Autor: Carrión, Ignacio. 
 Enrique Tierno Galván. 
 La Democracia parlamentaria, camino para el socialismo     
 
 Blanco y Negro.    26/04/1975.  Página: 5-8. Páginas: 4. Párrafos: 61. 

TRIBUNA ABIERTA

Con «Tribuna abierta» iniciamos hoy una serie de grandes entrevistas. Por esta sección desfilarán

personalidades políticas pertenecientes a los más varios sectores de la vida nacional. Los lectores de

BLANCO Y NEGRO tendrán así un panorama general de lo que piensan en la actualidad los principales

dirigentes de la política española. Naturalmente, nuestra revista no se identifica con lo que declaren los

entrevistados. El pensamiento de BLANCO Y NEGRO queda definido en sus editoriales. Abre esta nueva

sección Enrique Tierno Galván, catedrático ilustre, conocido dirigente socialista, intelectual de relieve.

Sus declaraciones a Ignacio Carrión son fuertes, claras y arriesgadas. Las hemos respetado íntegramente,

porque así lo exige el talente liberal de nuestra revista, para información objetiva y veraz de quienes nos

leen. Por supuesto, en muchos y graves aspectos no coincidimos con el profesor Tierno. Su entendimiento

socialista y agnóstico de la política y de la vida está bien lejos de nuestros propios planteamientos. España

necesita hoy una evolución política que nos permita organizar la moderación e incorporarnos plenamente

a la Europa unida. Un socialismo marxista podría entorpecer la difícil evolución que el país necesita, y

que debe hacerse, derrochando prudencia y realismo, desde la legalidad constitucional vigente. En

cualquier caso, las declaraciones de Tierno Galván, por su claridad, constituyen un documento

periodístico excepcional para saber en qué posición se encuentra este polémico y polemizado político.

Enrique Tierno Galván

LA DEMOCRACIA PARLAMENTARIA, CAMINO PARA EL SOCIALISMO

«No voy a salir al ruedo político» Sería pan para hoy, hambre para mañana.»

VESTIDO de gris oscuro, con camisa blanca y corbata de seda azul, el profesor Tierno Galván abre él

mismo la puerta de su casa y me lleva hasta una habitación que está en penumbra. Tierno enciende una

lámpara de pie y los libros que yacían en la oscuridad, muertos en sus nichos, resucitan a la luz.

Un reloj da cinco campanadas y otro, más allá del pasillo, las repite. Movido por un extraño resorte, el

profesor consulta la hora. Para un político de la oposición, consumado y activo socialista desde hace más

de veinte años, el tiempo debe vigilarse con atención: hay que actuar sin arriesgados adelantos ni

peligrosos retrasos.

Recuerdo una frase de Sender escrita en sus Memorias: «Desde que tuve el primer reloj, de niño, lo llevo

doce horas adelantado, en secreto». Pienso que muy poca gente tiene el valor de confesar debilidades

sincrónicas, y menos aún por escrito.

De espaldas a su mesa de trabajo, el ex catedrático de Derecho político se sienta frente a mí. Le observo:

su gesto, la mirada fugaz y penetrante, la asombrosa lentitud con que mueve sus manos sin ningún

temblor, con fría autoridad, son propios de un maestro de novicios. Y, sobre todo, la voz. La voz de

Tierno es humilde, nunca estridente o mitinesca. Creo, pues, hallarme en presencia de un revolucionario

de laboratorio, que elige las palabras con pinzas y las introduce con todo cuidado en la probeta

transparente de la frase.

ESTATUTO DE ASOCIACIONES

—Como socialista y político de la oposición —pregunto—, ¿qué valor otorga usted al Estatuto de

Asociaciones?

—El actual Estatuto es por completo insuficiente. Está concebido en un contexto no democrático y para

continuar ese contexto no democrático, El valor que le otorgo es el de su propia limitación: amplía sólo

las posibilidades del Movimiento. Supone simplemente un continuismo.

—¿Qué necesita, a su juicio, nuestro país?

—España necesita una revolución política y un profundo cambio en las estructuras económicas. La

revolución social se está haciendo por sí sola. La revolución política es necesaria para ponernos de

acuerdo con la revolución social y para que las instituciones económicas no sean el fundamento de unos

privilegios de clase y de una concepción ya inexistente en los países europeos.

