Autor: Valdeón, José Aurelio. 
   De entierros, con perdón     
 
 Pueblo.    28/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

DE ENTIERROS, CON PERDÓN

ESTE puñetero Madrid es incómodo hasta en los entierros. En algunos cementerios no hay sitio para los

cuerpos muertos, y tampoco los vivos se mueven con holgura. Acudir a un entierro es casi como ir de

compras a cualquiera de los grandes almacenes en dias de rebajas. No hay intimidad, el dolor humano se

manifiesta como a escondidas y parece que todos tienen prisa porque la tierra cubra definitivamente el

féretro.

Ya se sabe que la administración tie-n« otros problemas más importantes que resolver, y que los

cementerios se planifican en razón directa a la ciudad a la que sirven. Y si estas urbes son descomunales,

los camposantos tiene que mantener la misma dimensión proporcional para mantener el equilibrio

biológico de la vida y de la muerte. Pero, generalmente, los arquitectos que construyen colosos de

hierro y cemento encuentran siempre espacios donde el hombre pueda encontrarse a sí mismo.

Sin embargo, los urbanistas que planifican los cementerios parece que se limitan a cuadricular cientos de

hectáreas, plantar los consabidos cipreses, media docena de dependencias necesarias y ponerle vallas a

todo el conjunto, La verdad es que las tapias de los cementerios tienen un morboso y extraño atractivo

erótico, político y fantasmal, Ir que hay que resaltar. Pero esto no quita par; que sea el ciudadano normal

el que recibe su tumba y los familiares quienes han de colocar las flores, derramar las lágrimas y clavar

las cruces, es decir, poner el detalle vivo que estimula a .seguir viviendo y luthando.

Y no es así, o por lo menos no debe ser así. Quienes escogen los terrenos para cementerios deben tener en

cuenta que, aunque sea un recinto dedicado a sepultar personas y que a éstas poco les importa estar o no

apretujadas, lo menos que se puede pedir es que quienes les acompañan en ese último viaje puedan

hacerlo con desahogo y que, cuando hay que rezar una oración o pronunciar unas palabras de elogio y de

despedida a) que se queda bajo tierra para siempre, lo hagan ordenadamente, sin prisas, con espacio

suficiente y sin el peligro de romperse la crisma contra un panteón. Saltar una tumba es una frivolidad o

un desprecio, y hay acontecimientos, como éste de dar sepultura a un muerto, que merecen un respeto.

JL. Y aun conviene señalar el problema de las prisas de los conductores de coches fúnebres. Salen de la

casa mortuoria, y a partir de ese momento comienzan a sortear semáforos, buscando siempre el camino

más corto, y ocurre que excepto el vehículo que traslada a los familiares, que circula pegado al automóvil

funerario, el resto de los acompañantes se pierde entre las mil encrucijadas del tráfico callejero, y en

bastantes ocasiones llega tarde, y acompaña en el sentimiento a los deudos de un entierro al que no le han

dado vela. Con tanta frecuencia sucede esto que se ha impuesto la costumbre de esperar el cortejo a las

puertas del cementerio, con lo que cada cual asiste al enterramiento que ha decidido.

Además, para mayor confusión, la mayoría de los entierros se verifican a las mismas horas. Desde que

sale el sol hasta que se pone hay espacio de tiempo suficiente para distribuirlos racionalmente, y evitar

que al ponerse en marcha al mismo tiempo varios cortejos fúnebres, se produzcan aglomeraciones a la

hora de rezar los responsos, indudablemente, morirse en Madrid es una incomodidad, y será conveniente

irse a un pueblo a dar el último suspiro, aunque no sea más que por no fastidiar aún más al prójimo.

José Aurelio BALDEÓN

 

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