El laberinto demócrata cristiano     
 
 El País.    03/06/1977.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

El laberinto demócrata cristiano

Todos los sondeos, por el momento, coinciden en predecir un escuálido resultado electoral para la

democracia cristiana española. Este ha sido uno de los datos más sorprendentes aportados por las

primeras encuestas, pues la corriente democristiana ha sido la que ha inspirado a gran número de partidos

de la derecha europea en el último siglo. También, en las escasas encuestas que se realizaban en los

últimos años del franquismo, la posición de la democracia cristiana salía con mejor imagen, en cuanto a

preferencias de un posible electorado. Pero, confrontada a una realidad concreta de elecciones inminentes,

estas esperanzas se han desvanecido.

¿Por qué? Las razones, en principio, son cuatro. En primer lugar, el electorado potencial de la derecha o

el centroderecha está siendo absorbido por opciones de otro tipo, que pueden ir desde la Unión del Centro

Democrático a Alianza Popular. Pues, en segundo lugar, no cabe duda de que la identificación de la

democracia cristiana oficial con el franquismo durante los últimos años —o, al menos, de sus principales

figuras— ha perjudicado a esta corriente en su imagen democrática, que algunos líderes incontaminados

han pretendido preservar, pero, por lo visto, sin grandes resultados. Al mismo tiempo, y esta es la tercera

razón, los programas de la DC son, a menudo, vagos, y en ocasiones, totalmente maximalistas, llegando

en algunos temas a posiciones que están más allá que las marxistas. Esto ha creado una desorientación

que ahora repercute en su contra.

Por último, hay que tener en cuenta que la Iglesia española no se ha querido beligerante para apoyar la

formación de un gran partido demócrata cristiano, que, sin este apoyo, es impensable. Como también

parece impensable que la Iglesia cambie a estas alturas de estrategia.

La democracia cristiana en Europa, para convertirse en un gran partido político, ha tenido que superar una

dicotomía: la dependencia directa de la jerarquía eclesiástica o la tentación de colaborar con regímenes

fascistas. En España, durante más de veinte años, sólo una figura pública, la del antiguo ministro de la

CEDA Giménez Fernández, dio un testimonio claro de rechazo al régimen de Franco, que se tildaba de

católico. Mucho después, con el alejamiento de Ruiz-Giménez y la vuelta de su exilio voluntario de Gil

Robles, comenzaron a constituirse en España los primeros núcleos democristianos totalmente exentos de

tinte fascista. Pero el magnetismo del poder y una versión interesada de la doctrina del posibilismo

político explican la incorporación a sucesivos Gobiernos del general Franco de personalidades que se auto

definen como demócratas cristianos. Más tarde, el proceso de apertura política que se inicia con la

Monarquía limpia las filas democristianas del tinte franquista. Todos los intentos de constituir una

auténtica democracia cristiana con la herencia del franquismo fracasan.

Por otro lado, la actitud de la Iglesia católica española ha jugado una mala pasada a la posibilidad de un

partido demócrata cristiano fuerte y unido. En estos momentos, la Iglesia católica española purga sus

lustros de dócil connivencia con el franquismo. La evolución posconciliar ha coadyuvado también a que

la Iglesia española parezca retirarse, al menos por algún tiempo, de los asuntos políticos. Aunque alguno

de sus príncipes no esté resistiendo en estos momentos, de manera individual, a la tentación de intervenir

en asuntos terrenales, llegando hasta la parcialidad absoluta: a hacer recomendaciones partidistas o a

desaconsejar el voto a determinadas tendencias.

De una situación política tan confusa no podía surgir una postura ideológica clara. Los programas de los

diversos partidos demócratas cristianos pecan de falta de concreción, cuando no apuntan hacia

formulaciones izquierdistas al estilo MAPU chileno, poco acordes con lo que puede ser su electorado

potencial. Proclamar la primacía de los derechos humanos y de las libertades públicas, la separación de la

Iglesia católica y del Estado, o reconocer el derecho de autonomía de las diferentes regiones dentro de

una estructura federal, es un muestrario de buenas intenciones que no distingue a ningún partido en la

España de 1977. Defender la socialización gradual de la economía o abogar por la primacía de la

autogestión subrayan el peligro señalado en el segundo término. Un partido demócrata cristiano es sólo

muy difícilmente —por no decir prácticamente imposible— un partido de izquierdas. Las clases medias

conservadoras son su principal clientela, y plantear programas sociales que les llevan casi a la izquierda

del PC es toda una ingenuidad.

Las elecciones pueden aportar elementos de solución a los problemas que aquejan a nuestra democracia

cristiana: pero no parece posible que puedan disipar todas las dudas de la noche a la mañana. En este

contexto hay que constatar dos casos específicos, que en parte se salvan de este triste panorama, y que, al

mismo tiempo, apoyan los argumentos de este comentario. Son las dos excepciones del País Vasco y

Cataluña. En Euskadi, la democracia cristiana está representada por el Partido Nacionalista Vasco, que no

ha experimentado el descrédito de la misma doctrina española por una razón bien sencilla: ha sido una

fuerza beligerante contra el franquismo y no se ha erosionado ante el modelo de democracia que se nos

presenta. Al mismo tiempo, ha contado con un gran apoyo no menos beligerante, en ocasiones, del clero

vasco. Y cabe señalar que el País Vasco es la única excepción que presentan los sondeos: en toda España

las encuestas dan a la Unión del Centro como posible ganadora, excepto en Euskadi, donde el primer

lugar en las preferencias del electorado lo ocupa el PNV. Sin llegar a estas cotas la democracia cristiana

catalana goza asimismo ante su electorado de una imagen mucho más prestigiosa que en el resto del país.

En estas dos opciones se ve cómo la derecha y el centro derecha encuentran su cauce natural de

expresión, por encima de respuestas más artificiales y coyunturales —como la Unión del Centro— o más

conservadoras, como Alianza Popular. ¿Podrá resucitar de sus cenizas la democracia cristiana española?

Sería de desear que así sucediera, para bien del pueblo español, en nuestra opinión. Pues la profunda

influencia del cristianismo y de la doctrina social y política de la Iglesia católica sobre nuestro pueblo —

aunque no se refleje en esta confusión preelectoral apresurada— es indudable. Si sus resultados, el día 15,

son estimables, aún cabe la esperanza. Sí son ínfimos, su electorado potencial se repartirá

implacablemente entre otras opciones.

 

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