«Socialdemocracia: complicidad del socialismo con los intereses de la burguesía.»

—Hay quien identifica revolución y violencia. Hay quien sostiene que lo primero es inalcanzable sin lo

segundo. ¿Qué piensa usted?

—Pienso que revolución y violencia no es lo mismo. Pero esto no lo ve el Estatuto de Asociación. Lo que

yo pienso refleja la idea de la inmensa mayoría del país, que hoy quiere instituciones democráticas al

modo europeo, desde las derechas hasta las izquierdas, dejando fuera los extremismos que no aceptan ni

los principios ni el funcionamiento de las instituciones democráticas.

—¿Está el país maduro para vivir un régimen democrático?

—Claro que sí. Es inadmisible decir lo contrario. Durante casi cuarenta años de régimen autoritario nos

hemos ido educando para la democracia. Hoy apenas hay alguien que no aluda a su necesidad.

DECLARACIONES DE HERRERO TEJEDOR

—En unas declaraciones a la Prensa belga, el ministro secretario general del Movimiento ha dicho que un

socialismo calcado de la social-democracia alemana sería aceptado por el Estatuto. ¿Ve usted posible la

creación de una asociación como la apuntada?

—Desde mi punto de vista, hoy no existe en España un contexto político en el que quepa la

socialdemocracia alemana, que parece que es el socialismo que el señor Herrero Tejedor aceptaría. No

hemos aceptado el Tratado de Roma; no disponemos de una separación rigurosa del poder ejecutivo y

legislativo: no existe sufragio universal, no hay pluralismo de partidos (el asociacionismo no es esto) y no

hay libertad sindical... ¿Seria posible la socialdemocracia dentro de este contexto?. Yo creo que el señor

Herrero Tejedor se refiere a un futuro próximo, no al momento actual.

—Suponiendo que, como usted cree, el señor Herrero Tejedor se haya referido al futuro, ¿estima que la

opinión pública española aceptaría una socialdemocracia al estilo alemán?

—La opinión pública española que se inclinara por el socialismo propiamente dicho no aceptaría la

socialdemocracia al estilo alemán. Nuestra infraestructura económica, nuestra condición de pueblo que se

ha decantado siempre hacia la libertad crítica, nuestra inclusión en el mundo mediterráneo y nuestra

historia de un siglo apuntan en otra dirección. Nosotros habríamos de ir a posiciones más claras y

diferenciadas. La socialdemocracia supone una complicidad estéril del socialismo con los intereses de la

burguesía. Esta complicidad sería aceptada difícilmente por la opinión pública española, que está cansada

de ambigüedades y confusiones que remedian muy poco.

—¿Va usted a salir al ruedo político, a pesar de las limitaciones del Estatuto? ¿Piensa en la conveniencia

de asociarse o cree que las circunstancias no se lo permiten?

—No voy a salir al ruedo político. Sería pan para hoy, hambre para mañana. Nosotros tenemos que buscar

soluciones que resuelvan los problemas, no que los apacigüen o eludan.

—En 1946, Indalecio Prieto, de quien me gustaría que usted hablara, señaló que en España no hacen falta

revoluciones cruentas para implantar soluciones socialistas: «Sencillamente —dijo—, con tener la mitad

más uno de los diputados pueden lograrse leyes». ¿Está usted de acuerdo con un planteamiento así?

—Estoy de acuerdo con la frase. Prieto era una persona inteligente, especialmente capacitada para la

lucha táctica y para la contienda parlamentaria. Pero no era un hombre de grandes ideas; no estaba

movido por un motor utópico. Entendía el socialismo como una reivindicación de los intereses de la clase

trabajadora y el aumento de bienestar de esta clase social. No veía el socialismo como gran concepción

del mundo, que lucha por el hombre libre en una sociedad sin clases. En resumen: Prieto no era marxista.

Era un socialista democrático. Y en esto coincido plenamente con él. Cualquier clase de socialismo,

aunque se llame comunismo, pasa necesariamente por la democracia pluralista.

OPINIÓN SOBRE SANTIAGO CARRILLO

—¿Aunque se llame comunismo?

