Autor: Rivas Guisado, José Luis. 
 Hospitalización del anciano. 
 Resignación más que una verdadera adaptación     
 
 El Alcázar.    17/02/1977.  Página: 20. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

Hospitalización del anciano

RESIGNACIÓN más que una verdadera ADAPTACIÓN

Para un anciano, la necesidad de hospitalización reviste frecuentemente un carácter dramático; significa

separación brutal del entorno cotidiano, ruptura de equilibrio físico y psíquico.

Para un anciano, la necesidad de hospitalización reviste frecuentemente un carácter dramático; significa

separación brutal del entorno cotidiano, ruptura de equilibrio físico y psicológico debida a la enfermedad,

adaptación a un nuevo ambiente que trastorna sus costumbres y le obliga a un reajuste total de su modo de

vida.

Esta situación puede ser analizada, según afirmaciones de H. Kruk, en su trabajo "Soledad y

Hospitalización", bajo dos aspectos:

—Por una parte, el aislamiento en cuanto realidad sociológica y objetiva, puesto que el hospital es un

lugar separado del mundo exterior que de hecho, por una desintegración social y familiar, « aisla» al

anciano de su entorno habitual.

—Por otra, el sentimiento de soledad, vertiente subjetiva de esta situación de aislamiento que se

manifiesta al mismo tiempo en las conversaciones y en las actitudes del ancino para quien la hospitali-

zación significa rechazo, exclusión, marginación.

SITUACIÓN DE AISLAMIENTO

En esta segunda perspectiva es donde trataremos de comprender lo que quiere decir «estar solo» para

individuos que viven en un hospital. ¿Cuáles son sus conversaciones, en qué lenguaje traducen ese

sentimiento de soledad y qué comportamientos adoptan para remediarla...?

Las personas por las que nos interesamos —y en nuestro caso es un interés que cumple ya años— son

ancianos residentes, por ejemplo. en un hospital lejano del extrarradio parisino, hospital de «crónicos»

considerado de segunda categoría al que con frecuencia son llevados para terminar su existencia. Se trata,

pues, de una forma de hospitalización muy próxima del asilo, que se refleja en el contexto médico,

familiar, socio-económico de estos ancianos, y también de su «historia personal», en la forma de ingreso

en el hospital, en las modalidades mismas de la admisión.

Los más numerosos son enfermos que padecen afecciones crónicas y hospitalizados por una duración

indeterminada, con frecuencia hasta su muerte. Han seguido la hilera clásica del paso de los servicios de

agudos de los hospitales periféricos de «descombro» y se convierten en pensionados denominados

administrativamente «larga estancia».

En realidad, el término crónico incluye, además de la enfermedad, factores de orden esencialmente social

y económico: ingresos insuficientes, ausencia total de recursos, rechazo de la familia. Buen número de

esos ancianos necesitarían solamente una hospitalización a domicilio, una ayuda de hogar o una estancia

en una residencia con asistencia apropiada; pero no pudiendo valerse por sí mismos física y

económicamente, la única solución que tienen para estar debidamente atendidos es el servicio de

crónicos, incluso si su estado de salud no lo exige realmente.

Por esta razón, el status de crónico implica en el establecimiento modalidades de funcionamiento di-

ferentes de las de un hospital general: lugar donde se prestan cuidados, ciertamente, pero también lugar de

guardería. Lugar de alojamiento, lugar de asistencia que suscita ciertos tipos de relaciones y de actitudes

colectivas «institucionalizadas» muy rápidas.

ASISTENCIA OBLIGATORIA

Una segunda categoría de ancianos, en número más restringido, la de los asistidos obligatorios, hace más

evidente aún esta doble función de hospital y de asilo.

Para ellos, la enfermedad no es ya —a diferencia de los crónicos— el factor deciviso para el manteni-

miento dentro de los servicios. A veces ellos han sido «crónicos», pero la mejoría o la curación de su

estado hace cesar la responsabilidad médica y los asignan al status de asistido obligatorio que exige la

entrega de una parte de su pensión o jubilación cuando la tienen. Son por consiguiente, las razones

exclusivamente «sociales» y no sólo médicas las que justifican el ingreso de estas personas mayores en el

hospital, ya que los precios de las residencias son incompatibles con sus recursos.

Sean enfermos crónicos o asistidos obligatorios, se puede decir que la característica esencial de todos esos

ancianos es la pobreza sobre la que se ceban enfermedad e invalidez, factores que contribuyen a

convertirles en aislados, en «olvidados» .

Generalmente ellos no han pedido ese ingreso y llegan en contra de su voluntad a una micro-sociedad

regida por una organización formal: la disposición de los pabellones, las salas comunes sin tabiques ni

separación entre las camas, las horas fijas de las comidas, el reparto del pensionado en categorías y el

reglamento interior condicionando sus relaciones interindividuales y se espera del anciano que ingresa en

el hospital, que se adapte a un cierto modelo de comportamiento mediante lo cual será «el buen enfermo»

o «el viejo difícil». Su ausencia de agresividad, de reacciones hostiles al funcionamiento hospitalario,

harán de él un individuo «bien adaptado». Pero esto es una aceptación, una resignación y no una

verdadera adaptación.

 

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