Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   El desafío de la libertad  :   
 De Javier M. de Bedoya. Unión Editorial, S.A. Madrid, 1974. 
 ABC.    28/03/1974.  Página: 61-62. Páginas: 2. Párrafos: 9. 

ABC, JUEVES 28 DE MARZO DE 1974. EDICIÓN DE LA MAÑANA.

"EL DESAFIO DE LA LIBERTAD"

De Javier M. de Bedoya

Unión Editorial. S. A. Madrid. 1974.

Por José María RUIZ GALLARDON

Un formidable alegato contra el socialismo. Un libro que deberían leer todos, sobre todo los más jóvenes

por cuanto tiene de desmitificador. Javier M. de Bedoya sabe lo que quiere y la expone con claridad. El

mismo nos lo dice en la página 71 de «El desafio de la libertad»: «Yo sé muy bien por qué soy

antisocialista y por qué no deseo ninguna clase de socialismo. El fallo de todo socialismo, desde mi punto

de vista, radica en su esencial creencia de que el mal está en el individuo y, por consiguiente, en que hay

que atacar la libertad individual (que alimenta las iniciativas, las diferencias) y atacar asimismo

la variedad de los individuos innatos aspirantes a realizar su destino, a vivir su vida.»

Esa tendencia socialista, tan atractiva para la Juventud, de crear un «hombre nuevo» y «una sociedad sin

clases» es demoledoramente destruida en la obra de Bedoya. No hay «un hombre nuevo». No puede

haberlo porque, tal como se entiende por esa «izquierda divina», es sólo un concepto, no existe más que

como entelequia. Hay si, muchos hombres nuevos que quieran vivir en libertad. Pero ésos son los

hombres que ignora al socialismo. Un socialismo que no es avanzado ni reaccionario, que ni siquiera se

puede presentar como una política social; es «otra cosa, es otra concepción de la vida que parte de una

radical falta de fe en el hombre en el hombre que somos».

Y sin embargo, ese es el peligro. Peligro que supone un reto, el reto de la libertad. «Todo reto carece de

sentido si no se produce frente a alguien. En este caso, el reto del hombre libre, el del hombre que quiere

responsabilizarse de su destino, sólo puede ser entendido como un desafío frente a ese empeño anulador

que llamamos socialismo y que abarca, por lo menos, 1.500 millones de seres humanos». Ahora bien, si el

marxismo sabe muy bien lo que tiene que destruir para imponer su sistema colectivo de vida, aquéllos que

en el mundo quieran mantener el sistema de vida contrario tienen que saber perfectamente lo que y no

sólo económicamente deben de defender y generalizar en el entramado social.

A responder a esta pregunta viene el libro de Javier M. de Bedoya. Lo que tienen que conseguir quienes

se aparten del colectivismo no es otra cosa que la victoria del hombre libre. Victoria que el autor

vislumbra como ineluctable y de la que parcialmente ya se nos ofrecen muestras en el mundo de hoy.

Así, por ejemplo, escriba, señalando el camino a seguir «se apunta ya una nueva forma liberal de

gobernar y de trabajar (en el ámbito público privado) que se corresponda al medio cambiante, a la

temporalidad de las capacidades precisas, a la complejidad fluida de los problemas, al convencimiento de

que se actúa sobre vidas humanas (valiosas vidas humanas). Esta nueva forma de gobernar y de trabajar

se puede cifrar en esas palabras tan manejadas de «participación», «diálogo»,

«equipo», que van rápidamente matizándose en participación desde el principio, diálogo permanente y

equipos a diferentes escalas, siempre amplificables y siempre renovados, según aconsejen la naturaleza de

los temas y de los instrumentos».

Ahora bien, para llegar a esa meta es necesario, entre otras cosas, deshacer la confusión en que incluso de

buena fe están incurriendo hoy en día y ante nuestra pasividad no pocos grupos de clase media bien

remunerada. La contusión consiste en declararse socialista «soñando en liberalhumanista», en propugnar

la estatificación como panacea cuando se quiere actuar en función de los «derechos del hombre». De esta

especie tenemos muchos y muy conocidos individuos en la España de hoy. Son los del interés supremo de

lo transindividual. Son los que creen —incluso de buena fe— que sólo en «lo social» cabe una actitud

cristiana y que prácticamente no se puede ser hoy católico sin un algo o ribete de marxista.

Pues bien, los tales son fustigados por Bedoya. Y, lo que es más importante, puestas de manifiesto sus

flagrantes contradicciones doctrinales y prácticas. Porque, como muy bien dice, «desde el momento en

que cualquier socialismo acepte el pluralismo sin querer dejar de ser socialismo, se convierte en otra cosa,

en algo cuya hibridez es pura negación de la disciplina de lo estatal, al mismo tiempo que niega la

eficacia de «toda iniciativa personal. En realidad, la socialdemocracia tiene una nota común, una sola, con

el verdadero socialismo, su fe en las fórmulas políticas o en los artilugios jurídicos de salvación, pareja a

su desprecio por los hombres, a su odio hacia las fuerzas de la individualidad, a su obsesión por disminuir

y uniformar los valores singulares de cada ser humano. Como reacción frente a las crisis que ellos

mismos provocan, los socialdemócratas tienen que gobernar en casi todos los países con los liberales,

renunciando a su bagaje doctrinal. Por eso no es de extrañar que la revista de los intelectuales socialistas

de Viena acuse al canciller Kreisky de «deslizamiento ideológico» hada el liberalismo por su promesa

electoral de que mientras él fuese jefe del Gobierno, «no habría ninguna nueva nacionalización de

empresas en Austria», traicionando asi la fuerte tradición «austromarxista» del partido. Un país en que

gobiernan sólo los socialdemócratas —y durante treinta y tantos años seguidos— es Suecia, pero en

ningún momento han osado decir que estén realizando el socialismo; saben bien lo que hacen, y lo único

que dicen es que se trata de una democracia social».

Y si las cosas son asi, y no de otra manera, ¿qué pensar de nuestros sedicentes y nostálgicos socialistas

hispanos? Lo más caritativo será recomendarles que, cuando manos, lean libros como el que comento.

Estoy seguro de que no les faltará materia para la meditación.

Repito, pues: a nuestra juventud que «de verdad» quiera conocer el socialismo, denle este libro a leer.

Posiblemente se les hará el mayor bien con ello.

J. M. R. G.

 

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