—Sí, señor. Hoy es impensable imaginar en Europa una ocupación del poder por vías no democráticas. El

partido comunista lo sabe muy bien. Sabe que no tiene nada que hacer por otros caminos.

—¿Conoce usted a Santiago Carrillo?

—Le conozco personalmente desde hace alrededor de un año. Le conocí en Portugal, a raíz del

levantamiento del 25 de abril. Luego le he visto algunas veces.

—¿Dónde se ha entrevistado con él?

—Prefiero no responder a esta pregunta.

—¿Y qué impresión le merece el secretario general del ilegal partido comunista.?

—Me parece una persona equilibrada y sensata. Y creo que está plenamente convencido de lo que acabo

de decir: que para llegar a los fines del socialismo es necesario pasar por la democracia parlamentaria con

todas las garantías y derechos formales. Lo demás sería utópico. En España hay una gran masa

conservadora, perfectamente respetable, que tiene todos los derechos para participar en la convivencia

política y aspirar a una participación efectiva en las decisiones de poder. Pero me parece un disparate la

discriminación política de quienes aceptan los principios democráticos y la práctica de estos principios no

perteneciendo a la masa conservadora.

—Recientemente, el señor Gil-Robles declaró en BLANCO Y NEGRO que no era partidario de mantener

al partido comunista fuera de la legalidad, pues ello le otorga el beneficio de actuar clandestinamente.

¿Qué piensa usted?

—Creo que el partido comunista, en tanto en cuanto se mantuviese dentro del orden democrático y lo

defendiera, debería tener derecho a la legalidad. Es más: sería una garantía de esa legalidad. Su exclusión

de la contienda democrática sería un continuo loco de desorden.

—Entonces, ¿es usted partidario del retorno de Santiago Carrillo?

—Sería partidario del regreso a España de todos los exiliados políticos que acepten la democracia, y

cuanto antes, mejor. En política tenemos que llegar a la experiencia de las cosas antes de definirnos sobre

ellas.

—Entiendo que usted no advierte aspectos negativos, sino sólo positivos, ante la hipótesis de un regreso a

España de Santiago Carrillo. ¿Acaso le consta a usted que Carrillo está dispuesto a aceptar las reglas del

juego democrático? ¿No duda de la sinceridad del secretario general del partido comunista?

—Yo creo que el señor Carrillo aceptaría venir y respetar las normas de una contienda democrática. Sería

un paso adelante que permitiría a los españoles acabar de una vez con miedos míticos al tener completo el

panorama político del futuro, y creo, además, que sería el comienzo de una reconciliación total, para una

convivencia plena y ordenada. En éste, como en todos los asuntos, debemos pensar más en la nación que

en los partidos o en los hombres.

—Puesto que estamos dentro del tema, ¿puede decirme qué porvenir inmediato augura a la llamada Junta

Democrática?

—Voy a responder con toda claridad. A mi juicio, lo tiene bueno: todo pacto «inter clases» que intente

superar la violencia y busque un acuerdo para afianzar la democracia, sin excluir a nadie, es un esfuerzo

positivo que no puede tener mal futuro.

EL EJEMPLO DE PORTUGAL

—¿Considera que las fuerzas políticas opuestas al régimen de Caetano debían haber llegado a acuerdos

con suficiente anterioridad al 25 de abril? O dicho en otras palabras: ¿cree que un pacto entre aquellas

fuerzas, un pacto sólido, habría evitado tensiones y enfrentamientos como las que ahora existen entre

socialistas y comunistas?

—Respondo a esto que sí; a mi juicio, no hubo una relación suficientemente institucionalizada entre los

grandes partidos antes de que la democracia llegara a Portugal. Soares estuvo aquí, en mi casa, cuando iba

camino de una ciudad del Norte de España, poco tiempo antes del 25 de abril donde se reunió con

representantes de otros partidos de la oposición. Veían inminente la caída de Caetano. Esos pactos

podrían, efectivamente, evitar después hostilidades y malos entendimientos. Pero hay que hacerlos cuanto

antes y con tiempo suficiente. Y ésta es una lección que debemos tomar en cuenta las fuerzas políticas

españolas. Debemos tratarnos, entendernos y ponernos de acuerdo: la democracia no sólo hay que traerla,

hay que organizarla.

