Autor: Alonso-Lasheras, Antonio. 
   Socialdemócratas que se resisten     
 
 Diario 16.    23/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Socialdemócratas que se resisten

Antonio Alonso-Lasheras

Miembro del Partido Social Demócrata

El innegable interés objetivo de la continuada polémica en estas páginas entre socialdemócratas digamos

confesionales y miembros del ala moderada del PSOE se ha resentido, en más de una ocasión, de un afán

de enzarzarse en cuestiones personales y domésticas de dudosa oportunidad. Los argumentos ad haminem

se han reiterado, lo que, entre personas tan próximas en el plano ideológico e incluso personal, no deja de

producir algún desconcierto, especialmente en este momento. Pues ante una situación revuelta e incierta,

como la actual, y en vísperas de las primeras elecciones legislativas después de cuarenta mal llamados

años, se impone la reflexión clarificadora; se impone dirigir los propios esfuerzos frente a los verdaderos

sectores a batir en las próximas elecciones, y no frente a quienes se sienten animados de unas aspiraciones

coincidentes en sus puntas esenciales.

Entiendo perfectamente válida la opción de quienes sostienen que el lugar de los socialdemócratas

genuinos está en el PSOE, en cuyo espectro ideológico debe tener la socialdemocracia no sólo un sitio,

sino una verdadera importancia e incluso, a mi juicio, un protagonismo si no quiere pasar a un papel de

segundo orden en la escena política. Ahora bien, me parece escasamente sensato que quienes asi piensan

arremetan airadamente contra quienes hemos preferido adscribirnos a un partido socialdemócrata

declarado, que de cara a las elecciones va a hacer causa común con otros grupos de centro e incluso de la

llamada con fortuna derecha civilizada. ¿Resulta acaso sorprendente o falto de coherencia que un

socialdemócrata se niegue a militar en las mismas filas de quienes aún defienden la dictadura del

proletariado y la destrucción de la familia? En aras de la democracia interna del partido, el PSOE puede

albergar tanto a quienes predican tales despropósitos, como a personas y grupos afincados en posturas

socialdemócratas. Pero digo yo que no tiene por qué producir escándalo, ni considerarse una claudicación

vergonzante, que otros socialdemócratas nos resistamos a afiliarnos a un partido que dé cabida a

enemigos declarados de la democracia (puesto que propugnan la implantación revolucionaria de una

dictadura) o que pretenden acabar con la familia, así sin matizaciones. Porque bien está que se reclame la

libertad para que quien lo desee deshaga su propia familia; pero no acierto a entender que el progreso

histórico pueda exigir imperiosamente que yo tenga que romper con mi mujer y mis hijos.

La opción, en definitiva, de quienes reclamándonos socialdemócratas nos negamos a adscribirnos al

PSOE o a otros partidos marxistas me parece que debe merecer, al me nos, algún respeto. Quienes

impugnan esa alternativa harían mejor, digo yo, en dirigir sus esfuerzos contra la derecha recalcitrante o

en neutralizar al sector revolucionario del PSOE que en arremeter contra quienes se encuentran más

cercanos a ellos en cuanto a sus objetivos políticos, aun cuando difieran en su opción más inmediata.

Me parece suicida no tomar conciencia de que las elecciones están a la vuelta de la esquina y de que el

peligro de que pueda triunfar la derecha continuista que integra la Alianza Popular no es para echar en

saco roto. Lo que sí está fuera de toda duda razonable es que no triunfarán los alucinados que propugnan

la dictadura del proletariado y que la presencia en un partido serio de tales personas no hace más que

alimentar la clientela de Alianza Popular. Habría que preguntarse cuántas votos se están sumando a la

Alianza Popular cada vez que en un acto público un grupo del PSOE se desahoga, quizá incluso creyendo

que así colaboran a la causa democrática, gritando a coro: "España, mañana, será republicana."

Cuando el país tiene al alcance de la mano la posibilidad de contar con un régimen político democrático,

de acabar con la maldición de las dos Españas —una de las cuales ha de helar de forma ineluctable el

corazón del español recién llegado al mundo— resulta un auténtico despropósito perderse en querellas

domésticas, puesto que la causa de los contendientes es la misma: la democracia pura y simple, sin

calificativos, que no hacen más que negar su virtualidad. Causa que únicamente no comparten quienes se

aferran a la dictadura, sea quien sea el dictador de turno, quienes se complacen en infantiles e

irresponsables excesos verbales y quienes pretenden la perpetuación de un régimen autoritario puesto al

día.

 

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