Franco, la O.N.U. y la U.R.S.S.. 
 Del realismo ajeno     
 
 El Socialista.     Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

EL SOCIALISTA

FRANCO, LA O.N.U. Y LA U.R.S.S.

DEL REALISMO AJENO

Es mejor y más político sacar consecuencias de las cosas que ocurren, que empeñarse en demostrar que

no debieran ocurrir. Así pensamos ante la entrada, no de España sino del Estado francofalangista en la

Organización de las Naciones Unidas, gracias a la incidental y sorprendente propuesta de la Unión

Soviética por la cual ésta reprodujo con modificaciones la que con su veto había rechazado el día anterior.

Consistía la modificación en conformarse con la eliminación de la Mongolia exterior en la lista de

candidatos, suprimiendo ella a su vez y como represalia otro de estos: el Japón. Nada había por parte de

Rusia contra la entrada de la España falangista, según ya se sabía desde hace algún tiempo.

El día anterior, cuando desechada la primera propuesta, todo parecía perdido, el periódico «ABC» —voz

del régimen, como todos ellos—, refiriéndose al caso, titulaba un editorial «España, nada pierde». Así,

pues, poco o nada esperaba el régimen en cuanto a beneficios prácticos. Se trataba de conseguir una

satisfacción moral ; pero en cuanto a esto, es de notar que en el mismo número de ese periódico, en el

despecho de esa víspera en que «estaban verdes», los titulares de la primera plana nombran a la O.N.U.

como «la Organización cuyo prestigio ha quedado más menguado que nunca». En efecto, muy a menos

ha venido el prestigio de esa Organización si pensamos en cuando se constituyó en ennoblecedora de la

política mundial según aquella su «Declaración Universal de los Derechos del Hombre». Para sentarse en

la O.N.U., el falangismo ha tenido que esperar a que se abaratasen mucho las entradas.

Sin embargo, aunque su admisión en la O.N.U. hubiera podido darle más prestigio que el tan

«menguado» que le presta, no es tanto en el exterior como en el interior del país en donde le hace falta al

Caudillo un prestigio que no podrán darle los protectores tan diversos y tan diferentemente interesados

que le han salido por el mundo. Uno de entre ellos impresiona profundamente a los espectadores de este

trapicheo internacional : la Unión Soviética. Ya se habían hecho los ánimos a las excesivas confianzas

que los Estados Unidos se toman con la democracia y con la justicia que dicen defender; pero parecía

excesivo e imprevisible que Rusia pudiese declinar su antifascismo y abandonar el partido de los pueblos

contra los tiranos apoyando a Franco para entrar en la O.N.U. y hasta poniendo en tan desventajoso

contraste su democracia «popular» con la democracia a secas de otros países, como son Bélgica y Méjico,

que, al menos, se han abstenido de votar en favor de la solicitud del Caudillo.

Quienes se extrañan por lo que ocurre deben tener en cuenta que a la Unión Soviética le interesa cada vez

menos mantener ese pontificado tan rico en dogmas que así atrajo hacia ella a quienes padecen las

injusticias del mundo. El desenvolvimiento de sus intereses nacionales la lleva cada vez más hacia el

«realismo», ese concepto —o palabra— que, saliendo del cuadro de las doctrinas filosóficas, sirve ahora

para cubrir ventajosas inadaptaciones a la justicia, a la moral y, en fin, al ideal que se dice defender. Sin

duda la Unión Soviética puede justificar su conducta dentro del materialismo de la historia; pero así es, y

acaso así debe ser. Más fácil será ordenar el mundo en un equilibrio de intereses que en un equilibrio de

generosidades; pero a condición de que cada cual defienda su propio interés para contener las

extralimitaciones del interés ajeno.

Es admisible y aun digno de elogio encontrar guías al idealismo propio en donde quiera que estén. El

ideal, cuando es puro y está por encima de los intereses prácticos, puede considerarse como propio allí en

donde brille, aunque sea más allá de las fronteras y aun muy lejos de ellas. Pero los ideales, cuando llegan

a encarnar en una política triunfante, corren grave riesgo de quedar subordinados al Poder y hasta de

acabar naufragando en el «realismo». Entonces, es absurdo que quienes desde lejos no participen en los

intereses nacionales de tal Poder realista, continúen —por una especie de inercia moral— afectos en su

caída a ese que fue y que ya no es un ideal. Y ello es más absurdo todavía cuando ese realismo ajeno es

contrario a los intereses propios.

Tal es la situación de quienes fuera de Rusia, por ser comunistas, se consideran forzosamente afectos al

pontificado de Moscú. Tal es singularmente el caso de los comunistas españoles, puestos a prueba en algo

tan grave y fundamental para ellos como el trato y el apoyo —en este y en otros episodios— dado a

Franco por la Unión Soviética. Podrá ésta sacar ciertas ventajas de tal conducta pero esos españoles ¿la

seguirán ciegamente hasta en esa dura manifestación de su... realismo?

Humano es, aunque no espiritual, ser realista del realismo propio ; pero es estúpido —por lo menos

estúpido— ser realista del realismo ajeno.

 

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