—En esa organización de la democracia a la que usted alude ¿qué ejemplo de país socialista merece

tomarse en consideración? ¿Suecia? ¿Yugoslavia? ¿China acaso?

—Hay que buscar un tercer modelo. Ni el nórdico es aplicable a países mediterráneos ni tampoco los

modelos renovadores del Este satisfacen plenamente. Debemos seguir nuestro propio camino. Por eso,

más que hablar de modelos hay que hablar de necesidades y buscar nuestras propias respuestas.

-Dígame, ¿tiene usted contactos políticos con el régimen?

—Ninguno. Conozco a personalidades del régimen. Pero, en cualquier caso, no tengo ninguna relación

política con el sistema.

«No soy creyente; soy agnóstico. Y no me siento solo ni aislado.»

—¿Ha hablado alguna vez con el presidente Arias?

—Nunca.

GIL ROBLES, FRAGA RUIZ JIMÉNEZ

—¿Qué opina del señor Gil-Robles?

—Que es un gran político práctico, con soluciones concretas; es inteligente y no ha perdido facultades.

—¿Y del señor Fraga?

—Es una persona capaz, culta, de impulsos, bastante joven para tener aún tiempo de romper las

limitaciones que el hecho de haber nacido y crecido políticamente durante la posguerra española le

imponen. Fraga tiene, a mi juicio, su porvenir como político en sus propias manos.

—¿Y Ruiz Jiménez?

—Es complicado definirle. Espera y sabe esperar en política. Pero ha de superar sus perplejidades, que

muchas veces creo que nacen del deseo de acertar bien.

—Y ahora, usted: hace diez años, el periodista Del Arco le preguntó si se creía un hombre del mañana. Su

respuesta fue que sí. ¿Sigue pensando lo mismo que entonces?

—Lo mismo. Me va a costar considerarme un hombre del pasado. Por educación y por instinto busco el

futuro. Quizá por eso algunos me llaman radical.

REVOLUCIONARIO Y NO REBELDE

—¿Quiere decir que el futuro le reserva un papel político importante?

—No lo sé. Eso depende no sólo de mí, sino de las circunstancias. Quizá el mañana sea oscuro, pero en

mi caso el optimismo es un deber político.

—Ortega dijo que el español más a mano es siempre uno mismo. ¿Usted cómo es en el fondo? ¿Es

creyente? ¿Se siente solo, aislado?

—No soy creyente, soy agnóstico. Y no me siento solo ni aislado. Tengo un grupo de amigos coherente,

firme, con el que me unen vínculos de recíproca confianza. Y también tengo relaciones con otros grupos.

No me gustaría ser ahora un lobo estepario.

—¿Nunca tiene pesadillas ni sueños políticamente truculentos?

—No, nunca. Duermo muy bien. A lo mejor es porque tengo la conciencia tranquila.

—Es una suerte. Y ahora dígame: ¿cuántas veces le han impuesto castigos políticos? Acabar, de retirarle

el pasaporte por asistir a la reunión de Estrasburgo. ¿No está desmoralizado?

—Mire, en 1957 estuve un tiempo en la cárcel. Antes me habían denunciado en varias oposiciones a

cátedra por no afecto al Movimiento, de acuerdo con los criterios que regían entonces; he sido multado

varias veces. En 1961 tuve que marcharme a los Estados Unidos porque me encontraba en una situación

muy incómoda con las autoridades académicas. En 1965 me expulsaron de mi cátedra de Salamanca, sin

derecho. Es tuve tiempo sin pasaporte y ahora vuelvo a la misma situación. Como usted ve, son

pequeñeces.

—Pequeñeces desde el punto de vista de un revolucionario o de un rebelde. ¿Se considera usted

revolucionario o rebelde?

—Revolucionario. El rebelde puede complacerse a sí mismo, pero eso no es nunca del todo satisfactorio.

El revolucionario busca a través de un proceso lógico satisfacer sus ideales y los de los demás. En este

sentido, la ética pide revoluciones y no rebeldías.

Ignacio Carrión.

FOTOS - SÁNCHEZ MARTÍNEZ

 

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