Política marroquí. 
 Franco se quita la careta     
 
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EL SOCIALISTA

POLÍTICA MARROQUÍ

Franco se quita la careta

Marruecos vive desde hace días en plena e inusitada actividad política. Partidos y organizaciones se

reúnen y prodigan sus declaraciones. Todos rivalizan en ofrecer programas más progresivos. El propio

sultán habla de establecer una monarquía constitucional y de celebrar elecciones libres. Por de pronto, la

formación de su primer Gobierno resulta tan laboriosa como en cualquier país europeo de vieja tradición

democrática. Pero a través de tantas y tantas declaraciones y de tantos y tantos proyectos para el futuro,

todas las fuerzas representativas marroquíes coinciden, por lo menos, en dos cosas: en su voluntad de

restaurar la unidad de Marruecos y en hacer efectiva su más completa independencia.

El propio sultán ha concretado estas dos aspiraciones en los siguientes términos:

«La restauración de la unidad marroquí —ha dicho el sultán— es el objetivo que todos perseguimos.

Nosotros esperamos —ha añadido el sultán— que España, que no ha cesado de hacer promesas al pueblo

marroquí, las cumplirá ahora que Francia ha reconocido el principio de la independencia de Marruecos.

Nosotros esperamos, pues, —ha concluido el sultán— que España siga ese ejemplo reconociendo la

independencia del territorio puesto bajo su influencia.»

¿Qué hará España ante esta petición del sultán?. La contestación del general Franco, Protector no sólo de

Marruecos sino de todo el mundo árabe, no se ha hecho esperar, puesto que ante cinco periodistas

americanos declaró que «Francia cometía un grave error tratando de introducir métodos democráticos en

Marruecos».

Franco, queriendo subrayar la ignorancia de los franceses en estas cuestiones, añadió que « la

independencia de Marruecos habrá que darla gradualmente, pues si se le concede con demasiada rapidez,

no tendría efectividad». Continuando su lección, afirmó que «el principal problema de Marruecos estriba

en la falta de unidad de los marroquíes, pues están formados por una clase media urbana, una población

obrera y una población rural indisciplinada». «Sería aventurado —añadió Franco— pensar que los

marroquíes son capaces de imponer ahora el orden y la paz en su país. Por lo tanto —concluye Franco—

se comete un grave error al pretender implantar en Marruecos, cual va a hacer Francia, sistemas

democráticos». Todavía quiso Franco asombrar un poco más a los periodistas americanos con sus

profundos conocimientos marroquíes y les habló de la compleja situación del sultán, que es una autoridad

política y al mismo tiempo una autoridad religiosa por ser descendiente del Profeta, lo que hace más

difícil su substitución.

Ya lo sabe, pues, el sultán. Ya sabe a qué atenerse respecto a Franco, a quien se apresuró a dar

las gracias por la ayuda que le había prestado durante la lucha armada contra Francia para recuperar su

trono y conseguir la independencia de Marruecos.

Ya lo saben también quienes se refugiaron en Madrid y, alentados por las autoridades franquistas,

instalaron su Estado Mayor en la zona española y se sirvieron de ella como base de operaciones para

desencadenar la guerra del Rif.

Mientras se trataba de crear dificultades a Francia, las promesas de los franquistas no tuvieron límite.

Eran para... mañana. Pero hoy que Francia ha concedido el principio de la independencia en su zona de

Protectorado, Franco, no sólo reniega sus pasadas promesas para su zona, sino que, alarmado, acusa a

Francia de cometer «un grave error» al querer democratizar Marruecos. Lo que no es obstáculo para que

la guerra del Rif continúe y continúen los rebeldes utilizando la zona franquista como base de

operaciones.

Pero, después de todo, Franco es consecuente consigo mismo. ¿Cómo se quiere que suprima su Protec-

torado en Marruecos cuando lo ha agrandado extendiéndolo sobre toda España?. ¿Cómo ha de pensar en

un régimen constitucional para Marruecos si el que había en España lo suprimió él a cañonazos?. ¿Cómo

ha de aceptar elecciones libres en Marruecos si no las quiere para España?. ¿Cómo, por último, ha de

desear que el pueblo marroquí pueda, por ser esa su voluntad, destituir al sultán, cuando sabe el valor

pernicioso del contagio?. Nada de todo eso. Ni hablar. Y si ha hecho una alusión al carácter religioso de

la autoridad del sultán, no vaya a creerse que ha sido por respeto al Profeta. Lo ha hecho porque también

él, Franco, es Caudillo, si no de origen divino, si «por la gracia de Dios», como humildemente, y sin que

se haya escandalizado la Iglesia, ha mandado inscribir en las monedas de cinco pesetas.

Franco, repetimos, es consecuente consigo mismo. Su «voluntad de Imperio» le obliga a que sean

esclavos todos sus súbditos. Su actitud en Marruecos no puede sorprender y menos engañar a nadie.

Frente a esa actitud, nada tan oportuno como recordar las nobles palabras de nuestro inolvidable Fernando

de los Ríos en Tetuán —que se han exhumado estos días— durante el viaje que hizo, siendo ministro de

Instrucción Pública en diciembre de 1931.

«Habéis de saber —decía Fernando de los Ríos— que Marruecos pertenece a los marroquíes y que

España tiene la obligación de instruirlo y de educarlo hasta que llegue a la madurez de su espíritu. Los

marroquíes deben ser los primeros en su país y vosotros, españoles, debéis situaros en segunda fila,

conservando a los de la primera la posición natural que les pertenece, respetando su conciencia, sus

costumbres y sus leyes y siendo para ellos apoyo y hermanos.»

 

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