Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Carta abierta a un monárquico de siempre  :   
 De Miguel Veyrat. Ediciones 99 S.A.. 
 ABC.    07/06/1973.  Página: 67-68. Páginas: 2. Párrafos: 7. 

A B C. JUEVES 7 DE JUNIO DE 1973. EDICION DE LA MAÑANA.

CARTA ABIERTA A UN MONÁRQUICO DE SIEMPRE

De Miguel Veyrat

Ediciones, 99 S. A.

Por José María RUIZ GALLARDON

QUERIDO Miguel: He leído de un tirón tu «Carta abierta a un monárquico de siempre... ¡Que bien

escribes, Miguel! Permíteme que esta crítica la haga también en forma de carta abierta. Así nos

entenderemos mejor todos.

Tu autobiografía —porque autobiografía es, Miguel— me ha apasionado. Yo, que soy un hombre de la

generación de los 40, he vivido muy de cerca la vida de los de tu promoción. No en balde he pasado

dieciséis años de simple profesor en la Universidad de Madrid. Creo conoceros bien y me parece justo el

retrato que de vosotros tú haces. Es verdad, muy verdad lo de la falta de formación política, lo de

«ninguna formación o educación, lo de sólo Epis, Zarras y Gainzas, que hoy son Amancios y Pirris y han

sido Genios...». Como es verdad, muy verdad esa vuestra preocupación fundamental por el hombre, por

todo hombre por el simple hecho de serio, por su libertad. ¡Qué hermoso es poder leer y cómo crea el

espíritu párrafos como el que sigue!: «Imaginate que este año, año en que tengo ya dos o tres libros

publicados, que tengo ya una hija de siete años y medio, he querido matricularme en primero de

Sociología. ¡Ahora! Si, ahora en que quizás ya sea tarde. Ahora en que jóvenes y altos barbudos de diez

años menos que yo saben ya mucho más sobre el tema, en que pueden dar sopas con honda a todos

aquellos que por desgracia han perdido ya la ilusión en estos temas. Todos aquellos que, como tú —no,

como tú, no—, están en sus bufetes de abogados, en sus fábricas, en sus puestos de trabajo, serios, muy

serios, pensando en cómo ganar 10.000 pesetas más al mes, en cómo comprarse el «segundo coche» o la

«segunda casa», toda esta generación que, salida de la Universidad, donde acaso creyeron participar

en algo, donde acaso pensaron en contribuir en algo a que el pais creciese, están ahora aburguesados,

quietos, corno... sí te iba a decir «comme un betail pensif» como aquellas mujeres de las flores del mal

baudeierianas, como un ganado pensativo que rumia, rumia, rumia, pero rumia sobre todo en cómo no

perder lo conseguido «con tanto asfuerzo». Y yo no quiero ser una de ellos. Javier, quiero tener el corazón

joven y alegre, quiero alegrarme ante la primavera, quiero ser capaz aún de dar saltos por los montea, de

creer en el futuro, de..., de... qué sé yo, de ser joven todavía, facultad que sé, que siento que voy

perdiendo lentamente».

Es hermoso pensar asi a tus años, Miguel, y a todos los años. Como es hermoso ver levantarte el sol

cualquier mañama con la misma ilusión que el primer día.

Pero no eres del todo justo, Miguel. Tu «carta abierta» no es, no está dirigida a un monárquico de

siempre. Es mis bien la carta abierta de un monárquico de nunca. Yo, que me incluyo entre los primeros,

sé de sus muchas frivolidades. Pero sé también de su pasión generosa, de su lúcida comprensión de la

institución para que todos los españoles, todos, Miguel, podamos entonar juntos y armónicamente un

noble canto a los valores que predicas en tu libro. Entre los monárquicos de siempre hay muchos, Miguel,

¡muchos!, que lo somos de razón, no por mor de una tradición familiar o un snobismo a la violeta. Somos

muchos los que hemos creído que este país, tan huérfano de instituciones, necesita precisamente de la

Monarquía para asegurar la paz y el desarrollo. Y que ese desarrollo no es sólo el económico, sino

también y antes sobre todo antes el político, la verdadera educación ciudadana, el respeto a los demás, la

libertad de realizarse a uno mismo y manifestarse como en realidad se es. No. No todos los monárquicos

de siempre son como el destinatario de tu carta; ni sus ambiciones quedaron podadas por sus «triunfos»

económicos ni sus esposas son como la Agueda de tu libro. En eso te equivocas, Miguel, porque

particularizas para generalizar luego lo que quizás haya sido sólo una vida concreta y personal.

Pero también ahí está el acierto de tu libro, Miguel. Precisamente en que no nos haces concesiones. En

que nos tratas por lo mucho malo que tenemos y hemos tenido: por nuestro conformismo, por nuestra

frivolidad, por nuestra escondida esperanza en que «es mejor que todo siga como está». Quien no vea en

esa critica tuya los propios defectos, no quiere verse en realidad tal como es. Pero, repito Miguel, también

hay otras cosas más limpias, mis nobles, más altas que a muchos monárquicos de siempre nos ha llevado

a serio y a seguir siéndolo. Hay una voluntad de servicio, hay un deseo de superación para siempre de

cualquier fratricida guerra civil, hay un afán de, integrarnos en Europa, de servir al pueblo, de darle

instrumentos válidos y eficaces para preservar la paz y promocionarse ciudadanamente.

Y hay sobre todo una voluntad constante de responder a tus preguntas. ¿Recuerdas? En la página 106 de

tu libro escribes: «—¿Cómo se va a hacer todo esto que se prepara? Si, reconozco una buena voluntad de

fondo, Javier la reconoce. Pero, ¿cómo será posible?

—Cuando se cumplan las Leyes Fundamentales en su totalidad verás.

Pero, ¿quién las ha de cumplir? ¿Un país que no tiene la más mínima preparación para ejercer la política?

¿Acostumbrado solamente a obedecer, acostumbrado ya a «recibir el premio» de un bienestar relativo?

¿Unos gobernantes a los que interesa sobre todo no comprometerse para no perder el puesto que ha caído

desde el «gran dedo nombrador?» No, por supuesto que no serán ellos. Estamos como al principio.

Javier.»

Pues no, Miguel, no estamos como al principio. Somos nosotros —y con nosotros todo el que quiera—

los que vamos a hacer verdad y buenas las Leyes Fundamentales. Somos todos —y con todos vosotros—

los que vamos a hacer imposible de una vez por todas que media España se imponga a la otra media. De

verdad, Miguel, que ésa es vocación ilusionada. Y para esa vocación ilusionada, Miguel, encontramos un

espejo en el que mirarnos, un ejemplo a seguir. El ejemplo de una familia, cuyo Jefe, hijo del último

Rey de España, ha vivido sólo para su patria. Y el espejo de un Principe cuya discreción y entrega a su

pueblo son absolutas. Son realidades importantes, Miguel, para todo monárquico, para los de siempre y

los de ahora. Y no vale, no es licito olvidarlas cuando se nos escribe una carta abierta a cualquiera de

nosotros.

De todas suertes, Miguel, gracias por tu carta. Aunque no comparta tu pesimismo. Aunque sea menos

montaraz que tú. Y menos poeta. Porque lo que si es cierto es que sigo siendo tu amigo.

J. M. R. G.

Dibujo de CAÑIZARES y OLABARRlA

 

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