociedad sin clases y que ésta, concebida como quiere el marxismo, es el mejor tipo de sociedad para

el hombre? Natural-mente no voy a fundamentar mi res puesta rotundamente negativa en el breve espacio

de tres columnas a este tremendo interrogante. Pero sí voy a subrayar algunas de las afirmaciones del

profesor Tierno para que todos sepamos a qué atenernos.

Tierno - fiel a una ideología que a las claras asume - afirma que «la seguridad, como mitificación del

orden, es uno de los grandes recursos de la clase dominante para que las cosas sigan como están y para

que sus intereses queden a cubierto de cualquier posible ataque, que supondría el desorden». Siendo esto

así, resulta que la huelga puede amenazar la seguridad y, por ello, aunque esta amenaza - junto a las de

tradición y sumisión y obediencia que permiten la continuidad - «produzca un profundo temor, es

necesario vencerle, tanto en los patronos como en los obreros, si se quiere que la huelga tenga

consecuencias constructivas y contribuya al proceso de extinción de la lucha de clases en cuanto a

fenómeno capitalista». En otras palabras, la seguridad, lo mismo que la tradición - a quien expresamente

se refiere - son instrumentos de opresión capitalista que hay que desterrar. Claro está que para el profesor

Tierno, tan malo es mitificar el orden como el desorden. Y no quiero caer en esa trampa que, por otra

parte, en la práctica - a la que él tantas veces alude como fuente de legitimación máxima - resulta

históricamente de muy difícil discusión. Por eso, a continuación, endulza o echa agua al vino de sus tesis,

diciéndonos - en subrayado - que «puede ocurrir y con frecuencia ocurre que la huelga significa más que

la introducción de un desorden, la de un orden circunstancial que permite la reorganización del antiguo

orden de acuerdo con los deseos e intereses de los trabajadores». El lector puede, pues, tranquilizarse. Se

trata - a través de la huelga - de sustituir un orden por otro. No de instituir o mitificar el desorden. Pero, lo

que ocurre es que ese nuevo orden - el establecido de acuerdo con los deseos y los intereses de los

trabajadores - ése no debe ya admitir la posibilidad de la huelga. Y así, páginas más adelante, nos afirma,

en la práctica de un caso concreto, lo siguiente: «He de referirme, por último, a la sinrazón revolucionaria

de las huelgas que se producen en los casos en que las instituciones democráticas necesitan de la ayuda

del proletariado. Un ejemplo actual muy valioso es el portugués. Portugal necesita configurar y asentar las

instituciones democráticas y es una conducta antirrevolucionaria entorpecer gravemente este proceso con

continuas huelgas reivindicativas o falsamente revolucionarias que las más de las veces están promovidas

por intereses revolucionarios.» O sea, lector, que al profesor Tierno Galván, la huelga le parecía muy bien

en el Portugal de Salazar y muy mal en el Portugal de Costa Gomes. Curiosa manera de discriminar ésta.

Lo que ocurre, la ver-dad subyacente, es que, presentada de uno o de otra manera, la huelga política -:

subrayo la expresión - sólo la admite Tierno para luchar contra sus enemigos ideológicos (léase

capitalismo o neocapitalismo), pero no para que el proletariado - ( el pueblo - exija lo que cree debe

corresponderle en un régimen no capitalista. ¿Por qué? Tierno no lo explica. Y nos deja ayunos con esas

tremendas contradicciones insalvables.

Desengañémonos. Todo lo que sea predicar «pacíficamente» la revolución viene siempre castrado porque,

una vez en el Poder, los hoy revolucionarios no dejarán que nadie ni se levante ni proteste ni tan siquiera

promueva una huelga contra ellos Por eso el profesor Tierno se cuida muy y mucho en decirnos que la

huelga es licita y moralmente inexcusable, pero sólo «mientras hay un mercado regido por los principios

capitalistas». Luego, no. Luego, cuan-do como en Rusia sea el Estado y su aparato económico marxista el

que regule la relaciones de producción, ¡ah!, entonces la huelga es ilícita, moralmente inadmisible :

política y socialmente intolerable. Admirable.

Dejaremos para otro día el comentario del libro del profesor Muñoz Alonso. - J. M. B. G.

 

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